LOGIN
Punto de vista de Hannah
El sofocante aroma de los lirios blancos inundaba el salón de bodas, una fragancia que me recordaba más a un cementerio que a una celebración. Me encontraba allí, el cuerpo rígido dentro de un vestido blanco que me envolvía como un sudario, mientras las miradas de mi familia y parientes me atravesaban la espalda como agujas. A mi lado, el novio tosió débilmente, un hombre de sesenta y cinco años con la piel arrugada y el olor a tabaco rancio y medicinas. No me miraba como a una novia, sino como a un trozo de tierra que acababa de adquirir en una subasta pública. Veintitrés años frente a sesenta y cinco… una ecuación nauseabunda que solo hacía que la sonrisa fría de mi padre se ensanchara. Estaba orgulloso de haberse deshecho de mí para lavar la vergüenza de aquella noche que todavía perseguía mis pesadillas. Una sola noche con aquel desconocido que me arrebató todo y dejó una prueba creciendo día a día dentro de mi vientre. Las manos me temblaban al apretar el ramo, y el frío del salón se infiltraba hasta los huesos. El sacerdote abrió la boca para pronunciar las palabras del lazo eterno: —¿Aceptas a este hombre como tu esposo, en la pobreza y en la riqueza…? Una explosión violenta retumbó. No fueron solo las puertas las que se hicieron añicos; pareció como si el mundo mismo se hubiera partido en dos. Fragmentos de vitral llovieron sobre los invitados que gritaban. Entre el polvo y la destrucción, un grupo de hombres de traje negro irrumpió como demonios surgidos de las entrañas de la tierra. Y al frente… estaba él. Avanzaba con pasos pesados y seguros, su ancho cuerpo dominando el espacio. El traje gris se ajustaba con una precisión aterradora sobre un cuerpo sólido como el acero. Ni un solo mechón de su cabello negro, perfectamente peinado, se había movido a pesar del caos. Poseía un aura que obligaba a los pulmones a detener la respiración. Antes de que mi padre o los guardias pudieran procesar lo que ocurría, desenfundó una pistola con frialdad mecánica. ¡Bang! El estruendo del disparo me ensordeció. Sentí una salpicadura cálida en el rostro y, al instante, vi cómo el anciano novio tambaleaba antes de caer como un cadáver sin vida a mis pies. Grité en silencio mientras contemplaba cómo su sangre carmesí se filtraba y manchaba la cola de mi vestido blanco, convirtiendo su pureza en un lugar de ejecución. La sangre se me heló en las venas cuando mis ojos se encontraron con los suyos, grises como un invierno siberiano, desprovistos de cualquier remordimiento. Se acercó a mí y sentí la presión de sus dedos poderosos clavándose en mi brazo, arrastrándome hacia él con una crueldad que me hizo tropezar sobre el vestido empapado de sangre. Inclinó la cabeza y sentí su aliento caliente rozarme la oreja mientras todo mi cuerpo temblaba bajo su agarre. Susurró con una voz profunda, resonante y aterradora: —¿De verdad pensaste que tu familia podría casarte y vender lo que me pertenece a otro hombre? Apretó con más fuerza, hasta el punto en que sentí que los huesos estaban a punto de quebrarse, y continuó en un susurro que me detuvo el corazón: —Tú, y el hijo que llevas en el vientre… me pertenecéis. Y ninguna criatura sobre esta tierra se atreverá a arrebatármelos. Flashback – Dos meses atrás Estaba sentada en la silla, rendida, mientras Tessa me maquillaba el rostro con intensa concentración. —Llevas una hora pintándome la cara —dije, con la paciencia al límite—. ¿Aún no terminas? Tessa soltó un suspiro agudo, el pincel aún en alto. —Hannah, dame cinco minutos. Solo ten paciencia. Un momento después, dio un paso atrás. —¡Terminado! Me puse de pie y me enfrenté al espejo; por un segundo no reconocí a la chica que me devolvía la mirada. Mis ojos azules parecían afilados y prominentes detrás del kohl intenso, y los labios estaban pintados de un carmesí profundo que combinaba a la perfección con mi largo cabello rojo. El corto vestido de cuero negro se adhería a mis curvas como una segunda piel, acentuando la cintura y haciendo que mi trasero luciera increíblemente pronunciado. Tessa se acercó por detrás sosteniendo unas medias de red hasta el muslo coronadas con un delicado toque de encaje. Habló en un tono que no admitía objeciones: —Póntelas. —¡Esto es demasiado! —dije con vacilación, examinando mi reflejo atrevido. —Hoy salimos a divertirnos —respondió ella, empujándome—. ¡Sin objeciones! Me las puse, me metí en los tacones altos y salimos. Tomamos un taxi y Tessa se miró el reflejo. —Mírame, ¿estoy bella? Su corto cabello negro realzaba su belleza afilada, y sus ojos oscuros resultaban cautivadores bajo las luces de la calle. El vestido azul corto la hacía lucir realmente deslumbrante. —Estás preciosa —respondí con sinceridad. Ella gorjeó emocionada: —Este bar al que vamos es muy famoso en Nueva York. ¡Estoy tan emocionada! Por fin llegamos. En el corazón de Nueva York entramos en un lugar de caos total; los cuerpos se apretujaban entre sí en la multitud y la música resonaba lo bastante fuerte como para vibrar en mis huesos. Nos sentamos en la barra y pedimos dos bebidas. —¡Tessa, este lugar es increíble! —dije con admiración. —¡Te lo dije! —respondió ella, agitando las manos al ritmo. Después de la cuarta bebida, sentí que el mundo empezaba a girar. Tessa me arrastró del taburete. —¡Vamos a bailar! Nos levantamos y bailamos en medio de la muchedumbre, pero pronto Tessa encontró a alguien con quien restregarse, mientras yo sentí de repente una necesidad urgente de orinar. Encontrar un baño en aquel local inmenso y abarrotado parecía imposible. Busqué desesperadamente hasta que tropecé con un pasillo lateral silencioso. Caminé un poco más hasta encontrar una vieja puerta de madera. La empujé y entré; era una habitación amplia bañada por una misteriosa luz roja. En el centro había una cama enorme, rodeada de extraños juguetes sexuales y aparatos. Ya no podía aguantar más. Sentí que de verdad me iba a orinar encima. Corrí al baño de la habitación y me alivié. Una oleada de inmenso alivio me invadió. Me detuve frente al espejo, acomodé los mechones sueltos y volví a aplicar el labial, luego salí. Fue entonces cuando me quedé paralizada. Un hombre estaba allí de pie. Habló con tono seguro: —¿Dónde estabas? Llegas muy tarde. —¿Perdón? —dije atónita—. No entiendo… —Ven —dijo con frialdad—. Acércate… más cerca. Di un paso atrás. —Te equivocas, no soy quien crees que soy. Pero él no escuchó. Se movió hacia mí a la velocidad del rayo, sacó una venda negra y me la ató con fuerza sobre los ojos. —No te la quites —ordenó con severidad. —¡Señor, se equivoca! ¡Suélteme! —grité presa del pánico. Pero él me arrastró con brusquedad hasta la cama y me sujetó las manos con frías esposas de metal. Intenté escapar con todas mis fuerzas, pateando el aire y gritando en su cara: —¡¿Qué te pasa, psicópata?! ¡Suéltame! Me agarró la barbilla con su potente agarre, inclinándome el rostro hacia el suyo, y habló con una voz profunda y amenazante: —Una palabra más… y te vaciaré las balas de mi pistola en la cabeza.Punto de vista de HannahPronuncié mi apellido a propósito; esperaba en el fondo que me buscara, que rastreara mi nombre en los registros de la ciudad y me encontrara de nuevo. Esperé a que me dijera el suyo, a que me dejara un hilo al que aferrarme, pero solo oí el sonido de sus pasos pesados alejándose, seguido del crujido de la puerta al abrirse y cerrarse de golpe.Se impuso un silencio sepulcral. Grité con voz temblorosa:—¿Estás aquí?No llegó respuesta alguna. Mi llamada resonó en vano por la fría habitación roja. Dije con una rebeldía desesperada:—¡Me quito la venda!Desafié su orden, pero el silencio fue la única respuesta. Levanté las manos temblorosas y desaté el nudo; la tira negra cayó de mis ojos.Pestañeé varias veces para adaptarme a la tenue luz roja y miré a mi alrededor con avidez… pero solo había vacío.Se había ido.Había desaparecido como un sueño diabólico que atravesó mi vida solo para destruirla y marcharse. No dejó nombre, ni número, ni siquiera una palabra
Punto de vista de HannahMis gritos se intensificaban con cada embestida, una mezcla enloquecida del dolor que me quemaba por dentro y el placer que corría por mis venas como un veneno. Gemía con frenesí, la cabeza golpeando de un lado a otro sobre la cama, mientras él se volvía más salvaje en sus movimientos, llenando mi coño con su polla y haciéndome sentir un éxtasis antinatural.Mis experiencias anteriores eran un juego de niños comparadas con esta inundación que me arrastraba ahora; nadie había domesticado jamás mi cuerpo ni extraído de mí estas sensaciones tan intensas y punzantes.Poseía una habilidad diabólica para hacer que cada célula de mi interior suplicara por más.De pronto, retiró su enorme polla de mis profundidades, dejándome en un estado de vacío y muerte temporal.Sentí la cabeza caliente de su polla tocar mi mejilla, húmeda de sudor y lágrimas, y susurró con rudeza:—¿Quieres probarla?Lami mis labios secos con hambre y respondí con una voz apenas audible:—Sí… qui
Punto de vista de HannahEn ese momento, mientras mi cuerpo ardía de anticipación, sentí algo completamente distinto. Esta vez no fue el tacto de sus dedos, sino un frío penetrante que impactó mi piel caliente en el cuello. Era un trozo de hielo, sostenido con habilidad entre sus labios, que se deslizaba con una lentitud agonizante hacia mi pecho.El contraste era aterrador y enloquecedoramente excitante; el hielo helado hacía que mis poros se contrajeran, seguido de inmediato por el calor de sus labios cálidos persiguiendo el rastro del deshielo.Los músculos de mi abdomen se contrajeron con violencia cuando pasó el hielo sobre mi pezón; sentí un escozor agudo, como si agujas de escarcha me perforaran, mientras su lengua seguía las gotas frías de agua que corrían por las curvas de mi cuerpo, limpiándolas con un calor abrasador.Temblaba, no de frío, sino de aquella tortura sensorial que me infligía. Escalofrios subían desde los pies hasta la cabeza mientras bajaba el hielo hacia el b
Punto de vista de HannahEl miedo se filtró hasta lo más profundo de mí como un frío helado. Estaba completamente indefensa, ahogada en la oscuridad de la venda que me robaba la vista, mientras mis manos, esposadas con rudeza al cabecero de la cama, me convertían en rehén de lo desconocido.Un silencio aterrador flotaba en la habitación, roto solo por la voz del mismo hombre hablando en un tono sumiso:—Hola, señor… ella está lista.Oí el sonido de unos pasos que se alejaban y abandonaban la habitación. De pronto, un aroma potente y penetrante invadió mis fosas nasales, una colonia masculina abrumadora que se acercaba cada vez más hasta que sentí su aliento rodeándome.Sin previo aviso, su mano se posó sobre mi pecho. No apretó ni aplastó; simplemente dejó la palma allí, pesada y cálida sobre la tela de cuero, mientras yo permanecía en absoluto silencio, con la respiración acelerándose contra mi voluntad.Retiró la mano lentamente. Entonces sentí la punta de su dedo deslizarse con una
Punto de vista de HannahEl sofocante aroma de los lirios blancos inundaba el salón de bodas, una fragancia que me recordaba más a un cementerio que a una celebración.Me encontraba allí, el cuerpo rígido dentro de un vestido blanco que me envolvía como un sudario, mientras las miradas de mi familia y parientes me atravesaban la espalda como agujas.A mi lado, el novio tosió débilmente, un hombre de sesenta y cinco años con la piel arrugada y el olor a tabaco rancio y medicinas.No me miraba como a una novia, sino como a un trozo de tierra que acababa de adquirir en una subasta pública.Veintitrés años frente a sesenta y cinco… una ecuación nauseabunda que solo hacía que la sonrisa fría de mi padre se ensanchara.Estaba orgulloso de haberse deshecho de mí para lavar la vergüenza de aquella noche que todavía perseguía mis pesadillas. Una sola noche con aquel desconocido que me arrebató todo y dejó una prueba creciendo día a día dentro de mi vientre.Las manos me temblaban al apretar el







