LOGINPunto de vista de Hannah
En ese momento, mientras mi cuerpo ardía de anticipación, sentí algo completamente distinto. Esta vez no fue el tacto de sus dedos, sino un frío penetrante que impactó mi piel caliente en el cuello. Era un trozo de hielo, sostenido con habilidad entre sus labios, que se deslizaba con una lentitud agonizante hacia mi pecho.
El contraste era aterrador y enloquecedoramente excitante; el hielo helado hacía que mis poros se contrajeran, seguido de inmediato por el calor de sus labios cálidos persiguiendo el rastro del deshielo.
Los músculos de mi abdomen se contrajeron con violencia cuando pasó el hielo sobre mi pezón; sentí un escozor agudo, como si agujas de escarcha me perforaran, mientras su lengua seguía las gotas frías de agua que corrían por las curvas de mi cuerpo, limpiándolas con un calor abrasador.
Temblaba, no de frío, sino de aquella tortura sensorial que me infligía. Escalofrios subían desde los pies hasta la cabeza mientras bajaba el hielo hacia el bajo vientre.
La textura dura del hielo se derretía lentamente sobre mi piel delicada, dejando atrás un camino húmedo que se encendía en el segundo en que sus labios lo tocaban.
Cuando el trozo de hielo alcanzó mi coño y rozó el clítoris con aquella frigidez repentina, solté un grito ahogado detrás de la venda negra, y la espalda se me arqueó con fuerza fuera de la cama.
La sensación de frío letal allí, mezclada con el calor de su aliento golpeando la zona, me empujaba hacia el borde del abismo.
Pensé que dejaría el hielo allí para que se derritiera y me quemara con su frío, pero de pronto lo retiró con los dientes, dejándome una vez más en un vacío desolador.
Mi cuerpo se estremecía entre dos fuegos: el fuego del frío que aún habitaba en mi piel y el fuego del deseo que devoraba mis entrañas.
—¿Por qué… por qué te detienes siempre? —susurré débilmente, mientras lágrimas de deseo reprimido empezaban a empapar la tela negra sobre mis ojos.
Se impuso un silencio pesado en el que no podía oír nada excepto el latido frenético de mi corazón.
De pronto, su voz aterciopelada cortó la quietud, una voz profunda cargada de una autoridad irrefutable. Habló mientras se inclinaba cerca de mi rostro, hasta que sentí su aliento acariciarme la piel:
—¿Quieres ver… o sentir?
Tragué saliva con dificultad, el cuerpo temblando bajo el peso del deseo y una curiosidad letal por saber quién era aquel demonio. Respondí con una voz ronca, espesa de necesidad:
—Quiero ambas cosas…
Oí una risa baja y fría que envió un escalofrío por mi columna. Habló en un tono firme:
—Respuesta incorrecta… elige solo una.
Cerré los ojos detrás de la venda negra; mi cuerpo ardía y el calor en el bajo vientre se había vuelto insoportable.
No me importaba ver tanto como me importaba apagar aquel fuego que él había encendido con sus toques intermitentes. Susurré sin fuerzas:
—Quiero que me toques…
No esperó mucho. Sentí su mano grande y poderosa separar lenta y firmemente mis muslos, y entonces sus dedos se posaron en mi coño.
Comenzó a acariciar los pliegues con una ternura extrema, deslizando las yemas de los dedos sobre aquella piel sensible y húmeda, explorando mis pliegues como si los hubiera poseído desde el principio de los tiempos.
Sus toques me hicieron arquearme de forma involuntaria; mis gemidos llenaron la habitación.
De pronto sentí que su cabeza bajaba entre mis piernas. Me quedé paralizada cuando el calor de su lengua rozó directamente mi clítoris.
Empezó a lamer mi coño con pasadas largas y seguras, chupando mis labios con osadía de un modo que me hizo perder la cabeza. Su lengua se movía con una habilidad diabólica, jugueteando con mi clítoris un momento y sumergiéndose lentamente en mi interior al siguiente, provocando que aferrase el hierro de la cama con las manos esposadas con tanta fuerza que casi se me partían los huesos.
Me retorcía bajo él, la cabeza golpeando la almohada de un lado a otro, mientras el sonido húmedo de su lengua devorando mi coño resonaba en mis oídos como la sinfonía más bella y prohibida.
—Ahhh… —El grito se arrancó de mis entrañas cuando concentró las lamidas en mi clítoris, encendiendo un fuego que nunca supe que existía y dejándome ahogarme en un mar de puro placer creado por aquel desconocido.
Aquel momento fue la delgada línea entre la cordura y la locura. No se contentó solo con su lengua devorando mi coño; sentí una presión súbita y poderosa cuando enterró un dedo profundamente dentro de mí, llenando el vacío que gritaba por él.
Antes de que mi cuerpo pudiera procesar el impacto, añadió un segundo, empujándolos dentro de mí con una regularidad feroz y cruel. Exploró mis profundidades con embestidas rápidas que me hicieron golpear la cabeza contra la cama, retorciéndome bajo su agarre.
De pronto se movió sobre mí y sentí el peso de sus músculos duros presionándome. Devoró mis labios en un beso violento y febril; no era solo un beso, era una lucha por el dominio.
Empujó su lengua dentro de mi boca y empezó a chupar con fuerza, intercambiando la saliva del deseo mientras sus dedos abajo no dejaban de destrozar mi compostura, empujando y moviéndose dentro de mi coño con un ritmo más rápido y profundo.
Movió los labios hacia mi cuello y sentí sus dientes rozar ligeramente la piel antes de empezar a chupar con fuerza, dejando las marcas de su posesión. Mis gemidos se mezclaron con el sonido de su respiración pesada.
Extendió la mano libre hacia mi pecho y apretó mis pezones endurecidos entre los dedos, pellizcando con una crueldad deliciosa que me hizo estremecer.
No se detuvo ahí; se inclinó para lamer mi pezón con su lengua áspera y luego tomó todo el pecho en la boca.
Empezó a chupar con potencia y hambre mientras sus dedos abajo redoblaban el esfuerzo, empujando dentro de mi coño con aún mayor violencia, golpeando mis pliegues y empujándome al borde de la explosión.
Podía oír la fricción húmeda de sus dedos dentro de mi coño y el sonido de él chupando mi pecho. Sentí como si mi cuerpo ya no me perteneciera; era solo una masa de nervios encendidos a su merced, hambrienta de que terminara aquella tortura y me llenara por completo con todo su ser.
Retiró los dedos de golpe. Se me secó la garganta, esperando otra decepción, pensando que había vuelto a su afición de torturarme deteniéndose.
Pero esta vez se acercó hasta que su aliento abrasador golpeó mi oreja y susurró con una voz ronca, goteando lujuria:
—¿Quieres que te meta la polla?
No dudé ni un segundo; mi cuerpo lo gritaba.
—Sí… lo quiero.
Sentí la cabeza caliente de su polla tocar la entrada de mi coño. Empezó a juguetear con ella, deslizándola arriba y abajo, resbalando con facilidad gracias a la abundante humedad que me empapaba.
Entonces, con una embestida firme, la enterró por completo dentro.
—¡Ahhhh! —grité con un dolor que rasgó el silencio de la habitación; sentí como si mi cuerpo se partiera en dos. Era enorme, demasiado grande para mi coño apretado, que no estaba acostumbrado a semejante invasión.
Me quedé paralizada, los dedos clavados en las sábanas, mientras lo sentía llenarme cada centímetro, estirando mis profundidades con una crueldad deliciosa.
Soltó un suspiro de claro placer y murmuró con oscuridad:
—Joder… tu coño está tan apretado.
No me dio tiempo a adaptarme a su tamaño. Empezó a embestir su polla dentro de mí con violencia, retirándola y luego regresando para golpear contra mi cérvix con fuerza.
Punto de vista de HannahPronuncié mi apellido a propósito; esperaba en el fondo que me buscara, que rastreara mi nombre en los registros de la ciudad y me encontrara de nuevo. Esperé a que me dijera el suyo, a que me dejara un hilo al que aferrarme, pero solo oí el sonido de sus pasos pesados alejándose, seguido del crujido de la puerta al abrirse y cerrarse de golpe.Se impuso un silencio sepulcral. Grité con voz temblorosa:—¿Estás aquí?No llegó respuesta alguna. Mi llamada resonó en vano por la fría habitación roja. Dije con una rebeldía desesperada:—¡Me quito la venda!Desafié su orden, pero el silencio fue la única respuesta. Levanté las manos temblorosas y desaté el nudo; la tira negra cayó de mis ojos.Pestañeé varias veces para adaptarme a la tenue luz roja y miré a mi alrededor con avidez… pero solo había vacío.Se había ido.Había desaparecido como un sueño diabólico que atravesó mi vida solo para destruirla y marcharse. No dejó nombre, ni número, ni siquiera una palabra
Punto de vista de HannahMis gritos se intensificaban con cada embestida, una mezcla enloquecida del dolor que me quemaba por dentro y el placer que corría por mis venas como un veneno. Gemía con frenesí, la cabeza golpeando de un lado a otro sobre la cama, mientras él se volvía más salvaje en sus movimientos, llenando mi coño con su polla y haciéndome sentir un éxtasis antinatural.Mis experiencias anteriores eran un juego de niños comparadas con esta inundación que me arrastraba ahora; nadie había domesticado jamás mi cuerpo ni extraído de mí estas sensaciones tan intensas y punzantes.Poseía una habilidad diabólica para hacer que cada célula de mi interior suplicara por más.De pronto, retiró su enorme polla de mis profundidades, dejándome en un estado de vacío y muerte temporal.Sentí la cabeza caliente de su polla tocar mi mejilla, húmeda de sudor y lágrimas, y susurró con rudeza:—¿Quieres probarla?Lami mis labios secos con hambre y respondí con una voz apenas audible:—Sí… qui
Punto de vista de HannahEn ese momento, mientras mi cuerpo ardía de anticipación, sentí algo completamente distinto. Esta vez no fue el tacto de sus dedos, sino un frío penetrante que impactó mi piel caliente en el cuello. Era un trozo de hielo, sostenido con habilidad entre sus labios, que se deslizaba con una lentitud agonizante hacia mi pecho.El contraste era aterrador y enloquecedoramente excitante; el hielo helado hacía que mis poros se contrajeran, seguido de inmediato por el calor de sus labios cálidos persiguiendo el rastro del deshielo.Los músculos de mi abdomen se contrajeron con violencia cuando pasó el hielo sobre mi pezón; sentí un escozor agudo, como si agujas de escarcha me perforaran, mientras su lengua seguía las gotas frías de agua que corrían por las curvas de mi cuerpo, limpiándolas con un calor abrasador.Temblaba, no de frío, sino de aquella tortura sensorial que me infligía. Escalofrios subían desde los pies hasta la cabeza mientras bajaba el hielo hacia el b
Punto de vista de HannahEl miedo se filtró hasta lo más profundo de mí como un frío helado. Estaba completamente indefensa, ahogada en la oscuridad de la venda que me robaba la vista, mientras mis manos, esposadas con rudeza al cabecero de la cama, me convertían en rehén de lo desconocido.Un silencio aterrador flotaba en la habitación, roto solo por la voz del mismo hombre hablando en un tono sumiso:—Hola, señor… ella está lista.Oí el sonido de unos pasos que se alejaban y abandonaban la habitación. De pronto, un aroma potente y penetrante invadió mis fosas nasales, una colonia masculina abrumadora que se acercaba cada vez más hasta que sentí su aliento rodeándome.Sin previo aviso, su mano se posó sobre mi pecho. No apretó ni aplastó; simplemente dejó la palma allí, pesada y cálida sobre la tela de cuero, mientras yo permanecía en absoluto silencio, con la respiración acelerándose contra mi voluntad.Retiró la mano lentamente. Entonces sentí la punta de su dedo deslizarse con una
Punto de vista de HannahEl sofocante aroma de los lirios blancos inundaba el salón de bodas, una fragancia que me recordaba más a un cementerio que a una celebración.Me encontraba allí, el cuerpo rígido dentro de un vestido blanco que me envolvía como un sudario, mientras las miradas de mi familia y parientes me atravesaban la espalda como agujas.A mi lado, el novio tosió débilmente, un hombre de sesenta y cinco años con la piel arrugada y el olor a tabaco rancio y medicinas.No me miraba como a una novia, sino como a un trozo de tierra que acababa de adquirir en una subasta pública.Veintitrés años frente a sesenta y cinco… una ecuación nauseabunda que solo hacía que la sonrisa fría de mi padre se ensanchara.Estaba orgulloso de haberse deshecho de mí para lavar la vergüenza de aquella noche que todavía perseguía mis pesadillas. Una sola noche con aquel desconocido que me arrebató todo y dejó una prueba creciendo día a día dentro de mi vientre.Las manos me temblaban al apretar el







