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Capítulo 9: Dos puertas

Author: Premah Dale
last update publish date: 2026-10-15 14:01:19

Miré la pantalla hasta que me ardieron los ojos.

La transferencia había desaparecido. Ningún hueco, ningún mensaje de error, ninguna costura irregular donde hubiera sido cortada una línea. Quien lo hizo sabía exactamente cómo se construía un libro de cuentas como ese, y exactamente cómo hacer que una eliminación pareciera no haber ocurrido nunca.

Respiré hondo, pero el aire no me llegó al fondo de los pulmones. Luego abrí la partición oculta con manos temblorosas. La copia que había guardado se
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  • Poseída Por Los Hombres Petrov   Capítulo 9: Dos puertas

    Miré la pantalla hasta que me ardieron los ojos.La transferencia había desaparecido. Ningún hueco, ningún mensaje de error, ninguna costura irregular donde hubiera sido cortada una línea. Quien lo hizo sabía exactamente cómo se construía un libro de cuentas como ese, y exactamente cómo hacer que una eliminación pareciera no haber ocurrido nunca.Respiré hondo, pero el aire no me llegó al fondo de los pulmones. Luego abrí la partición oculta con manos temblorosas. La copia que había guardado seguía allí, intacta y completa. Revisé la unidad pegada con cinta dentro del forro de mi bolso. La misma entrada, la misma fecha, las mismas dos palabras.*Buenas noches, princesa.*—Vale —le dije a la habitación vacía—. Vale. No estás loca.Alguien había entrado en mi portátil, dentro de mi habitación cerrada con llave, mientras yo estaba en una terraza sosteniendo la mano de Saint Petrov. Abrí los registros del sistema y empecé a leer, línea por línea, como se lee una escena del crimen.A las 3

  • Poseída Por Los Hombres Petrov   Capítulo 8: Buenas noches, princesa

    Leí la línea hasta que las letras dejaron de parecer letras.*Buenas noches, princesa.*Ryker me lo decía todas las noches de mi infancia, en el umbral, con la luz del pasillo a su espalda y una mano apoyada en el marco. Incluso después de que empezaron las deudas. Incluso después de que los hombres empezaron a venir a la puerta. Incluso la noche en que vendió el piano de nuestra madre y me dijo que se había ido a un mejor hogar.—No —susurré a la habitación vacía.Podía ser una coincidencia. Los hombres lo decían. Los padres lo decían. Cientos de miles de hombres en el mundo llamaban princesa a sus hijas.Pero no hombres con ese número de ruta. No en esa fecha. No con esa cuenta, que ahora reconocía, con una lenta oleada de náuseas, como una sociedad pantalla que había visto una sola vez en el viejo portátil de mi padre cuando tenía diecinueve años. Me había dicho que era una evasión de impuestos. Le creí, porque la otra opción era algo que no tenía fuerzas para mirar.Copié la págin

  • Poseída Por Los Hombres Petrov   Capítulo 7: Reglas de la casa

    *Ábrelo.*Leí el mensaje tres veces. Las palabras no cambiaron. Mi padre nunca había estado en esta casa, y aun así sabía exactamente qué archivo había tocado.*¿Cómo lo sabes?*, escribí, con los dedos torpes.*Ryker: Lo sé todo sobre el trabajo de mi hija. Ábrelo.*Puse el teléfono boca abajo sobre el escritorio. Nikolai seguía en cuclillas junto a mi silla, mirándome con aquellos ojos color té, sin preguntar.—¿Malas noticias? —dijo con suavidad.—Familia. —Forcé una sonrisa—. Son como el clima.—Mm. —Se levantó, se sacudió las rodillas y me apretó el hombro una sola vez, ligero y rápido—. Come algo a mediodía. Órdenes del médico.—No eres médico.—Casi lo fui. —Me guiñó un ojo y se marchó, y la biblioteca volvió a respirar.Me quedé mirando la puerta cerrada y pensé en cuántas personas podrían haberle contado a mi padre lo ocurrido en el servidor de Saint. La lista era corta. También era aterradora.---Al caer la tarde, había pelado dos capas del libro de cuentas de los Volkov y h

  • Poseída Por Los Hombres Petrov   Capítulo 6: La pregunta

    Cerré el portátil tan rápido que la pantalla me pilló el pulgar.*Intento de acceso registrado.*Tres palabras. Tres palabras, y el cuerpo entero se me quedó helado, como si alguien hubiera abierto una ventana a pleno enero. Me quedé inmóvil sobre la enorme cama con el corazón martilleándome las costillas, atenta a pasos en el pasillo. No llegó nada. Solo el zumbido silencioso y caro de un edificio que nunca dormía.Piensa, Petra. Piensa.Volví a abrir el portátil e hice lo que sabía hacer. Borré mi punto de entrada. Falsifiqué la marca de tiempo. Hice pasar la conexión por dos servidores muertos en Reikiavik y por el router olvidado de una cafetería en Lagos. Cuando terminé, eran casi las cuatro de la madrugada, y el rastro no llevaba a nadie.A nadie. Ese era el problema. Un fantasma deja una forma.No dormí. Me duché hasta que el agua caliente se volvió tibia, me puse un sencillo suéter gris y le dije a mi reflejo que dejara de parecer alguien que acababa de cometer un delito.—Ere

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    El desayuno con Saint Petrov se servía a las seis y media en punto, y nadie me había avisado.Entré en el comedor con el suéter de ayer y el pelo todavía húmedo, y lo encontré a la cabecera de una mesa lo bastante larga para sentar a veinte personas. Vestía un traje gris marengo. Leía una tableta. Una taza de café negro humeaba junto a su codo, y a su derecha habían puesto un segundo cubierto, con una taza que no humeaba en absoluto.—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.—Nadie dijo que hubiera hora.—Seis y media. Todos los días. —Pasó una página—. Añádelo a los términos.—Sus términos decían que solo tendría que sentarme en silencio.—Pues siéntate. —Sus ojos se posaron un instante en mí, grises e ilegibles, y volvieron a la pantalla—. En silencio.Me senté. El café que tenía delante se había enfriado. Me lo bebí de todos modos, porque llevaba despierta casi toda la noche y de pronto sentí un miedo absurdo a pedir otro.Durante diez minutos, el único sonido fue el suave golpete

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    El ático tenía un nombre para cada habitación, y ninguna parecía un lugar donde pudiera vivir una persona.—La biblioteca —dijo el chófer, un hombre silencioso llamado Dmitri, que cargaba mis dos bolsos como si no pesaran nada—. El gimnasio. La terraza. El estudio del señor Petrov, al que usted no entra.—Anotado.—El ala este. —Se detuvo ante unas puertas blancas y extendió una única llave—. Suya.La tomé. El metal aún estaba tibio de su bolsillo.—¿El señor Petrov tiene copia?—No, señorita. —Algo casi parecido al respeto cruzó su rostro severo—. Hizo cambiar la cerradura esta tarde.Me dejó allí. Giré la llave y las puertas se abrieron sobre una suite más grande que todo mi apartamento: una cama del tamaño de un país pequeño, un baño con una bañera lo bastante honda para ahogarse y una pared de ventanales que hacía que la ciudad pareciera joyas derramadas.Cerré con llave a mi espalda. Luego me senté en el suelo, apoyada contra la puerta, y dejé que me temblaran las manos.*Trescie

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