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2. Otra mujer

last update Data de publicação: 2026-08-31 10:58:07

Él ocupó la silla sin apartarle los ojos de encima durante un segundo que se sintió eterno. Luego dirigió la vista al plato intacto.

—¿Eso también es de él?

—Sí.

—¿Y le avisaste?

Claire humedeció sus labios resecos.

—Habíamos quedado.

Derric sacó su teléfono, revisó la pantalla y un sutil endurecimiento tensó la línea de su mandíbula.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella.

—Nada.

—Derric.

Él colocó el dispositivo boca abajo sobre la mesa.

—Dudo que venga.

Un frío repentino le recorrió la espina dorsal.

—¿Por qué?

—Porque lo acabo de ver subiendo a su auto fuera del campus.

Claire se quedó rígida.

—Habrá surgido una urgencia.

—Seguramente.

La falta de burla en su tono fue más demoledora que cualquier sarcasmo. Con movimientos mecánicos, Claire comenzó a guardar el almuerzo intacto en una bolsa de papel.

—Se lo entregaré más tarde.

Derric apoyó los brazos en la mesa y fijó la mirada en ella.

—Claire, ¿alguna vez te permites comer antes de comprobar si él tiene hambre?

Ella frunció el ceño, descolocada por la crudeza de la pregunta.

—¿A qué te refieres?

—Olvídalo. —Él se recostó en la silla e hizo una seña al camarero—. Pediré un café. Y tú deberías comer algo antes de que eso termine de enfriarse del todo.

Claire miró su plato frío. Sin proponérselo, una sonrisa amarga y diminuta asomó en la comisura de sus labios. Derric la notó, pero no dijo una sola palabra.

Esa misma tarde, de camino a la biblioteca, Claire divisó a Dereck cruzando el patio central.

No iba solo.

A su lado caminaba Samantha: porte impecable, melena cobriza y esa soltura innata que parecía inmune al ajetreo universitario; hija de una familia influyente del sector bursátil. Dereck la había mencionado con frecuencia en las últimas semanas, siempre con aparente ligereza.

«Samantha estuvo en la junta.»

«Samantha recomendó al profesor.»

«Samantha dice que el nuevo restaurante del centro vale la pena.»

Claire nunca había conectado las piezas.

Hasta que Samantha se detuvo.

Dereck frenó con ella.

La muchacha le dijo algo inaudible y él sonrió de una manera distinta: sin cansancio, sin prisa, con una chispa que Claire jamás le había visto dedicar a nadie. Samantha alzó una mano para acomodarle el cuello de la camisa. Él no retrocedió.

Un segundo después, Dereck entrelazó sus dedos con los de ella.

El mundo no colapsó. Las hojas secas continuaron rodando por el pavimento y una bicicleta pasó cerca haciendo sonar su timbre. Sin embargo, a Claire le faltó el aire, como si el impacto le hubiera vaciado los pulmones de golpe.

Dereck alzó la vista y sus miradas chocaron a través de la distancia.

Claire esperó que soltara aquella mano.

No lo hizo.

Sostuvo la mirada, impasible, consciente de que el telón había caído y que la confrontación era inevitable.

Claire apretó la correa del bolso hasta que el cuero le marcó la palma de la mano.

Por primera vez en su vida, no dio un solo paso hacia él.

Claire no durmió aquella noche.

A las tres de la madrugada seguía sentada en el alféizar de su habitación, con las rodillas pegadas al pecho y el teléfono descansando sobre el colchón. La pantalla permanecía en un negro impenetrable. Dereck no había llamado. No había enviado un solo mensaje para explicar por qué sostenía la mano de Samantha en mitad del campus, ni por qué llevaba semanas mencionando su nombre sin advertir que habían cruzado el límite que Claire, con dolorosa ingenuidad, creía reservado para ellos dos.

A las cuatro tecleó: «¿Podemos hablar?»

Lo borró.

A las cuatro y diez: «Vi lo de ayer.»

También lo borró.

A las cinco se quedó absorta en su reflejo contra el cristal: los ojos irritados, el cabello recogido sin esmero y una camiseta vieja que Dereck había olvidado en su casa años atrás, conservada por ella como una reliquia sagrada. La vergüenza le llegó despacio, densa y asfixiante.

¿Con qué derecho pensaba reclamar?

Nunca habían sido novios formales.

Nadie había pronunciado en voz alta que Dereck le pertenecía. Habían crecido juntos, sus familias daban por hecho el matrimonio y Claire se había encargado de construir el resto sobre promesas tácitas.

A las siete de la mañana, la pantalla finalmente se iluminó: «Tenemos que hablar. ¿Un café después de clase?»

El impacto del pulso contra sus sienes fue tan violento que tuvo que buscar apoyo para no perder el equilibrio.

Eligieron una cafetería apartada del campus. Dereck llegó diez minutos tarde y pidió un expreso antes de sentarse frente a ella. Claire observó sus dedos mientras él removía la taza, aunque no le había puesto azúcar.

—Lo de Samantha... —comenzó él.

Claire tragó en seco.

—¿Cuánto tiempo llevan?

Dereck soltó el aire por la nariz, evasivo.

—Un par de meses.

La cifra cayó entre los dos como un peso muerto.

—¿Meses?

—No encontraba el momento de decírtelo.

Claire dejó escapar una risa corta, quebrada.

—Bastaba con abrir la boca.

Él alzó la mirada, visiblemente contrariado por el reproche.

—No quería lastimarte.

—Entonces, ¿qué suponías que pasaría cuando me enterara?

—Claire, entre nosotros nunca... —Se detuvo a mitad de frase.

A ella se le encogió el estómago.

—¿Nunca qué?

Dereck se pasó una mano por el cabello, frustrado.

—Nunca fuimos una pareja. Sé lo que dicen nuestras familias. Sé cómo crecimos. Pero eso no implica que yo alguna vez prometiera...

—¿Que me querías?

El silencio de él fue más elocuente que cualquier respuesta.

Claire desvió los ojos hacia la ventana. Afuera, la rutina transcurría bajo un cielo plomizo: una mujer empujaba una carriola, dos muchachos discutían junto a una bicicleta. El mundo seguía girando con una normalidad casi insultante.

—¿Alguna vez creíste que pasaría? —preguntó en un susurro, sin mirarlo—. Nosotros. El compromiso. Todo.

Dereck tardó demasiado en responder.

—De niños, supongo.

—Dejamos de ser niños hace mucho tiempo.

—Precisamente por eso.

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