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Capítulo 6: El Peso de las Palabras

Author: Nahue
last update publish date: 2026-09-11 01:25:13

El tren dejó atrás la estación de Kioto con un suspiro de aire comprimido. En la plataforma, el aire no olía a la electricidad frenética de Shinjuku ni al asfalto mojado de las avenidas principales de Tokio. Olía a madera húmeda, a tierra vieja y a ese frío seco que se mete en los huesos sin pedir permiso.

Beatriz se ajustó el abrigo con dedos torpes. No por el frío, sino porque las manos le seguían temblando ligeramente. La conversación en el vagón le había dejado una sensación extraña en el pecho, una mezcla de vértigo y esa clase de curiosidad peligrosa que siempre la metía en problemas. Miró a Kenji. Él caminaba a su lado, con las manos metidas en los bolsillos del tapado y la mirada fija en el sedán negro que los esperaba a la salida de la terminal.

—Parece que el mundo se hubiera vuelto más lento aquí —murmuró ella, intentando romper el hielo mientras el chofer les abría la puerta.

—Es una ilusión —respondió Kenji, esperando a que ella entrara primero antes de acomodarse a su lado—. En Kioto las cosas no van más despacio; simplemente se esconden mejor. En Tokio los problemas te gritan a la cara en medio de la calle. Aquí te sonríen mientras te apuñalan por la espalda.

Beatriz dejó escapar una risita corta, casi sin querer, mientras se acomodaba contra el respaldo de cuero.

—Qué alentador, Kenji. Con razón tienes esa fama de optimista.

Por un segundo, la comisura de la boca de Kenji se curvó. Fue apenas un destello, una sombra de sonrisa que duró lo que tarda un parpadeo, pero hizo que las facciones duras de su rostro parezcan de repente menos inaccesibles. Beatriz sintió que el corazón le daba un vuelco tonto, el mismo calor absurdo que le había subido a las mejillas la noche anterior cuando dibujaba las líneas de su espalda en el cuaderno.

El coche avanzó por calles cada vez más estrechas, dejando atrás los edificios modernos para adentrarse en barrios donde las casas de madera oscura y los tejados curvados parecían sacados de otro siglo. Nadie habló durante el trayecto. El silencio entre ellos no era incómodo, pero estaba cargado de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.

Finalmente, el vehículo se detuvo frente a un portón de madera maciza, flanqueado por muros altos de piedra cubierta de musgo.

—Llegamos —dijo Kenji en voz baja, bajando del auto antes de que el chofer alcanzara a rodear la carrocería.

Al cruzar la entrada, el ruido del tráfico disappeared por completo. Frente a ellos se abría un jardín tradicional, un entramado de senderos de piedra, arbustos podados con una precisión quirúrgica y un estanque pequeño donde los peces de colores se movían perezosamente bajo la superficie helada. Al fondo, la casa principal se erguía con la elegancia sobria de las construcciones antiguas: paneles de papel de arroz, maderas oscuras pulidas por el tiempo y un porche amplio que miraba hacia la montaña.

Una mujer mayor, vestida con un kimono de seda gris y el cabello recogido en un moño impecable, aguardaba en el escalón de entrada. Hizo una reverencia tan profunda que su frente casi tocó sus rodillas.

—Bienvenido a casa, Ishida-sama —dijo en un japonés pausado, antes de dirigirle a Beatriz una mirada atenta pero respetuosa—. La habitación de la invitada está lista.

—Gracias, Haru —contestó Kenji con una deferencia que Beatriz no le había visto usar con nadie en Tokio—. Acompaña a la señorita Oliveira. Quiere cambiarse y descansar un momento antes de ir al taller.

Beatriz siguió a la mujer por un pasillo largo que olía a madera de cedro y a té verde. Las pisadas sobre el suelo de madera producían un crujido suave, un sonido que Haru pareció notar cuando se detuvo frente a una puerta corredera.

—El suelo de ruiseñor —explicó la anciana con una sonrisa amable, notando la curiosidad de la brasileña—. Se diseñó hace siglos para que nadie pudiera caminar en silencio por la casa. Los enemigos no podían sorprender a los señores mientras dormían.

—Un lugar donde hasta el piso avisa si viene alguien —comentó Beatriz, dejando su bolso sobre el tatami de la habitación—. Me queda claro que a la familia de Kenji no le gustaban las sorpresas.

—A nadie en esta casa le han gustado nunca, señorita —respondió Haru con suavidad antes de deslizar la puerta para cerrarla.

Beatriz se quedó sola en la estancia. La habitación era minimalista: un futón en el centro, una mesa baja con un juego de té y un ventanal grande que daba a un patio interior con un bambú que se balanceaba suavemente con el viento. Se dejó caer sobre el tatami, sacando el cuaderno de su bolso. Pasó los dedos sobre la hoja donde había dibujado a Kenji sin camisa. La tinta de grafito se había corrido un poco en la esquina superior, manchándole la yema del pulgar de gris.

Sintió un impulso absurdo de romper la hoja, de borrar la evidencia de que se había pasado la mitad de la noche pensando en la anatomía de su jefe. Pero no lo hizo. Cerró el libro con fuerza y se puso de pie. Había viajado al otro lado del mundo para trabajar, no para quedarse enredada en la mirada de un hombre que llevaba la violencia pegada a la piel como una segunda marca.

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