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Prisionera de su odio
Prisionera de su odio
作者: Mariela Reyes

1. Lo que Dereck necesita

作者: Mariela Reyes
last update 公開日: 2026-08-31 10:56:11

El café de Dereck requería una fórmula exacta: dos cucharaditas de azúcar, una capa apenas perceptible de espuma y canela solo en el borde izquierdo de la tapa. Claire lo sabía de memoria porque había aprendido, con la disciplina de quien descifra una contraseña, qué detalles mínimos podían arrancarle una sonrisa cansada a las ocho de la mañana. También sabía que los martes evitaba los ascensores por la multitud, que los jueves entraba con retraso a Economía Aplicada y que, antes de cada reunión con su padre, se masajeaba la sien derecha hasta que la jaqueca cedía o alguien le ofrecía una infusión de menta.

Aquel martes lo encontró recargado contra una columna del edificio administrativo, rodeado por tres compañeros del equipo de debate. Dereck gesticulaba con soltura, impecable a pesar de la noche de fiesta, con el cabello oscuro todavía húmedo y la camisa blanca desabotonada en el cuello. En cuanto Claire apareció con el vaso de cartón, uno de los muchachos soltó un silbido socarrón.

—Llegó el servicio a la habitación.

Las risas no tardaron.

Claire bajó la mirada, fingiendo inspeccionar una anotación inexistente en la tapa. Había perfeccionado el arte de encajar esas burlas con una sonrisa tenue, neutral. Si protestaba, la tachaban de exagerada; si daba media vuelta, de dramática. Quedarse en silencio era el único peaje para permanecer a su lado.

—Ignóralos —murmuró él al tomar el vaso.

No les pidió que se callaran.

Claire alzó la vista mientras él daba el primer sorbo. Dereck arqueó apenas una ceja.

—Perfecto.

Esa sola palabra bastó para templarle el pecho durante unos instantes.

—También imprimí los artículos para tu entrega —añadió ella, extrayendo una carpeta de su bolso—. Resalté las estadísticas clave y corregí la bibliografía; un par de enlaces estaban rotos.

Uno de los amigos interceptó la carpeta en el aire y la hojeó con fingida admiración.

—¿Viene con servicio completo de tesis? Necesito contratar a una Claire antes de los exámenes.

—Búscate la tuya —respondió Dereck con desgano, absorto en la pantalla de su móvil.

—Imposible —soltó otro entre carcajadas—. Esta viene programada de fábrica solo para ti.

Un calor punzante le subió a Claire por la nuca. Se acomodó la correa del bolso y se repitió que daba igual. Nada de eso tendría peso una vez casados; entonces comprenderían que no era una ingenua persiguiendo a un hombre distante, sino una mujer cuidando al futuro esposo que sus familias habían acordado desde la infancia.

Era una idea con raíces demasiado hondas para dudar de ella. En sus álbumes de fotos, Dereck figuraba a su lado mucho antes de que ella entendiera el significado de la palabra compromiso. Sus padres adoptivos rara vez le ofrecían un abrazo, pero vigilaban con celo su postura en las cenas familiares. Jamás indagaron en sus aspiraciones académicas, pero exigían que lo felicitara puntualmente por cada logro. Su madre podía pasar semanas sin cruzar el umbral de su habitación, pero aparecía al instante si el corte de un vestido no encajaba con el perfil de una futura esposa de su estatus.

«Debes aprender a estar a la altura de un hombre como Dereck», repetía.

Y Claire aprendió. Aprendió a esperar, a observar y a servir sin que pareciera servidumbre, transformando cada necesidad ajena en una oportunidad para volverse imprescindible.

—Claire.

La voz de él la ancló de nuevo al pasillo.

—¿Sí?

—¿Llevas esto a mi aula? Debo pasar antes por el decanato.

Le entregó la carpeta recién organizada y, encima, depositó el peso de su portátil. Aunque la carga física era ligera, el gesto no pasó inadvertido. Uno de los presentes chasqueó la lengua.

—Fiel hasta la médula.

Dereck alzó por fin la mirada. Claire contuvo el aire.

—Ya basta —dijo él.

El alivio duró un parpadeo.

—Se va a ofender y luego no me la quito de encima.

Las risas resonaron con más fuerza.

Claire sostuvo la sonrisa como una máscara. Dereck ya enfilaba las escaleras cuando ella apretó los documentos y el equipo contra su pecho.

—Nos vemos para comer —lanzó él por encima del hombro.

—Allí estaré.

Y, como siempre, Claire reconfiguró el resto de su día alrededor de esa promesa.

Al mediodía apartó una mesa junto a los ventanales de la cafetería. Compró dos almuerzos —el de Dereck sin tomate, como a él le gustaba— y ocupó el rincón donde la luz no deslumbraba la pantalla del teléfono. A las doce y diez, él no había llegado. A las doce y veinte, redactó un mensaje corto:

«Tengo mesa y comida lista.»

Lo borró antes de presionar enviar. No quería sonar asfixiante; seguro se había retrasado por algo importante.

A las doce y treinta y cinco, la comida frente a ella estaba helada. Observó el ir y venir de los universitarios: risas compartidas, bandejas desordenadas, conversaciones cómplices. El murmullo del salón se sentía cada vez más denso mientras la silla vacía se convertía en un abismo.

—Si sigues perforando la entrada con la mirada, vas a quebrar el cristal.

Claire levantó la cabeza.

Derric estaba de pie al otro lado de la mesa.

A diferencia de Dereck, su presencia parecía desentonar con la atmósfera luminosa del campus. Vestía de negro riguroso, no por extravagancia, sino como si hubiera desterrado de su armario cualquier color que demandara atención ajena. De hombros más anchos, estatura imponente y un porte reservado, bastaba que hablara en voz baja para hacerse notar.

A pesar de haber compartido años en el mismo círculo por su cercanía con Dereck, nunca habían sido amigos. Derric solía mirarla con un silencio afilado, entre la perplejidad y el fastidio, cada vez que la veía cargando los recados del otro.

—Estoy esperando a Dereck —aclaró ella.

—Se nota.

Derric señaló el asiento libre.

—¿Molesto?

Ella parpadeó, descolocada.

—No, siéntate.

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