LOGINEl médico llegó poco después. Era un hombre mayor y reservado que la atendió con sobriedad, sin hacer preguntas impertinentes. Le tomó las constantes vitales, examinó las contusiones provocadas por la caída contra el asfalto y le habló con voz serena sobre la necesidad imperiosa de guardar reposo, hidratarse y buscar apoyo profesional de inmediato.
Claire se puso rígida en cuanto el doctor mencionó la terapia psicológica.
—No voy a obligarla a nada —aclaró el médico, templado—. Pero lo ocurrido esta noche requiere acompañamiento. No tiene por qué cargar con todo esto sola.
Derric permaneció de pie junto al marco de la puerta, atento y en silencio.
Una vez que el doctor se marchó, Claire contempló la sopa, que ya se había enfriado.
—¿Se lo vas a contar a Dereck?
Derric no se movió de su sitio.
—¿Quieres que se lo cuente?
—No lo sé.
—No diré nada.
Claire apretó los labios con amargura.
—Debería saberlo.
—¿Por qué motivo?
—Porque fue por su culpa.
Derric cruzó la estancia a zancadas y se detuvo a un palmo de ella.
—No. —El tono sonó cortante.
Claire levantó la mirada, sorprendida.
—No fue por él.
—Tú no entiendes nada.
—Entiendo que estabas completamente sola —replicó él, con una aspereza contenida—. Entiendo que tus padres te programaron para creer que tu vida solo tenía valor dentro de un matrimonio pactado y que, al caerse esa farsa, sentiste que no te quedaba suelo bajo los pies. Pero eso es muy distinto a otorgarle a Dereck el poder sobre tu vida o sobre tu muerte.
Una chispa de rabia le encendió el pecho a Claire.
—No hables de cosas que no has vivido.
Derric abrió la boca para rebatir, pero se contuvo a tiempo y soltó el aire despacio.
—Tienes razón. No lo sé todo. Y esta noche no es el momento para debatirlo. —Señaló la cama—. Descansa.
Claire miró hacia el pasillo.
—¿Y tú qué harás?
—Me quedaré en la sala.
—No tienes que pasar la noche en vela por mí.
—Tampoco pienso discutir eso.
Ella dejó la taza sobre la mesita.
—Derric.
Él se giró en el umbral.
Claire vaciló un instante antes de atreverse a pedirlo:
—¿Podrías dejar la puerta abierta?
La dureza en los rasgos de Derric se suavizó por primera vez.
—Claro que sí.
A las tres de la madrugada, Claire despertó con el pulso acelerado y una punzada en el pecho.
Durante unos segundos no reconoció el entorno: la penumbra ajena, la altura del techo, el aroma limpio a madera. De pronto, un leve murmullo procedente del salón la ancló en la realidad.
Salió al pasillo descalza.
Derric continuaba en el sofá, con la ropa puesta y un portátil abierto sobre las piernas; a su lado reposaba una taza de café ya fría. Levantó la vista al verla aparecer.
—¿Ocurre algo?
Claire se abrazó a sí misma para protegerse de la corriente.
—Nada. Solo... quería asegurarme de que seguías aquí.
Él cerró la tapa del ordenador.
—Aquí sigo.
—Deberías dormir.
—Tú también.
Claire se quedó parada en el límite de la alfombra.
—¿Me puedo sentar un momento?
Derric se recorrió hacia un extremo del sofá para hacerle espacio. Claire tomó asiento guardando una distancia prudencial y fijó la mirada en las luces de la ciudad a través del cristal.
—Mis padres no van a buscarme —soltó tras un largo silencio.
Derric no fingió sorpresa.
—Lo lamento.
—No lo hagas.
—¿El qué?
—Tener lástima de mí.
—No es lástima, Claire.
Ella ladeó la cabeza. Derric la miraba de frente, sin desviar los ojos.
—¿Entonces qué es?
Él tardó un instante en responder, midiendo cada sílaba.
—Es rabia.
—¿Conmigo?
—Con todos los que te trajeron hasta aquí, menos contigo.
La contundencia de sus palabras abrió una fisura definitiva en la coraza que Claire había intentado sostener durante toda la noche.
Se cubrió el rostro con las manos.
El primer sollozo brotó tímido, casi inaudible. Derric no se apresuró; esperó con calma y, cuando el llanto la hizo temblar sin control, se inclinó hacia ella y posó una mano firme y protectora sobre su nuca.
Claire cedió al contacto hasta recargar la frente contra su hombro.
Y entonces se derrumbó.
Lloró por el desdén de Dereck, por la frialdad de sus padres y por las burlas en la facultad. Lloró por la niña que había sido adiestrada para ser el accesorio perfecto de un hombre antes de haber tenido la oportunidad de descubrir quién era ella misma. Lloró hasta que le ardió la garganta y se quedó sin aire.
Derric no se apartó. No intentó acallarla con frases hechas ni le prometió que todo mejoraría por arte de magia.
Simplemente se quedó a su lado, sosteniéndola.
Cuando el agotamiento venció por fin a Claire y el sueño la rindió sobre su pecho, Derric la levantó con sumo cuidado y la llevó de vuelta a la habitación. La recostó en la cama, cubriéndola con el edredón.
Antes de apagar la luz, se detuvo a observar sus facciones en calma durante un breve instante.
Al marcharse, dejó la puerta entornada.
Recordó de pronto los cumpleaños carentes de afecto. Las vacaciones en las que sus padres pasaban más tiempo discutiendo de fusiones empresariales que jugando con ella. Las rigurosas lecciones de etiqueta, los vestidos severos elegidos a medida, las correcciones constantes sobre su postura. Recordó, con un dolor que le desgarraba las entrañas, haberles preguntado a los nueve años por qué la habían escogido a ella en aquel orfanato, y escuchar a su madre responder fríamente que había sido «la opción más adecuada».Nunca un «te vimos y te quisimos».Solo «la opción adecuada».—Yo solo era... —susurró, con la voz quebrada.Su padre frunció el ceño, visiblemente hastiado.—No dramatices, Claire.Una risa hueca, desprovista de todo sonido, escapó de los labios de la joven.—¿Que no dramatice? —Las manos comenzaron a temblarle con violencia—. ¿Alguna vez, un solo segundo de sus vidas, quisieron realmente tener una hija?Su madre fue la primera en apartar la mirada. Ese gesto evasivo fue la
El despacho olía, como siempre, a cuero curtido, cera para madera y papel envejecido. Su padre estaba sentado tras el macizo escritorio de roble, absorto en la revisión de unos documentos. Ni siquiera levantó la vista cuando ella cruzó la puerta.—Llegas tarde.Claire consultó su reloj.—No acordamos ninguna hora en particular.La pluma se detuvo en seco sobre el papel. A sus espaldas, su madre cerró la puerta con un clic definitivo. Claire sintió una punzada repentina de incomodidad, pero se obligó a permanecer de pie, con la espalda recta y la barbilla alta.—Quería hablar con ustedes.—Eso supuse —replicó su padre con voz neutra.—No voy a casarme con Dereck.El silencio que siguió fue tan denso y absoluto que Claire pudo escuchar el tic-tac rítmico del reloj de péndulo sobre la biblioteca.Su padre dejó la pluma a un lado con calculada lentitud.—¿Perdón?Claire notó que las palmas de las manos le sudaban. Las cerró en puños a los costados de su cuerpo para evitar que temblaran.—
Derric ajustaba los cierres de su equipaje en el dormitorio mientras Claire, sentada al borde del colchón, observaba cada uno de sus movimientos. Todavía le resultaba insólito encontrarse en esa habitación; durante semanas había permanecido en el cuarto de invitados, incluso después de que la distancia entre los dos comenzara a desvanecerse. Ninguno de los dos había tenido prisa por forzar los tiempos.—¿Llevas el pasaporte a mano? —preguntó ella.Derric la miró de reojo.—Sí.—¿Los cargadores? ¿La documentación de los vuelos?—Claire.Ella sonrió con una mezcla de pudor y picardía.—Solo intentaba ser de utilidad.—Estás cayendo en viejas costumbres.Claire alzó las manos en son de paz.—Está bien, me rindo.Derric terminó de cerrar la maleta y se plantó frente a ella.—Ven aquí.Claire se puso de pie y él enmarcó su rostro entre las palmas de sus manos.—No necesitas plantarle cara a tus padres solo para demostrarme algo a mí.Ella posó los dedos sobre las muñecas de él.—No lo hago
Derric reclinó la espalda contra el sofá, visiblemente disconforme.—No me agrada la idea.—No tiene por qué agradarte.Él la contempló fijamente y, tras una pausa, una sonrisa resignada asomó en su boca.—Definitivamente, esto es consecuencia directa de mis actos.Claire sonrió y dejó caer la cabeza sobre su hombro.Por primera vez en su vida, la idea de encarar a sus padres no la reducía a la niña obediente y asustada que solía ser.***La familia de Derric llegó dos días antes del viaje previsto.«No toda», había puntualizado él, como si semejante matiz debiera servirle de consuelo a Claire.Primero apareció Marco. Poco después llegó Luca, un hombre más joven que parecía sonreír incluso cuando la situación carecía de toda gracia. Al caer la tarde, un sedán negro se detuvo frente al edificio y del ascensor privado emergió Vittorio Bellini, el patriarca.Claire había imaginado una estampa teatral: aspavientos, joyas ostentosas y un despliegue evidente de escoltas armados. Vittorio, s
La negación no sirvió de nada.Derric regresó pasado el mediodía y la encontró caminando de un lado a otro en la cocina.—¿Ocurre algo?Ella frenó en seco.—Nada.—Llevas tres semanas viviendo aquí. Conozco de sobra tu cara de «nada».Claire apoyó ambas manos en el borde de la encimera.—Dereck formalizó su compromiso con Samantha.Derric se quedó inmóvil en el umbral. La cautela habitual endureció sus facciones, adoptando esa postura contenida de quien se prepara para recoger los pedazos de un desastre.—¿Cómo estás?—Bien.—Claire...—Eso es lo desconcertante: estoy bien de verdad.Derric la examinó con detenimiento, buscando fisuras.—¿Quieres hablar de ello?—Creo que ya no lo amo.El silencio en la cocina fue total. Derric no sonrió ni mostró alivio; mantuvo esa sobriedad que, paradójicamente, le transmitía a Claire una seguridad inquebrantable.—¿Lo crees o lo sabes?—No sentí nada al ver la fotografía. Bueno, sentí algo, pero no quise estar en su lugar. No deseé que me hubiera
Claire lo miró con fingida sospecha.—Eso ha sonado inquietante.—Costumbres de familia italiana.—Eso no justifica nada.Ella le lanzó un trapo de cocina a la cabeza. Derric lo atrapó en el aire con un reflejo limpio, a escasos centímetros de su rostro.Durante un instante, las miradas se cruzaron en un silencio suspendido, denso y cargado de algo nuevo. Claire fue la primera en apartar los ojos, disimulando el calor repentino en sus mejillas.Una tarde, una visita interrumpió la rutina. Era un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje oscuro a medida, sienes plateadas y una presencia tan calculada que Claire supo de inmediato que no se trataba de un conocido cualquiera.Derric abrió la puerta y el visitante le tendió una carpeta de cuero sin mediar saludo.—Tu padre espera una resolución antes de mañana.—La tendrá a primera hora.Los ojos del recién llegado se deslizaron hacia Claire. No fue un escrutinio vulgar, sino una evaluación fría, precisa.Derric dio un paso casi







