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77: Destellos

Author: D. Meiler
last update publish date: 2026-10-30 02:23:29

Roman regresó a la mansión. Apenas cruzó las puertas, mandó llamar a los gemelos a su despacho.

Cuando entraron, él estaba de pie en medio de la estancia, pensativo.

—¿Pasó algo en esa fiesta, jefe? —preguntó Cormac.

Roman levantó la mirada.

—Vi a Siena.

Los gemelos se quedaron sin palabras. No entendían.

—¿Qué? —dijo Declan.

Roman resopló, frustrado.

—Esta noche Victor Salazar la presentó como su esposa ante todos los invitados.

—¿Pero qué carajos?

—La confronté. Resulta que Siena perdió la me
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    Roman regresó a la mansión. Apenas cruzó las puertas, mandó llamar a los gemelos a su despacho.Cuando entraron, él estaba de pie en medio de la estancia, pensativo.—¿Pasó algo en esa fiesta, jefe? —preguntó Cormac.Roman levantó la mirada.—Vi a Siena.Los gemelos se quedaron sin palabras. No entendían.—¿Qué? —dijo Declan.Roman resopló, frustrado.—Esta noche Victor Salazar la presentó como su esposa ante todos los invitados.—¿Pero qué carajos?—La confronté. Resulta que Siena perdió la memoria en ese accidente. Salazar la ha tenido oculta todo este tiempo y le ha hecho creer que es su esposa.Cormac hizo una mueca irónica.—Ese bastardo sí que es listo. La tuvo delante de nuestras narices todo este tiempo.—Mi primera intención era llevármela de allí mismo. Pero, como imaginarán, estaba en desventaja numérica.—Armemos un maldito ejército y vayamos a esa casa —dijo Declan—. Hoy mismo podemos tomarla por la fuerza.Roman negó con la cabeza.—No. No lo haremos. Siena ahora no es l

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    Roman no daba crédito a lo que veía. Parpadeó varias veces, como si estuviera en medio de una visión. Pero no lo era. Esa mujer en lo alto de las escaleras era Siena. Su Siena.Aunque se veía distinta. Le habían cortado el precioso cabello castaño, largo, y ahora lo llevaba a la altura de los hombros, en un corte que la hacía lucir hermosa, pero más madura. Maquillaje sobrio, labios de un tono marrón apagado. Un vestido de mangas largas que le llegaba hasta el suelo. Era como si Salazar hubiera querido convertirla en alguien mayor de lo que realmente era. En una mujer a quien pudiera llamar esposa.Su mirada estaba fija en un punto de la multitud. No lo veía a él. No veía a nadie. Parecía una estatua hermosa e inanimada.Salazar, en cambio, sí lo vio. Clavó los ojos en Roman y sonrió con suficiencia, como si le dijera en silencio: "Te gané."Roman sintió tanta ira y tanta confusión que las paredes parecieron cerrarse sobre él. Seis meses buscándola, y ahora aparecía como la esposa de

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    Después de salir de aquel lugar, Roman regresó a la mansión.Cormac, que había estado haciendo trabajo de campo, volvió casi al mismo tiempo. No venía solo. Traía a Anabella, que había dejado el hospital.Roman los esperaba en el despacho. La conversación tenía que ser privada, así que solo estaban los gemelos, él y ella.Anabella se sentó con los hombros hundidos, aplastada por la situación. El aura de esos hombres era intimidante, y el ambiente estaba cargado de tensión. Pero lo que realmente la consumía era el paradero de Siena. Se sentía culpable. Había sido ella quien le pidió ir.—Cuéntale a Roman lo que me contaste a mí —dijo Cormac.Anabella habló con timidez.—En la madrugada llamé a Siena. Estaba asustada. Salí de la habitación de Leonardo a comprar un café, y cuando regresaba noté que alguien me seguía.—¿Viste su cara? —preguntó Roman.—No. Iba de negro, con gorra y mascarilla. Se veía muy sospechoso. Al principio pensé que estaba paranoica, pero cuando aceleré el paso, él

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    Roman se quedó pasmado al oír esas palabras. —¿Qué demonios...?—Ella desapareció —repitió Cormac—. Salió de la mansión y no pudimos encontrarla en ninguna parte. Algo tuvo que pasar, porque los guardias que la acompañaban están muertos.La rabia le subió a Roman como una marea.—¿Acaso no los dejé cuidándola? ¿Qué carajos hacían cuando ella salió?—Lo siento, jefe. Nos descuidamos. Es nuestra culpa.Roman gruñó, frustrado.—Voy para allá. Pero empiecen a buscarla ya.—Ya estamos en eso.Colgó y maldijo entre dientes. ¿Dónde estaba Siena? Se suponía que Darío ya no era una molestia.Estaba entre la espada y la pared. Quería irse cuanto antes, no soportaba estar lejos sin poder formar parte de la búsqueda. Pero tampoco quería dejar sola a Valentina, no después de lo que había pasado.Caminó de un lado a otro de la habitación. Estaba ansioso como rara vez lo había estado en su vida.Si algo le pasaba a Siena. Si la usaban para mandarle un mensaje a él...No quiso terminar el pensamient

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    El helicóptero aterrizó en el patio trasero de la mansión. Seguía tan lúgubre y silenciosa como siempre. Los únicos días en que se llenaba de luz y de voces eran aquellos en que sus padres organizaban alguna de sus absurdas galas para convocar a los socios.Roman entró directo a la casa. Apenas cruzó la puerta, el mayordomo se acercó.—Buenas noches, señor. ¿Se le ofrece algo...?—Suban mis cosas a mi habitación —dijo Roman sin detenerse.—Como diga, señor.Se detuvo un instante y lo miró.—¿Dónde está Valentina?—La señorita se encuentra en su habitación, descansando.—Iré a verla.—De hecho, señor... —El mayordomo se interpuso en su camino—. Su padre me pidió avisarle que, apenas llegara, fuera a verlo a su despacho.Roman lo miró con mala cara. No respondió, pero cambió de rumbo.Al llegar, no tocó. Abrió la puerta y entró.Su padre estaba detrás del escritorio, fumando un puro. Levantó la vista y ni siquiera intentó disimular su decepción. Siempre había mirado a Roman así, como a

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    Roman colgó el teléfono y empezó a vestirse.Siena se incorporó en la cama, preocupada por la forma en que se le había endurecido el rostro.—¿Qué pasa?Roman se detuvo frente a ella. Le acarició la mejilla con los dedos.—Tengo que irme a la capital unos días.—¿Por qué? ¿Qué pasó?Él se frotó los ojos con una mano. Se veía frustrado, agotado, como si cargara algo que llevaba mucho tiempo pesándole.—Mi hermana... intentó quitarse la vida.Siena abrió los ojos de par en par.—Dios mío. ¿Cómo está? ¿Está bien?—No lo sé. No me dieron detalles. Tengo que ir a ver qué pasa.—¿Pero por qué haría algo así?Roman se sentó a su lado en la cama.—No es la primera vez.—¿Y nadie se ha preguntado por qué?—Mi hermana es frágil. No está hecha para vivir junto a mis padres.—Entonces aléjala de ellos.Él soltó una risa amarga.—¿Crees que no lo he intentado? Se niega a venir conmigo. Pero esta vez no pienso tolerarlo más. Voy a solucionarlo.Siena asintió.—Está bien. Solo no la presiones en un

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