LOGINAmanda lo miró fijamente, convencida de haber escuchado mal. La frialdad con la que soltó la frase hizo que el ambiente en la oficina se volviera pesado.
—¿Es un chiste de mal gusto? —preguntó Amanda, apoyando las palmas sobre el escritorio—. Porque no estoy para bromas, señor Vance.
—No pierdo el tiempo con bromas, Amanda —respondió Dante, sin alterar la postura ni el tono de voz—. Es una propuesta de negocios formal. Un matrimonio por conveniencia.
—¿Conveniente para quién? —espetó ella, cruzándose de brazos—. Mi empresa está atravesando un problema financiero grave, pero eso no significa que esté vendiendo mi vida personal al mejor postor.
—Precisamente porque tu empresa se hunde es que esta reunión tiene sentido —dijo Dante, mirándola fijamente—. Sé exactamente en qué situación estás. Julián Sotomayor no solo te dejó en el altar, vació las cuentas de capital de trabajo, firmó pagarés con tu sello corporativo y solicitó tres préstamos bancarios de alto riesgo a nombre de Esola Repuestos. Tu deuda vence en tres semanas y no tienes liquidez para cubrir la nómina de este viernes.
A Amanda se le congeló la sangre. Apretó la mandíbula para no mostrar debilidad.
—Veo que mandó a investigarme antes de poner un pie aquí.
—Invesitgar la salud financiera de un socio potencial es mi obligación —dijo él—. No vine a juzgarte por haber confiado en un imbécil. Vine a ofrecerte la única salida real que tienes antes de que los bancos embarguen tus patentes y tus instalaciones.
—¿Y la salida es casarme con usted? Es una locura.
—Es una reestructuración de activos —corrigió Dante—. Vance Motor Group necesita tu red de distribución de componentes y las licencias exclusivas de importación que tu padre blindó años atrás. Yo tengo el músculo financiero para saldar la deuda de Esola en veinticuatro horas, inyectar capital fresco y limpiar tu nombre en el sector. A cambio, necesito la fusión de ambas compañías sin la interferencia de mi junta directiva ni de la competencia.
—Si solo quiere una fusión corporativa, firmemos un contrato de absorción o una alianza comercial —dijo Amanda con firmeza—. No hay necesidad de pisar un altar.
—Sí la hay —sentenció Dante—. Mis hermanos y los accionistas mayoritarios de mi grupo no van a aprobar una transferencia masiva de capital a una empresa en quiebra técnica sin una garantía de control absoluto. Un matrimonio legal consolida la alianza bajo el régimen de bienes patrimoniales conjuntos. Bloquea cualquier intento de demanda por parte de los acreedores de tu ex y le demuestra al mercado que Esola y Vance son una sola entidad intocable.
Amanda soltó una risa amarga y negó con la cabeza.
—Usted no quiere una socia, señor Vance. Quiere comprarme.
—Quiero salvar lo que construiste —dijo él, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Y tú quieres mantener la empresa con vida y pagarle a tu gente. No te equivoques, Amanda. No estoy pidiéndote afecto, ni un romance ficticio para las cámaras. Hablo de un acuerdo estrictamente legal con fecha de caducidad.
—¿Qué tipo de fecha?
—Un año —declaró Dante—. Un año de matrimonio legal. Nos presentamos juntos en las reuniones importantes, firmamos la unión de las empresas, pago todas las deudas de Esola Repuestos y, a los doce meses, nos divorciamos en secreto. Tu empresa queda libre de deudas, independiente y cien por ciento a tu nombre.
Amanda entrecerró los ojos, mirándolo con desconfianza.
—Nadie gasta millones en salvar una empresa arruinada solo por doce meses de fotos juntas, Vance. ¿Cuál es el truco? ¿Qué gana tu familia cuando firmemos el divorcio?
Dante le sostuvo la mirada sin pestañear.
—Tener la prioridad para comprar tus repuestos. A cambio de salvar tu negocio y devolvértelo completo al divorciarnos, firmaremos un contrato a largo plazo. Un acuerdo que seguirá vigente aunque ya no estemos casados.
—¿Comprar bajo qué condiciones? —exigió Amanda.
—Tener prioridad para que nos vendas las mejores piezas para mis autos de carreras y de exhibición. Y con un descuento grande sobre el precio que le cobras a cualquier otro comprador.
Amanda cruzó los brazos sobre el pecho, apoyándose en el escritorio.
—¿De cuánto descuento estamos hablando?
—Setenta por ciento.
—¿Estás loco? —soltó Amanda de inmediato—. Eso es venderte al precio que me cuesta fabricar. No ganaría ni un centavo.
—Sesenta por ciento —corregió Dante sin perder la calma, dando un paso hacia ella—. Sesenta por ciento de descuento para mi empresa para siempre. Tú salvas tu fábrica y te aseguras un comprador gigante que te va a adquirir casi la mitad de lo que fabriques al año. Y yo me aseguro repuestos de primera calidad a un precio que nadie más en el país me va a dar. Eso es lo que gano yo después del divorcio.
Amanda se levantó del sillón y caminó hacia la ventana, dándole la espalda. Miró el tráfico abajo, procesando la velocidad con la que su vida seguía desmoronándose.
—No lo se, voy a convertirme en el hazmerreír de la industria, Todos van a decir que compré un marido para tapar la humillación de Julián.
—Al contrario —respondió la voz de Dante, más cerca de lo que esperaba—. La narrativa pública cambiará por completo. Nadie hablará de la mujer a la que dejaron plantada. Hablarán de la empresaria que cerró la alianza más poderosa del año y aplastó a sus competidores en el proceso. Tu reputación quedará intacta.
Amanda se giró para encararlo. Dante estaba a un par de pasos, erguido, impecable y analítico. Y el olor de su perfume la descoloco.
—¿Y si me digo que no? —desafió ella.
—En tres semanas los bancos te van a quitar la fábrica —dijo Dante sin pestañear—. Perderás el negocio, los diseños de tus piezas y el apellido de tu familia va a quedar manchado por un e****a enorme. Tus empleados van a quedar en la calle y Julián habrá ganado, destruyéndote por completo desde donde quiera que esté escondido.
Cada palabra de Dante era un golpe directo a la realidad de Amanda. Odiaba la frialdad con la que hablaba de su desgracia, pero odiaba aún más saber que tenía razón.
—Quiero ver el contrato —dijo Amanda, cruzando los brazos sobre el pecho—. Nada de dormir en la misma habitación. Vidas totalmente separadas. Nada de meterte en cómo manejo mi fábrica. Y una indemnización si tu empresa intenta quedarse con mi negocio al terminar el año.
Una leve sonrisa de satisfacción apareció en el rostro de Dante.
—Mis abogados prepararán el borrador esta misma noche —respondió él—. Tendrás control total sobre tu fábrica. Las habitaciones separadas están claras; no tengo intención de meterme en tu vida privada. Y la empresa seguirá siendo tuya, asegurado en el papel.
Amanda lo miró fijo a los ojos, buscando cualquier trampa o mentira. Dante Vance era un hombre temido en el negocio, duro y frío, que jamás daba un paso en falso.
—Tiene veinticuatro horas para mandarle ese documento a Valeria —exigió Amanda, manteniendo la voz firme a pesar del nudo en la garganta—. Si veo una sola trampa en ese contrato, todo se acaba y prefiero irme a la quiebra antes que regalarte mi trabajo.
Dante dio un paso al frente y le extendió la mano.
—Tendrás el contrato antes de medianoche, Amanda. Un año. Nada más.
Amanda miró la mano extendida. Sabía que al darle la mano estaba entregando su libertad a un desconocido para salvar lo poco que le quedaba. Estiró la suya y cerró el trato. El agarre de Dante fue firme, dejando un calor extraño en la piel de Amanda que prefirió ignorar.
—Espero que sepa en lo que se está metiendo, señor Vance.
—Sé perfectamente lo que hago, señorita Esola —contestó Dante, soltándola despacio—. Prepárese. La boda es en quince días.
—¿En quince días? ¿Tan rápido? —preguntó Amanda, sorprendida por la prisa.
—Si quieres, podemos discutir la fecha esta noche en una cena —propuso Dante, mirándola fijamente—. Tú y yo.
—¿Los dos solos? —indagó ella, alzando una ceja.
—Sí, tú y yo solos —aseguró Dante, dando un paso más cerca—. Y que pase lo que tenga que pasar.
Camila negó con la cabeza histerica, pasándose las manos por la cara.—No sabes de qué hablas, Amanda... No sabes nada...—Sé lo de Chicago, Camila —sentenció Amanda, soltando la bomba con una precisión helada.El silencio que siguió cayó como un bloque de plomo. Camila se congeló de golpe. El color que le quedaba en el rostro desapareció por completo, dejándola de un blanco cadavérico. Sus labios temblaron, pero no salió ningún sonido de su garganta.—¿Qué... qué dijiste? —susurró Camila apenas, cayendo de rodillas sobre el suelo de madera vieja, desarticulada por el pánico.—Sé lo de tu padrastro —continuó Amanda, mirándola desde arriba sin pestañear—. Sé lo que pasó cuando tenías catorce años en esa casa. Sé cómo tu abuela te sacó huyendo esa misma noche, cómo limpiaron la escena, cómo cambiaron tu identidad y te inscribieron en mi colegio para enterrar el caso.—No... no, no... —gemía Camila, abrazándose a sí misma en el piso, rompiendo en un llanto ahogado—. Eso no es verdad... E
Al día siguiente por la mañana, la camioneta de Dante avanzaba hacia la zona periférica de la ciudad. Dante conducía con expresión seria, mientras Amanda ocupaba el asiento del copiloto y Valeria iba en la parte trasera, cruzada de brazos y con la molestia marcada en el rostro.—Sigo pensando que esto es una locura, Amanda —rompió el silencio Valeria, inclinándose hacia adelante—. Ir a buscar a esa infeliz después de todo lo que te hizo es regalarnos. Esa mujer es una serpiente.—No voy a ofrecerle un abrazo, Valeria —respondió Amanda sin apartar la mirada del camino—. Voy a ofrecerle un trato. Si Croll la tiene amenazada con ese expediente de Chicago, es la única forma de hacer que hable.—¡Me da igual su expediente! —protestó Valeria con vehemencia—. Mató a un tipo a los catorce años, le robó a tu empresa, engañó a Leo y se vendió con Marcio Croll. ¿Ahora resulta que la vamos a salvar? Que se pudra en la cárcel si Croll la entrega, se lo tiene bien merecido.Dante miró a Valeria por
Dante cortó la llamada con el investigador y guardó el teléfono en el bolsillo de su saco. Su rostro reflejaba la misma seriedad que ponía cuando una situación se salía de control. Amanda y Leo lo miraban fijamente desde la fuente del jardín, esperando una explicación.—¿Qué pasó, Dante? —preguntó Amanda, dando un paso hacia él—. ¿Era el investigador?—Sí —respondió Dante, mirando a su hermano y luego a su esposa—. Tienen el informe sobre el pasado de Camila. Ya nos vamos, Amanda. La persona que me tiene los detalles nos espera en un café al sur de la ciudad.Leo los miró desde la silla de ruedas y asintió con seriedad.—Manténganme al tanto de todo —pidió Leo, apretando la carpeta de los corredores contra su regazo—. No me dejen por fuera de esto.—Cuenta con eso —aseguró Amanda, inclinándose para darle un beso corto en la mejilla—. Descansa y revisa bien los expedientes de los pilotos.Dante le dio un apretón firme en el hombro a su hermano.—Nos vemos mañana temprano, Leo.Salieron
—¿Y qué pretendes hacer? —cuestionó él, cruzando los brazos sobre el pecho.—Sé que Marcio la extorsiona —afirmó Amanda con convicción—. Tiene algo grave contra ella o la tiene amenazada de muerte. Camila no es la mente maestra detrás de todo esto, es el eslabón débil. Si descubrimos con qué la tiene doblegada y le ofrecemos una salida, Camila nos va a entregar las pruebas definitivas para enterrar a Croll de por vida.Dante apretó la mandíbula, analizando la propuesta con frialdad.—No me interesa salvarle la piel a esa infeliz, Amanda —sentenció Dante, acercándose para tomarle el rostro con una mano—. Pero si esa rata tiene la información que necesitamos para destruir a Marcio, la vamos a usar. Mañana mismo pongo al investigador a escarbar en los trapos sucios que Croll guarda sobre ella.—Gracias—le dijo ella—sabia que podia confiar en ti.A la mañana siguiente Dante convocó a Bruno y a Mateo a su oficina privada en la sede central de Vance Motors. La puerta quedó cerrada bajo llav
Quince minutos después, Dante irrumpió en la cafetería custodiado por cuatro hombres de su seguridad privada. Llevaba la mandíbula trabada y los ojos encendidos en rabia pura. Al ver a Amanda de pie junto al mostrador, acortó la distancia en tres pasos largos y la tomó con fuerza por los hombros, inspeccionándola de arriba abajo.—¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? —preguntó Dante, con la voz áspera por la adrenalina.—Estoy bien, Dante —respondió Amanda, exhalando el aire que tenía contenido—. Pero me asusté muchísimo. Sentí el cañón del arma en la nuca. Se llevaron todo: las joyas y el teléfono donde tenía cosas de la empresa y contactos clave.Dante apretó los dientes y la pegó a su pecho en un abrazo protector, pasando una mano por su nuca.—Tranquila. Voy a mandar a bloquear el móvil de inmediato y rastrear el chip —dijo Dante, haciendo una señal a uno de sus escoltas para que gestionara la orden.—Camila ya no está—le dice Amanda—se largó apenas los ladrones salieron. Vámonos de aq
Amanda conducía de regreso desde la mansión de Bruno hacia el centro comercial del norte. Busco el número de Dante desde el sistema del auto. Él contestó al segundo tono.—Dante, voy camino al centro comercial —dijo Amanda sin rodeos—. Me encontré a Camila en la casa de Bruno. Estaba rogándole a Leo para que la perdonara.—¿Qué hacía esa infeliz allá? —preguntó Dante con la voz tensa—. ¿Bruno la dejó entrar?—La empleada no la conocía y la dejó pasar. Leo la echó con asco y yo me encargué de sacarla de la propiedad. Pero antes de que se fuera, le puse una trampa: le dije que quería hablar con ella a solas, tomarme un café y solucionar las cosas. Aceptó.Hubo un segundo de silencio en la línea antes de que Dante hablara.—¿Vas a hacerte pasar por su amiga?—Está acorralada, Dante. Marcio la dejó sin un solo dólar y Leo la rechazó. Está desesperada por apoyo. Si le hago creer que estoy dispuesta a perdonarla o a ayudarla a cambio de la verdad, me va a soltar todo lo que tiene guardado s







