INICIAR SESIÓN«El perro fiel.»
Cerró los ojos.
Unos pasos apresurados rompieron el silencio a sus espaldas. Rápidos, pesados.
No tuvo tiempo de girarse.
Un brazo le cruzó la cintura y otro le atenazó el torso con una fuerza implacable. Claire soltó un grito ahogado mientras perdía el centro de gravedad. El entorno dio una vuelta vertiginosa —el cielo encapotado, las farolas, el asfalto— antes de que su espalda se estrellara contra un cuerpo que amortiguó la caída contra el suelo.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo?
La voz llegó rota, sin aliento.
Claire abrió los ojos.
Derric.
Tenía el pelo revuelto por el vendaval y una tensión en los rasgos que desdibujaba su habitual frialdad. Mantenía una mano cerrada con firmeza sobre la muñeca de ella, mientras la otra servía de apoyo contra el pavimento, a escasos centímetros de su cabeza.
—Suéltame —murmuró ella, con voz trémula.
Derric no cedió ni un milímetro.
—Por favor.
—No.
La negativa fue un susurro áspero.
Claire intentó zafarse para incorporarse, pero él la sujetó por los hombros, inmovilizándola.
—No voy a dejar que te vuelvas a acercar a ese borde.
—A ti no te importa.
El pecho de Derric se detuvo de golpe.
—¿Qué?
—No te importa. A nadie le importa.
Una sombra de furia y desconcierto le cruzó la mirada.
—No te atrevas a repetir eso.
Claire dejó escapar una risa agria que se quebró a medio camino.
—¿Por qué? Es la verdad.
—No lo es.
—Mis padres ni siquiera saben dónde estoy. Dereck está con Samantha. Y tú estás aquí solo porque él te encargó vigilarme.
Derric apretó los dientes, visiblemente contrariado.
—Estoy aquí porque te vi salir desencajada de ese sitio. Porque te marqué diez veces y no respondiste. Porque llevo dos horas recorriendo la ciudad de punta a punta buscándote.
Claire lo miró fijamente.
—¿Por qué?
La obstinación de ella pareció encender en él una rabia contenida
—¡Porque eres mi amiga, Claire!
El grito rasgó el aire y le vació los pulmones.
Derric se puso de pie primero y tiró de ella para ayudarla a incorporarse con cuidado. Claire intentó apoyar el peso, pero las piernas le temblaron hasta ceder. Él la sostuvo en el aire antes de que tocara el suelo.
Sin pedir confirmación, Derric pasó un brazo tras sus rodillas y la levantó en vilo.
Claire no tuvo fuerzas para oponer resistencia. Apoyó la frente contra su hombro. A través de la tela oscura de la camisa, sintió el galope desbocado del corazón de Derric y el temblor involuntario que le recorría los brazos.
La lucidez la golpeó despacio: Derric estaba aterrorizado. Por ella.
El vehículo permanecía a pocos metros, sobre la calzada, con las luces de emergencia parpadeando. Derric abrió la puerta del copiloto y la acomodó en el asiento con una delicadeza que contrastaba con la brusquedad del rescate. Luego se quitó el abrigo y la cubrió con él.
Claire contempló sus manos crispadas sobre el regazo.
—No me lleves a casa.
Derric cerró la puerta sin responder.
Rodeó el capó, ocupó el asiento del conductor y encendió la calefacción al máximo. Solo entonces giró el rostro hacia ella.
—No pensaba llevarte con ellos.
Claire alzó la mirada, desconcertada.
—¿Cómo sabes que...?
—Sé perfectamente quiénes son.
La contundencia de sus palabras disipó cualquier duda.
Derric puso el motor en marcha. Durante el trayecto, el silencio reinó en el habitáculo mientras las calles mojadas desfilaban tras el parabrisas. Claire se encogió en el asiento, arropada por un abrigo holgado que desprendía un aroma a madera y tabaco frío.
—¿Me llevas a un hospital? —preguntó al fin, con un hilo de voz.
Él mantuvo las manos firmes al volante.
—Quiero que te examine un médico.
El pánico la invadió de golpe.
—No.
Él desvió la vista un segundo.
—Claire...
—Avisarán a mis padres. Me ingresarán en algún centro psiquiátrico para taparlo todo. No quiero...
Las palabras se ahogaron en un nudo en la garganta.
Derric desaceleró con suavidad.
—Tranquila.
Claire parpadeó.
—No voy a entregarte a nadie esta noche. Tengo un médico de total confianza. Vendrá a mi departamento. Mañana decidiremos qué hacer.
Claire se cubrió el rostro con ambas manos cuando el primer sollozo incontenible le sacudió el pecho. Derric no intentó acallarla con frases vacías; simplemente subió un punto más el calor del coche.
En el aparcamiento subterráneo del edificio, Claire intentó sostenerse por su cuenta. Apenas dio dos pasos antes de que las rodillas amenazaran con doblarse.
Derric la sujetó de inmediato por la cintura.
—Suficiente orgullo por hoy.
—Puedo caminar sola.
—No, no puedes.
—Te voy a manchar la ropa.
Él bajó la mirada, mirándola con una mezcla de incredulidad y reproche.
—Estuviste a punto de matarte y te preocupa ensuciarme la camisa.
Claire apartó los ojos, avergonzada. Derric soltó un largo suspiro.
—Perdón. No era la forma de decirlo.
La guio hasta el ascensor. Durante el ascenso, Claire contempló su figura reflejada en el acero pulido de las paredes: parecía el espectro de una desconocida.
Al abrirse las puertas, Derric señaló un vestíbulo iluminado con luces tenues y cálidas.
—Esta noche te quedas aquí.
Claire avanzó un paso vacilante antes de detenerse.
—¿Por qué estás haciendo todo esto?
Derric se detuvo tras ella.
—Porque alguien debió haberlo hecho hace mucho tiempo.
Recordó de pronto los cumpleaños carentes de afecto. Las vacaciones en las que sus padres pasaban más tiempo discutiendo de fusiones empresariales que jugando con ella. Las rigurosas lecciones de etiqueta, los vestidos severos elegidos a medida, las correcciones constantes sobre su postura. Recordó, con un dolor que le desgarraba las entrañas, haberles preguntado a los nueve años por qué la habían escogido a ella en aquel orfanato, y escuchar a su madre responder fríamente que había sido «la opción más adecuada».Nunca un «te vimos y te quisimos».Solo «la opción adecuada».—Yo solo era... —susurró, con la voz quebrada.Su padre frunció el ceño, visiblemente hastiado.—No dramatices, Claire.Una risa hueca, desprovista de todo sonido, escapó de los labios de la joven.—¿Que no dramatice? —Las manos comenzaron a temblarle con violencia—. ¿Alguna vez, un solo segundo de sus vidas, quisieron realmente tener una hija?Su madre fue la primera en apartar la mirada. Ese gesto evasivo fue la
El despacho olía, como siempre, a cuero curtido, cera para madera y papel envejecido. Su padre estaba sentado tras el macizo escritorio de roble, absorto en la revisión de unos documentos. Ni siquiera levantó la vista cuando ella cruzó la puerta.—Llegas tarde.Claire consultó su reloj.—No acordamos ninguna hora en particular.La pluma se detuvo en seco sobre el papel. A sus espaldas, su madre cerró la puerta con un clic definitivo. Claire sintió una punzada repentina de incomodidad, pero se obligó a permanecer de pie, con la espalda recta y la barbilla alta.—Quería hablar con ustedes.—Eso supuse —replicó su padre con voz neutra.—No voy a casarme con Dereck.El silencio que siguió fue tan denso y absoluto que Claire pudo escuchar el tic-tac rítmico del reloj de péndulo sobre la biblioteca.Su padre dejó la pluma a un lado con calculada lentitud.—¿Perdón?Claire notó que las palmas de las manos le sudaban. Las cerró en puños a los costados de su cuerpo para evitar que temblaran.—
Derric ajustaba los cierres de su equipaje en el dormitorio mientras Claire, sentada al borde del colchón, observaba cada uno de sus movimientos. Todavía le resultaba insólito encontrarse en esa habitación; durante semanas había permanecido en el cuarto de invitados, incluso después de que la distancia entre los dos comenzara a desvanecerse. Ninguno de los dos había tenido prisa por forzar los tiempos.—¿Llevas el pasaporte a mano? —preguntó ella.Derric la miró de reojo.—Sí.—¿Los cargadores? ¿La documentación de los vuelos?—Claire.Ella sonrió con una mezcla de pudor y picardía.—Solo intentaba ser de utilidad.—Estás cayendo en viejas costumbres.Claire alzó las manos en son de paz.—Está bien, me rindo.Derric terminó de cerrar la maleta y se plantó frente a ella.—Ven aquí.Claire se puso de pie y él enmarcó su rostro entre las palmas de sus manos.—No necesitas plantarle cara a tus padres solo para demostrarme algo a mí.Ella posó los dedos sobre las muñecas de él.—No lo hago
Derric reclinó la espalda contra el sofá, visiblemente disconforme.—No me agrada la idea.—No tiene por qué agradarte.Él la contempló fijamente y, tras una pausa, una sonrisa resignada asomó en su boca.—Definitivamente, esto es consecuencia directa de mis actos.Claire sonrió y dejó caer la cabeza sobre su hombro.Por primera vez en su vida, la idea de encarar a sus padres no la reducía a la niña obediente y asustada que solía ser.***La familia de Derric llegó dos días antes del viaje previsto.«No toda», había puntualizado él, como si semejante matiz debiera servirle de consuelo a Claire.Primero apareció Marco. Poco después llegó Luca, un hombre más joven que parecía sonreír incluso cuando la situación carecía de toda gracia. Al caer la tarde, un sedán negro se detuvo frente al edificio y del ascensor privado emergió Vittorio Bellini, el patriarca.Claire había imaginado una estampa teatral: aspavientos, joyas ostentosas y un despliegue evidente de escoltas armados. Vittorio, s
La negación no sirvió de nada.Derric regresó pasado el mediodía y la encontró caminando de un lado a otro en la cocina.—¿Ocurre algo?Ella frenó en seco.—Nada.—Llevas tres semanas viviendo aquí. Conozco de sobra tu cara de «nada».Claire apoyó ambas manos en el borde de la encimera.—Dereck formalizó su compromiso con Samantha.Derric se quedó inmóvil en el umbral. La cautela habitual endureció sus facciones, adoptando esa postura contenida de quien se prepara para recoger los pedazos de un desastre.—¿Cómo estás?—Bien.—Claire...—Eso es lo desconcertante: estoy bien de verdad.Derric la examinó con detenimiento, buscando fisuras.—¿Quieres hablar de ello?—Creo que ya no lo amo.El silencio en la cocina fue total. Derric no sonrió ni mostró alivio; mantuvo esa sobriedad que, paradójicamente, le transmitía a Claire una seguridad inquebrantable.—¿Lo crees o lo sabes?—No sentí nada al ver la fotografía. Bueno, sentí algo, pero no quise estar en su lugar. No deseé que me hubiera
Claire lo miró con fingida sospecha.—Eso ha sonado inquietante.—Costumbres de familia italiana.—Eso no justifica nada.Ella le lanzó un trapo de cocina a la cabeza. Derric lo atrapó en el aire con un reflejo limpio, a escasos centímetros de su rostro.Durante un instante, las miradas se cruzaron en un silencio suspendido, denso y cargado de algo nuevo. Claire fue la primera en apartar los ojos, disimulando el calor repentino en sus mejillas.Una tarde, una visita interrumpió la rutina. Era un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje oscuro a medida, sienes plateadas y una presencia tan calculada que Claire supo de inmediato que no se trataba de un conocido cualquiera.Derric abrió la puerta y el visitante le tendió una carpeta de cuero sin mediar saludo.—Tu padre espera una resolución antes de mañana.—La tendrá a primera hora.Los ojos del recién llegado se deslizaron hacia Claire. No fue un escrutinio vulgar, sino una evaluación fría, precisa.Derric dio un paso casi







