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Capítulo 4

Author: Starry writer
last update publish date: 2026-10-22 13:03:39

Punto de vista de Hannah

Mis gritos se intensificaban con cada embestida, una mezcla enloquecida del dolor que me quemaba por dentro y el placer que corría por mis venas como un veneno. Gemía con frenesí, la cabeza golpeando de un lado a otro sobre la cama, mientras él se volvía más salvaje en sus movimientos, llenando mi coño con su polla y haciéndome sentir un éxtasis antinatural.

Mis experiencias anteriores eran un juego de niños comparadas con esta inundación que me arrastraba ahora; nadie había domesticado jamás mi cuerpo ni extraído de mí estas sensaciones tan intensas y punzantes.

Poseía una habilidad diabólica para hacer que cada célula de mi interior suplicara por más.

De pronto, retiró su enorme polla de mis profundidades, dejándome en un estado de vacío y muerte temporal.

Sentí la cabeza caliente de su polla tocar mi mejilla, húmeda de sudor y lágrimas, y susurró con rudeza:

—¿Quieres probarla?

Lami mis labios secos con hambre y respondí con una voz apenas audible:

—Sí… quiero.

Extendió su mano fuerte y, con un rápido clic metálico, abrió las esposas que me tenían sujetas al cabecero.

Sentí que la libertad regresaba a mis extremidades, pero su voz se convirtió en la nueva cadena cuando dijo con tono imperioso:

—Ni se te ocurra quitarte esa venda negra… te quedarás ahogada en esta oscuridad tuya.

—No lo haré… —susurré débilmente mientras me inclinaba hacia él. Empecé a tantear el camino hacia su polla y, cuando la encontré, comencé a lamerla con la lengua, explorando su textura caliente y las venas prominentes.

Luego, con una osadía que nunca supe que tenía, la metí en mi boca para chuparla. Era tan enorme; sentí que la mandíbula estaba a punto de dislocarse al intentar acomodar su tamaño, mientras su respiración se volvía pesada.

Sentí la suavidad de mi lengua envolverlo, y él gimió de un modo que me hacía mojarme cada vez más.

Retiró su polla de mi boca de golpe y habló con un tono que me heló la sangre en las venas:

—¿Quieres probar el anal?

Nunca había experimentado ese tipo de sexo; el terror luchaba con la curiosidad y el placer dentro de mí, pero había entregado por completo mi alma y mi cuerpo a aquel demonio.

—Sí… —dije temblando.

Me volteó boca abajo con rudeza y sentí el aire frío golpear mi espalda y mi trasero completamente desnudo. Empezó a juguetear con mi ano con el dedo, deslizándolo con una lentitud que me torturaba, y de pronto lo empujó dentro.

Grité y enterré el rostro en la almohada, pero él no me dio tregua; retiró el dedo y lo reemplazó con su enorme polla.

La embistió dentro de mí de un solo golpe violento. Sentí como si mi cuerpo se desgarrara. Grité con frenesí, un grito que sacudió la habitación, pero el dolor pronto se mezcló con un placer extraño, profundo y oscuro que empezó a recorrer mi médula espinal con cada embestida que vaciaba en mí.

Gemía como una loca al sentir su invasión total de zonas que nunca habían sido tocadas, mientras él se volvía más agresivo, aplastando mi orgullo bajo el peso de su lujuria insaciable.

Oí cómo su respiración se convertía en exhalaciones calientes y entrecortadas sobre mi espalda desnuda. Empezó a gemir con un sonido profundo y masculino, gemidos ahogados que emergían de su garganta con cada golpe violento que asestaba a mi cuerpo.

Jadeaba con frenesí, su ancho pecho golpeando mi espalda con cada embestida, haciéndome sentir su latido acelerado como si latiera dentro de mi propio cuerpo.

Aquellos sonidos, y aquel jadeo que reflejaba su pérdida de control, me hicieron perder lo que me quedaba de cordura. Ya no era solo un «desconocido» ejerciendo su autoridad; se había convertido en una bestia hambrienta luchando contra su propio placer dentro de mí.

Tiró de mi cabello rojo hacia atrás con crueldad para levantar mi cabeza y, mientras su polla se hundía en mis profundidades, sus gemidos se volvieron más agudos y feroces, como si vaciara toda su rabia y su deseo en aquellos momentos.

Sentí su cuerpo rigidizarse sobre mí y la velocidad de sus embestidas aumentó hasta el punto de que ya no podía gritar; solo vibraba bajo su peso, ahogada en la sinfonía de su aliento abrasador que me decía una sola cosa: que aquel demonio se había rendido por fin al placer que había creado entre mis manos.

Retiró su polla de detrás con un movimiento rápido y, en un solo segundo, me encontré volteada de espaldas bajo su peso imponente.

No me dio oportunidad de recuperar el aliento; volvió a embestirla por completo dentro de mi coño, y esta vez la penetración fue más profunda y salvaje.

Empezó a besarme con avidez y locura; no eran besos, sino un devorar de mis labios, su lengua luchando con la mía dentro de mi boca para engullir mis gritos.

Sentí el calor de su cuerpo ardiente chocar contra mi marco tembloroso, así que rodeé su espalda con las manos y empecé a arañarle la ancha espalda con las uñas con todas mis fuerzas.

Las clavé en su piel dura, sintiendo cómo los músculos se anudaban bajo mi tacto, mis gemidos perdidos dentro de su boca.

De pronto, todo se congeló.

Su cuerpo entero dio un respingo sobre mí; sentí sus músculos rigidizarse hasta un grado aterrador. Presionó las caderas hacia abajo con todas sus fuerzas, jadeando con frenesí en mi oído, y su semen desbordó dentro de mí.

Se corría dentro de mí en chorros calientes y sucesivos; los sentí llenando mi vientre e invadiendo mis profundidades, mientras mi cuerpo se sacudía con violencia bajo el peso de aquel clímax abrumador que hizo girar el mundo a mi alrededor detrás de aquella venda negra.

Se derrumbó encima de mí con la respiración entrecortada, el corazón golpeando con violencia contra mi pecho, dejándome ahogada en un mar de fluidos y de conmoción sin saber que la semilla que plantó aquella noche sería la soga que se apretaría alrededor de mi cuello dos meses después.

Su aliento aún me acariciaba la oreja cuando susurró palabras que me golpearon como un rayo:

—No me gustan las pelirrojas…

Sentí un insulto que me atravesó el orgullo hasta el tuétano. Miré hacia la oscuridad detrás de la tela negra y desee, en aquel momento, poder cambiar de color; estaba dispuesta a teñirme el cabello de castaño, negro o incluso rubio, cualquier color que agradara a su ojo y lo hiciera quedarse conmigo.

Pero él no dejó espacio para mi tristeza, pues susurró de nuevo con un tono que hizo saltar mi corazón:

—Pero atrapaste mi atención, Pelirroja.

Una ola de felicidad abrumadora recorrió mis extremidades. Dios mío… ¡le gustaba! A pesar de sus reservas, había logrado atravesar sus muros. Envalentonada, dije con una voz espesa de súplica:

—¿Puedo verte ahora?

—No.

Respondió con una sola palabra, afilada y fría como una hoja.

Solté un suspiro ahogado y frustrado; ardía de ansia por ver el rostro que pertenecía a aquella voz y a aquella ferocidad. Oí el crujido de la cama cuando se levantó de encima de mí, seguido del sonido de la tela al moverse.

Se vestía con fría indiferencia, mientras yo permanecía tendida allí, desnuda y destrozada sobre aquellas sábanas caóticas.

De pronto preguntó con su voz profunda:

—¿Cómo te llamas?

Respondí con rapidez, como si le entregara la llave de mi vida:

—Hannah… Hannah Brooks.

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