INICIAR SESIÓNClaire no encontró qué responder. A sus espaldas, las puertas metálicas se deslizaron hasta cerrarse con un sonido amortiguado.
Por primera vez en toda la noche, sintió que el mundo dejaba de cerrarse sobre ella.
El departamento de Derric estaba envuelto en un silencio denso y ordenado.
Claire lo percibió en cuanto cruzó el umbral. No había portarretratos familiares sobre los muebles ni adornos acumulados por capricho; todo parecía haber sido elegido por pura funcionalidad: maderas oscuras, lámparas de luz tenue, un sofá amplio frente a los ventanales y librerías que cubrían una pared entera. Al otro lado del cristal, la ciudad titilaba, remota y ajena.
Derric empujó una puerta al final del pasillo.
—Esta es la habitación de invitados.
Claire se quedó inmóvil en la entrada. La cama estaba hecha con pulcritud, vestida con sábanas claras y un edredón grueso. Al fondo se divisaba un baño privado y, sobre una butaca, reposaban dos toallas dobladas con precisión quirúrgica.
—No puedo quedarme aquí.
Derric giró apenas la cabeza.
—Por supuesto que puedes.
—No me refiero a eso... Es demasiado
—Es solo una cama, Claire.
—Es tu espacio.
—Y por esta noche, también el tuyo.
Ella aferró los bordes del abrigo que aún llevaba puesto.
—No quiero ser una carga.
Derric la contempló en silencio durante unos segundos interminables.
—Solo diré esto una vez, porque sé que estás agotada para discutir: no eres una molestia.
Claire bajó la mirada al suelo.
—No tienes que fingir amabilidad.
—Precisamente por eso lo digo en serio.
Dio un paso hacia ella y estiró las manos hacia los botones del abrigo. Claire se encogió por puro reflejo. Derric detuvo el movimiento al instante.
—¿Me permites?
La pregunta, prudente y respetuosa, la descolocó.
—Sí.
Él desabrochó la prenda con calma y se la retiró de los hombros. Debajo, la ropa de ella seguía empapada por la llovizna y el viento del río. Derric torció el gesto con preocupación.
—Date una ducha caliente. Dejaré ropa limpia afuera.
—Puedo irme en cuanto termine...
—No.
Claire alzó los ojos, sorprendida por la firmeza. Derric se pasó una mano por el puente de la nariz.
—Mañana tendrás tiempo de decidir lo que quieras. Esta noche no vas a poner un pie en la calle en este estado.
Sonó a orden, pero carecía de la rigidez amenazante a la que estaba acostumbrada en su casa. En su voz solo había agotamiento, inquietud y una paciencia que parecía sostenerse con un hilo fino.
Claire entró al baño.
En cuanto el chorro de agua caliente le golpeó los hombros entumecidos, el cuerpo reaccionó antes que la cabeza: el temblor la sacudió de nuevo. Se abrazó a sí misma bajo el vapor y apoyó la frente contra los azulejos fríos.
Había estado a punto de morir.
La realidad se le reveló por fin en toda su crudeza. No como una metáfora ni como un arranque dramático, sino como un hecho irremediable. Esa noche pudo haber sido el final. De haber tardado unos segundos más, Derric habría encontrado únicamente el vacío sobre el agua.
Se cubrió la boca con ambas manos. El llanto comenzó como un quejido sordo y pronto se transformó en sacudidas entrecortadas que el sonido del agua apenas lograba disimular.
Perdió la noción del tiempo bajo la ducha.
Al salir, encontró sobre una banqueta una camiseta gris, un pantalón de algodón y calcetines gruesos. Las prendas pertenecían con claridad a Derric y le quedaban enormes; la camiseta le rozaba casi las rodillas. La tela olía a limpio, con esa nota profunda a cedro que ya había percibido en su abrigo.
Al abrir la puerta del dormitorio, vio una bandeja sobre la mesita de noche: una taza de té humeante con miel, pan tostado y un tazón de sopa caliente.
Derric estaba sentado en el sillón junto al ventanal de la sala, hablando en voz baja por el móvil.
—Sí. Está a salvo conmigo.
Claire se quedó quieta. Al notar su presencia, él dio por terminada la conversación y bloqueó la pantalla.
—Era el médico.
—Creí que habías llamado a...
—No llamé a Dereck.
El alivio en las facciones de Claire fue tan rotundo que Derric frunció el ceño.
—¿No quieres que sepa dónde estás?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Ahora no.
—Entonces no se enterará. —Él señaló la bandeja con un gesto—. Come algo.
Claire se sentó en la orilla del colchón y sostuvo la taza con ambas manos. El calor le produjo un dolor punzante en las yemas congeladas.
—Gracias.
—No hay de qué.
—Por todo, en serio.
Derric no respondió. Claire dio un pequeño sorbo, tragando con dificultad.
—Te pagaré la consulta del médico.
—No.
—Derric...
—He dicho que no.
Ella apretó la cerámica entre los dedos.
—No me gusta tener deudas con nadie.
Él se inclinó hacia el frente, apoyando los antebrazos sobre los muslos.
—No me debes nada.
—Las cosas no funcionan así.
—Bajo mi techo, sí.
A Claire se le escapó un suspiro trémulo que casi rozó una sonrisa. Derric la observó con un destello de alivio en la mirada.
Claire despertó pasada la una de la tarde.El descubrimiento le provocó una culpa inmediata y visceral.Se incorporó de golpe, miró el reloj y sintió cómo el estómago se le cerraba en un nudo. Jamás se permitía dormir hasta tan tarde. En la casa de sus padres, los fines de semana comenzaban con desayunos rigurosos y silenciosos a las ocho en punto. Y cuando estaba con Dereck, las mañanas siempre exigían algo que preparar, un mensaje pendiente por responder o una agenda ajena que sincronizar al milímetro.Saltó de la cama.Al cruzar a la cocina, la encontró desierta. Sobre la encimera relucía una nota escrita con trazo firme y decidido:«Salí un par de horas. Hay comida en la nevera. No limpies nada. D.»Claire leyó la última advertencia dos veces.Miró alrededor: dos tazas en el fregadero, un plato con migas dispersas, una sartén sobre los fogones.A las dos menos cuarto, la estancia brillaba bajo un orden impecable.Derric regresó cerca de las tres y se detuvo en seco en el umbral al
El médico llegó poco después. Era un hombre mayor y reservado que la atendió con sobriedad, sin hacer preguntas impertinentes. Le tomó las constantes vitales, examinó las contusiones provocadas por la caída contra el asfalto y le habló con voz serena sobre la necesidad imperiosa de guardar reposo, hidratarse y buscar apoyo profesional de inmediato.Claire se puso rígida en cuanto el doctor mencionó la terapia psicológica.—No voy a obligarla a nada —aclaró el médico, templado—. Pero lo ocurrido esta noche requiere acompañamiento. No tiene por qué cargar con todo esto sola.Derric permaneció de pie junto al marco de la puerta, atento y en silencio.Una vez que el doctor se marchó, Claire contempló la sopa, que ya se había enfriado.—¿Se lo vas a contar a Dereck?Derric no se movió de su sitio.—¿Quieres que se lo cuente?—No lo sé.—No diré nada.Claire apretó los labios con amargura.—Debería saberlo.—¿Por qué motivo?—Porque fue por su culpa.Derric cruzó la estancia a zancadas y se
Claire no encontró qué responder. A sus espaldas, las puertas metálicas se deslizaron hasta cerrarse con un sonido amortiguado.Por primera vez en toda la noche, sintió que el mundo dejaba de cerrarse sobre ella.El departamento de Derric estaba envuelto en un silencio denso y ordenado.Claire lo percibió en cuanto cruzó el umbral. No había portarretratos familiares sobre los muebles ni adornos acumulados por capricho; todo parecía haber sido elegido por pura funcionalidad: maderas oscuras, lámparas de luz tenue, un sofá amplio frente a los ventanales y librerías que cubrían una pared entera. Al otro lado del cristal, la ciudad titilaba, remota y ajena.Derric empujó una puerta al final del pasillo.—Esta es la habitación de invitados.Claire se quedó inmóvil en la entrada. La cama estaba hecha con pulcritud, vestida con sábanas claras y un edredón grueso. Al fondo se divisaba un baño privado y, sobre una butaca, reposaban dos toallas dobladas con precisión quirúrgica.—No puedo queda
«El perro fiel.»Cerró los ojos.Unos pasos apresurados rompieron el silencio a sus espaldas. Rápidos, pesados.No tuvo tiempo de girarse.Un brazo le cruzó la cintura y otro le atenazó el torso con una fuerza implacable. Claire soltó un grito ahogado mientras perdía el centro de gravedad. El entorno dio una vuelta vertiginosa —el cielo encapotado, las farolas, el asfalto— antes de que su espalda se estrellara contra un cuerpo que amortiguó la caída contra el suelo.—¿Qué demonios crees que estás haciendo?La voz llegó rota, sin aliento.Claire abrió los ojos.Derric.Tenía el pelo revuelto por el vendaval y una tensión en los rasgos que desdibujaba su habitual frialdad. Mantenía una mano cerrada con firmeza sobre la muñeca de ella, mientras la otra servía de apoyo contra el pavimento, a escasos centímetros de su cabeza.—Suéltame —murmuró ella, con voz trémula.Derric no cedió ni un milímetro.—Por favor.—No.La negativa fue un susurro áspero.Claire intentó zafarse para incorporars
Claire volvió a clavar los ojos en él. Dereck parecía incómodo, pero no cruel; eso volvía todo más difícil. Odiarlo habría sido un alivio si él hubiera mostrado arrogancia o placer al verla derrumbarse.—Samantha me hace feliz —admitió él, bajando el tono—. No planeé enamorarme de ella. Simplemente ocurrió.Claire contuvo el temblor de su respiración.—¿Y qué soy yo para ti?Él frunció el ceño, desconcertado.—Eres Claire.La simpleza de la respuesta le desgarró algo por dentro.—Eres mi amiga. Siempre vas a formar parte de mi vida.Claire cerró los ojos un instante. «Siempre vas a formar parte de mi vida.»Meses atrás habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras. Ahora sonaban a una soga arrojada desde la orilla a quien acaban de empujar por un acantilado.—¿Ella sabe lo de nuestras familias? ¿Sabe lo que esperaban de nosotros?—Sí.—¿Y qué opina?Dereck apretó los labios antes de soltar:—Que los acuerdos de nuestros padres no tienen derecho a dictar nuestras vidas.Claire
Él ocupó la silla sin apartarle los ojos de encima durante un segundo que se sintió eterno. Luego dirigió la vista al plato intacto.—¿Eso también es de él?—Sí.—¿Y le avisaste?Claire humedeció sus labios resecos.—Habíamos quedado.Derric sacó su teléfono, revisó la pantalla y un sutil endurecimiento tensó la línea de su mandíbula.—¿Ocurre algo? —preguntó ella.—Nada.—Derric.Él colocó el dispositivo boca abajo sobre la mesa.—Dudo que venga.Un frío repentino le recorrió la espina dorsal.—¿Por qué?—Porque lo acabo de ver subiendo a su auto fuera del campus.Claire se quedó rígida.—Habrá surgido una urgencia.—Seguramente.La falta de burla en su tono fue más demoledora que cualquier sarcasmo. Con movimientos mecánicos, Claire comenzó a guardar el almuerzo intacto en una bolsa de papel.—Se lo entregaré más tarde.Derric apoyó los brazos en la mesa y fijó la mirada en ella.—Claire, ¿alguna vez te permites comer antes de comprobar si él tiene hambre?Ella frunció el ceño, desc







