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El café de Dereck requería una fórmula exacta: dos cucharaditas de azúcar, una capa apenas perceptible de espuma y canela solo en el borde izquierdo de la tapa. Claire lo sabía de memoria porque había aprendido, con la disciplina de quien descifra una contraseña, qué detalles mínimos podían arrancarle una sonrisa cansada a las ocho de la mañana. También sabía que los martes evitaba los ascensores por la multitud, que los jueves entraba con retraso a Economía Aplicada y que, antes de cada reunión con su padre, se masajeaba la sien derecha hasta que la jaqueca cedía o alguien le ofrecía una infusión de menta.
Aquel martes lo encontró recargado contra una columna del edificio administrativo, rodeado por tres compañeros del equipo de debate. Dereck gesticulaba con soltura, impecable a pesar de la noche de fiesta, con el cabello oscuro todavía húmedo y la camisa blanca desabotonada en el cuello. En cuanto Claire apareció con el vaso de cartón, uno de los muchachos soltó un silbido socarrón.
—Llegó el servicio a la habitación.
Las risas no tardaron.
Claire bajó la mirada, fingiendo inspeccionar una anotación inexistente en la tapa. Había perfeccionado el arte de encajar esas burlas con una sonrisa tenue, neutral. Si protestaba, la tachaban de exagerada; si daba media vuelta, de dramática. Quedarse en silencio era el único peaje para permanecer a su lado.
—Ignóralos —murmuró él al tomar el vaso.
No les pidió que se callaran.
Claire alzó la vista mientras él daba el primer sorbo. Dereck arqueó apenas una ceja.
—Perfecto.
Esa sola palabra bastó para templarle el pecho durante unos instantes.
—También imprimí los artículos para tu entrega —añadió ella, extrayendo una carpeta de su bolso—. Resalté las estadísticas clave y corregí la bibliografía; un par de enlaces estaban rotos.
Uno de los amigos interceptó la carpeta en el aire y la hojeó con fingida admiración.
—¿Viene con servicio completo de tesis? Necesito contratar a una Claire antes de los exámenes.
—Búscate la tuya —respondió Dereck con desgano, absorto en la pantalla de su móvil.
—Imposible —soltó otro entre carcajadas—. Esta viene programada de fábrica solo para ti.
Un calor punzante le subió a Claire por la nuca. Se acomodó la correa del bolso y se repitió que daba igual. Nada de eso tendría peso una vez casados; entonces comprenderían que no era una ingenua persiguiendo a un hombre distante, sino una mujer cuidando al futuro esposo que sus familias habían acordado desde la infancia.
Era una idea con raíces demasiado hondas para dudar de ella. En sus álbumes de fotos, Dereck figuraba a su lado mucho antes de que ella entendiera el significado de la palabra compromiso. Sus padres adoptivos rara vez le ofrecían un abrazo, pero vigilaban con celo su postura en las cenas familiares. Jamás indagaron en sus aspiraciones académicas, pero exigían que lo felicitara puntualmente por cada logro. Su madre podía pasar semanas sin cruzar el umbral de su habitación, pero aparecía al instante si el corte de un vestido no encajaba con el perfil de una futura esposa de su estatus.
«Debes aprender a estar a la altura de un hombre como Dereck», repetía.
Y Claire aprendió. Aprendió a esperar, a observar y a servir sin que pareciera servidumbre, transformando cada necesidad ajena en una oportunidad para volverse imprescindible.
—Claire.
La voz de él la ancló de nuevo al pasillo.
—¿Sí?
—¿Llevas esto a mi aula? Debo pasar antes por el decanato.
Le entregó la carpeta recién organizada y, encima, depositó el peso de su portátil. Aunque la carga física era ligera, el gesto no pasó inadvertido. Uno de los presentes chasqueó la lengua.
—Fiel hasta la médula.
Dereck alzó por fin la mirada. Claire contuvo el aire.
—Ya basta —dijo él.
El alivio duró un parpadeo.
—Se va a ofender y luego no me la quito de encima.
Las risas resonaron con más fuerza.
Claire sostuvo la sonrisa como una máscara. Dereck ya enfilaba las escaleras cuando ella apretó los documentos y el equipo contra su pecho.
—Nos vemos para comer —lanzó él por encima del hombro.
—Allí estaré.
Y, como siempre, Claire reconfiguró el resto de su día alrededor de esa promesa.
Al mediodía apartó una mesa junto a los ventanales de la cafetería. Compró dos almuerzos —el de Dereck sin tomate, como a él le gustaba— y ocupó el rincón donde la luz no deslumbraba la pantalla del teléfono. A las doce y diez, él no había llegado. A las doce y veinte, redactó un mensaje corto:
«Tengo mesa y comida lista.»
Lo borró antes de presionar enviar. No quería sonar asfixiante; seguro se había retrasado por algo importante.
A las doce y treinta y cinco, la comida frente a ella estaba helada. Observó el ir y venir de los universitarios: risas compartidas, bandejas desordenadas, conversaciones cómplices. El murmullo del salón se sentía cada vez más denso mientras la silla vacía se convertía en un abismo.
—Si sigues perforando la entrada con la mirada, vas a quebrar el cristal.
Claire levantó la cabeza.
Derric estaba de pie al otro lado de la mesa.
A diferencia de Dereck, su presencia parecía desentonar con la atmósfera luminosa del campus. Vestía de negro riguroso, no por extravagancia, sino como si hubiera desterrado de su armario cualquier color que demandara atención ajena. De hombros más anchos, estatura imponente y un porte reservado, bastaba que hablara en voz baja para hacerse notar.
A pesar de haber compartido años en el mismo círculo por su cercanía con Dereck, nunca habían sido amigos. Derric solía mirarla con un silencio afilado, entre la perplejidad y el fastidio, cada vez que la veía cargando los recados del otro.
—Estoy esperando a Dereck —aclaró ella.
—Se nota.
Derric señaló el asiento libre.
—¿Molesto?
Ella parpadeó, descolocada.
—No, siéntate.
Claire despertó pasada la una de la tarde.El descubrimiento le provocó una culpa inmediata y visceral.Se incorporó de golpe, miró el reloj y sintió cómo el estómago se le cerraba en un nudo. Jamás se permitía dormir hasta tan tarde. En la casa de sus padres, los fines de semana comenzaban con desayunos rigurosos y silenciosos a las ocho en punto. Y cuando estaba con Dereck, las mañanas siempre exigían algo que preparar, un mensaje pendiente por responder o una agenda ajena que sincronizar al milímetro.Saltó de la cama.Al cruzar a la cocina, la encontró desierta. Sobre la encimera relucía una nota escrita con trazo firme y decidido:«Salí un par de horas. Hay comida en la nevera. No limpies nada. D.»Claire leyó la última advertencia dos veces.Miró alrededor: dos tazas en el fregadero, un plato con migas dispersas, una sartén sobre los fogones.A las dos menos cuarto, la estancia brillaba bajo un orden impecable.Derric regresó cerca de las tres y se detuvo en seco en el umbral al
El médico llegó poco después. Era un hombre mayor y reservado que la atendió con sobriedad, sin hacer preguntas impertinentes. Le tomó las constantes vitales, examinó las contusiones provocadas por la caída contra el asfalto y le habló con voz serena sobre la necesidad imperiosa de guardar reposo, hidratarse y buscar apoyo profesional de inmediato.Claire se puso rígida en cuanto el doctor mencionó la terapia psicológica.—No voy a obligarla a nada —aclaró el médico, templado—. Pero lo ocurrido esta noche requiere acompañamiento. No tiene por qué cargar con todo esto sola.Derric permaneció de pie junto al marco de la puerta, atento y en silencio.Una vez que el doctor se marchó, Claire contempló la sopa, que ya se había enfriado.—¿Se lo vas a contar a Dereck?Derric no se movió de su sitio.—¿Quieres que se lo cuente?—No lo sé.—No diré nada.Claire apretó los labios con amargura.—Debería saberlo.—¿Por qué motivo?—Porque fue por su culpa.Derric cruzó la estancia a zancadas y se
Claire no encontró qué responder. A sus espaldas, las puertas metálicas se deslizaron hasta cerrarse con un sonido amortiguado.Por primera vez en toda la noche, sintió que el mundo dejaba de cerrarse sobre ella.El departamento de Derric estaba envuelto en un silencio denso y ordenado.Claire lo percibió en cuanto cruzó el umbral. No había portarretratos familiares sobre los muebles ni adornos acumulados por capricho; todo parecía haber sido elegido por pura funcionalidad: maderas oscuras, lámparas de luz tenue, un sofá amplio frente a los ventanales y librerías que cubrían una pared entera. Al otro lado del cristal, la ciudad titilaba, remota y ajena.Derric empujó una puerta al final del pasillo.—Esta es la habitación de invitados.Claire se quedó inmóvil en la entrada. La cama estaba hecha con pulcritud, vestida con sábanas claras y un edredón grueso. Al fondo se divisaba un baño privado y, sobre una butaca, reposaban dos toallas dobladas con precisión quirúrgica.—No puedo queda
«El perro fiel.»Cerró los ojos.Unos pasos apresurados rompieron el silencio a sus espaldas. Rápidos, pesados.No tuvo tiempo de girarse.Un brazo le cruzó la cintura y otro le atenazó el torso con una fuerza implacable. Claire soltó un grito ahogado mientras perdía el centro de gravedad. El entorno dio una vuelta vertiginosa —el cielo encapotado, las farolas, el asfalto— antes de que su espalda se estrellara contra un cuerpo que amortiguó la caída contra el suelo.—¿Qué demonios crees que estás haciendo?La voz llegó rota, sin aliento.Claire abrió los ojos.Derric.Tenía el pelo revuelto por el vendaval y una tensión en los rasgos que desdibujaba su habitual frialdad. Mantenía una mano cerrada con firmeza sobre la muñeca de ella, mientras la otra servía de apoyo contra el pavimento, a escasos centímetros de su cabeza.—Suéltame —murmuró ella, con voz trémula.Derric no cedió ni un milímetro.—Por favor.—No.La negativa fue un susurro áspero.Claire intentó zafarse para incorporars
Claire volvió a clavar los ojos en él. Dereck parecía incómodo, pero no cruel; eso volvía todo más difícil. Odiarlo habría sido un alivio si él hubiera mostrado arrogancia o placer al verla derrumbarse.—Samantha me hace feliz —admitió él, bajando el tono—. No planeé enamorarme de ella. Simplemente ocurrió.Claire contuvo el temblor de su respiración.—¿Y qué soy yo para ti?Él frunció el ceño, desconcertado.—Eres Claire.La simpleza de la respuesta le desgarró algo por dentro.—Eres mi amiga. Siempre vas a formar parte de mi vida.Claire cerró los ojos un instante. «Siempre vas a formar parte de mi vida.»Meses atrás habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras. Ahora sonaban a una soga arrojada desde la orilla a quien acaban de empujar por un acantilado.—¿Ella sabe lo de nuestras familias? ¿Sabe lo que esperaban de nosotros?—Sí.—¿Y qué opina?Dereck apretó los labios antes de soltar:—Que los acuerdos de nuestros padres no tienen derecho a dictar nuestras vidas.Claire
Él ocupó la silla sin apartarle los ojos de encima durante un segundo que se sintió eterno. Luego dirigió la vista al plato intacto.—¿Eso también es de él?—Sí.—¿Y le avisaste?Claire humedeció sus labios resecos.—Habíamos quedado.Derric sacó su teléfono, revisó la pantalla y un sutil endurecimiento tensó la línea de su mandíbula.—¿Ocurre algo? —preguntó ella.—Nada.—Derric.Él colocó el dispositivo boca abajo sobre la mesa.—Dudo que venga.Un frío repentino le recorrió la espina dorsal.—¿Por qué?—Porque lo acabo de ver subiendo a su auto fuera del campus.Claire se quedó rígida.—Habrá surgido una urgencia.—Seguramente.La falta de burla en su tono fue más demoledora que cualquier sarcasmo. Con movimientos mecánicos, Claire comenzó a guardar el almuerzo intacto en una bolsa de papel.—Se lo entregaré más tarde.Derric apoyó los brazos en la mesa y fijó la mirada en ella.—Claire, ¿alguna vez te permites comer antes de comprobar si él tiene hambre?Ella frunció el ceño, desc







