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3. La elijo a ella

last update Data de publicação: 2026-08-31 10:59:01

Claire volvió a clavar los ojos en él. Dereck parecía incómodo, pero no cruel; eso volvía todo más difícil. Odiarlo habría sido un alivio si él hubiera mostrado arrogancia o placer al verla derrumbarse.

—Samantha me hace feliz —admitió él, bajando el tono—. No planeé enamorarme de ella. Simplemente ocurrió.

Claire contuvo el temblor de su respiración.

—¿Y qué soy yo para ti?

Él frunció el ceño, desconcertado.

—Eres Claire.

La simpleza de la respuesta le desgarró algo por dentro.

—Eres mi amiga. Siempre vas a formar parte de mi vida.

Claire cerró los ojos un instante. «Siempre vas a formar parte de mi vida.»

Meses atrás habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras. Ahora sonaban a una soga arrojada desde la orilla a quien acaban de empujar por un acantilado.

—¿Ella sabe lo de nuestras familias? ¿Sabe lo que esperaban de nosotros?

—Sí.

—¿Y qué opina?

Dereck apretó los labios antes de soltar:

—Que los acuerdos de nuestros padres no tienen derecho a dictar nuestras vidas.

Claire sintió una punzada tan nítida que rozó la admiración. Samantha había sintetizado en una sola frase lo que ella no había sido capaz de concebir en veinte años.

—Entiendo —murmuró.

Dereck intentó cubrir la mano de Claire sobre la mesa, pero ella la retiró de inmediato. El gesto, seco y tajante, sorprendió a ambos.

—Tengo que irme.

—Claire, espera...

Se puso de pie tan deprisa que las patas de la silla chirriaron contra el suelo. Varios clientes se giraron. La conocida oleada de vergüenza le subió al rostro, pero esta vez no se quedó a mitigar la incomodidad de nadie.

Empujó la puerta y salió.

Los días posteriores convirtieron el campus en un territorio hostil.

Dereck y Samantha desayunaban juntos en los jardines. Estudiaban en la misma mesa. Él la esperaba al término de sus clases y ella vestía la chaqueta de él cuando caía la tarde.

Los murmullos no tardaron en circular por los pasillos:

—Parece que Dereck por fin se quedó sin sombra.

—Juraba que tenían un compromiso cerrado.

—Ella también lo juraba, por lo visto.

Claire dejó de pisar la cafetería. Cronometraba su llegada a las aulas para entrar justo al sonar la campana y se escabullía por salidas secundarias. En ocasiones distinguía a Dereck a lo lejos y su cuerpo reaccionaba por puro reflejo: un destello absurdo de esperanza le erguía la espalda, como si aún fuera posible que él se acercara a confesar que todo era un error.

Nunca ocurrió.

Quien empezó a orbitar a su alrededor fue Derric.

Sin estridencias: una botella de agua sobre su pupitre en las clases compartidas, un escueto «¿comiste algo?» a media tarde en el móvil, o una presencia silenciosa al encontrarla refugiada en los peldaños traseros de la biblioteca.

—No hace falta que me vigiles —le soltó ella una tarde.

Derric se recostó contra el muro de ladrillo.

—No te estoy vigilando.

—Pues disimulas fatal.

La comisura de los labios de él se curvó apenas un milímetro.

—Dereck me pidió que estuviera al tanto de ti.

La mención hizo que Claire se pusiera rígida al instante.

—Por supuesto.

Derric soltó un improperio entre dientes.

—Salió peor de lo que pretendía.

—Da igual.

—No, no da igual.

Claire guardó sus apuntes con movimientos secos.

—Dile que se ahorre la culpa. No voy a montar una escena ni a perseguir a Samantha. Puede ser feliz en paz.

Derric la contempló fijamente, con la mirada ensombrecida.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tú puedes ser feliz?

La pregunta fue tan directa y desarmante que Claire no encontró palabras para rebatirla.

El viernes por la noche, un grupo de la facultad organizó una cena en un restaurante cercano. Claire no habría asistido de no haber sido porque faltar habría alimentado aún más los rumores de pasillo. Se repitió que era capaz de sobrellevarlo. Eligió la ropa con meticulosidad, ocultó las ojeras tras una base impecable y llegó veinte minutos tarde.

Dereck ya ocupaba la cabecera. Samantha estaba a su lado.

Claire tomó asiento en el extremo opuesto y consumió la primera hora simulando interés en debates sobre asignaturas, convocatorias de prácticas y planes para las vacaciones. Incluso logró sonreír en un par de ocasiones.

Hasta que Dereck se puso de pie con la copa en alto.

—No pienso dar un discurso largo —anunció sonriendo, mientras la mesa aplaudía con complicidad—. Solo queríamos dejar de actuar como si esto fuera algo informal.

Samantha lo observó desde su asiento, con una expresión radiante.

—Así que es oficial: estamos juntos.

Los aplausos y vítores resonaron en el salón.

A Claire se le apagó el sonido del entorno.

Dereck se inclinó y besó a Samantha.

Dos asientos a la izquierda, una voz murmuró con falso disimulo:

—Miren a Claire.

Otra respondió con un susurro:

—Qué pena. Tantos años de entrenamiento para nada.

Claire dobló con calma la servilleta y la dejó junto al plato.

Se levantó.

Esta vez, la mirada de Dereck la alcanzó a través de la mesa.

—Claire...

Ella no apresuró el paso. Correr habría sido concederles el espectáculo de su quiebre.

Caminó con paso firme hasta el vestíbulo y solo cuando la puerta de cristal se cerró tras ella soltó el aire que llevaba minutos reteniendo en el pecho.

La noche era gélida.

No tenía adónde ir. Regresar a casa de sus padres no era una opción; interrogarían cada gesto, le recriminarían haber descuidado a Dereck y le insistirían en que Samantha era solo un capricho pasajero frente a los pactos de sangre entre familias.

Comenzó a caminar sin rumbo.

Una calle. Otra más.

El teléfono vibró con insistencia dentro de su bolso, pero ni siquiera intentó revisar la pantalla.

Durante toda su vida había tenido trazado cada paso de su destino. Esa noche, por primera vez, el camino delante de ella estaba completamente vacío.

Claire continuó andando sin reparar en las esquinas. Al principio las lágrimas le nublaron la vista; después, ni el llanto le quedó. El dolor mutó en una presión sorda tras el esternón, un peso demasiado denso para desahogarse con lágrimas.

El móvil vibraba intermitente en su bolsillo: llamadas de Dereck, de Derric, incluso el mensaje de una compañera preguntando si había vuelto a salvo a casa.

No abrió ninguno.

Casi sin advertirlo, sus pasos la condujeron a la orilla del río.

El viento allí soplaba más inclemente, cargado de una humedad que hacía zumbar los tirantes metálicos del puente. Claire apoyó las manos ateridas sobre la barandilla y miró hacia el fondo. Las luces de los rascacielos se quebraban contra el agua oscura en destellos temblorosos.

Recordó a su madre adoptiva corrigiéndole la postura en la mesa.

A su padre recordándole, a los trece años, el inmenso privilegio que suponía haber sido elegida para Dereck.

Recordó cada café servido a la temperatura exacta, las noches en vela haciendo tareas ajenas, las fechas señaladas, las corbatas escogidas, las horas muertas esperando fuera de reuniones familiares... Cada fragmento de su propia vida entregado con la fe ciega de estar cimentando un futuro.

No había cimentado nada.

La revelación fue demoledora por su simpleza. Si Dereck ya no era su destino, ¿qué quedaba de ella?

Buscó una respuesta y solo encontró un vacío absoluto. No sabía cuál era su plato preferido. Ignoraba qué carrera habría cursado si su padre no hubiera impuesto una conveniente para la gestión de patrimonios. Ni siquiera recordaba haber comprado una prenda por gusto propio, sin calcular antes si Dereck la juzgaría adecuada.

Toda su existencia había sido un libreto escrito al servicio de alguien que jamás la necesitó.

Apoyó el pie en el travesaño inferior de la estructura.

Fue un movimiento torpe, despojado de cualquier instinto de autopreservación. La suela resbaló sobre el metal húmedo y tuvo que aferrarse con fuerza al pasamanos, con la respiración entrecortada. Durante una fracción de segundo, el instinto básico le exigió retroceder.

Pero entonces resonaron las risas en el restaurante. La necesidad de saltar se hizo más fuerte

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