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Capítulo 7: Hilos de Memoria

Penulis: Nahue
last update Tanggal publikasi: 2026-09-11 01:56:32

Tras lavarse la cara y cambiarse la camisa de lino por un suéter tejido más abrigado, Beatriz salió al pasillo. Siguió el sonido leve del agua hasta encontrar la galería principal, donde Kenji estaba de pie, mirando hacia el jardín con una taza de té humeante entre las manos. Se había quitado el abrigo de lana y la chaqueta del traje; ahora vestía solo la camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto los antebrazos fuertes y la parte superior del tatuaje que le subía por la muñeca.

Beatriz se detuvo un segundo antes de pisar la madera que crujía. Observó la línea recta de sus hombros, la forma en que el cuello de la camisa se ajustaba a su nuca y la postura relajada pero alerta que parecía ser su estado natural.

—El suelo avisa antes de que llegues —dijo él sin darse la vuelta, dando un sorbo a su taza.

—Era la idea —respondió ella, acercándose hasta quedar a su lado en el borde del porche. El aire frío de la tarde le dio de lleno en la cara—. Tu casa parece un templo, Kenji. Cuesta creer que desde aquí se manejaran cosas como las que me contaste en el tren.

Kenji miró el estanque. El reflejo del cielo gris se quebraba con cada movimiento de los peces.

—Los templos y los cuarteles generales se parecen más de lo que crees. Ambos se construyen para aislarse del mundo exterior. Mi padre usaba esta casa para descansar cuando las guerras en Tokio se ponían difíciles. Para él, este lugar era sagrado. Para mí... es solo el recordatorio de todo lo que tengo que arreglar.

—¿Y los talleres de seda? —preguntó ella, apoyando el hombro contra una de las columnas de madera—. Me dijiste que empezaríamos ahí.

—Están al fondo de la propiedad —contestó Kenji, girándose para mirarla de frente. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Beatriz con una lentitud que hizo que a ella se le erizara la piel—. Los viejos artesanos de mi familia llevan generaciones trabajando la tela aquí. Ellos no usan máquinas modernas. Cada hilo se tiñe a mano y se teje con telares de madera que tienen más de cien años. Si quieres entender la base de la colección, tienes que ver cómo trabajan.

—Quiero verlo —dijo Beatriz sin dudarlo.

Kenji dejó la taza sobre una mesita de piedra junto a la puerta y le tendió la mano para ayudarla a bajar el escalón de madera que conducía al sendero del jardín.

—Entonces vamos —murmuró él.

Cuando sus dedos se tocaron, la piel de Kenji estaba sorprendidamente caliente a pesar del frío de la tarde. El contacto duró solo un par de segundos, lo necesario para que Beatriz bajara al camino de grava, pero el calor de la mano de él se le quedó grabado en la muñeca mucho después de que Kenji hubiera vuelto a meter las manos en los bolsillos.

Caminaron en silencio por el sendero que serpenteaba hacia la parte trasera de la finca, donde el olor a madera húmeda comenzó a mezclarse con el aroma intenso de los tintes naturales y el vapor de agua. La puerta del taller de telares estaba entreabierta, dejando ver el destello dorado del sol poniente filtrándose entre los hilos colgados a secar. Beatriz apretó el cuaderno contra su costado, sabiendo que la verdadera prueba para sus bocetos —y para su autocontrol— apenas estaba empezando.

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