INICIAR SESIÓNEstaba en el pavimento, quieto, sentía como la sangre le escurría por cara y como le palpitaba el corazón con fuerza, ¿Cómo había llegado ahí? ¿por qué estaba tan cansado? Trató de buscar la herida en su cabeza, pero no fue capaz de mover la mano. Me caí de la cama de nuevo Pensó. Intentó abrir los ojos y no pudo, era como si un sedante le impidiera hacerse dueño de su propio cuerpo. Comenzó a desesperarse, no podía moverse, no podía gritar, solo podía escuchar sus propios gemidos desesperados y desgarradores, luego, de la nada, sus ojos se abrieron, la luz lo cegó por un momento, y no le permitió reconocer las figuras que aglomeraban a su alrededor. Miró hacia abajo y vio el cemento manchado por gotas de sangre, su sangre.
—No —dijo en voz alta, aterrado, y se volvió a las personas que lo rodeaban —ayuda—les dijo, pero su voz sonó apenas como un susurro —¿Por qué no me ayudan? —las personas lo miraban con una expresión aterradora en sus caras, como carentes de cualquier sentimiento.
Otra enfermera entró a la una en punto de la mañana, despertó con un sobresalto y casi le golpea la cara con el puño, pero por suerte para él había logrado detenerse. La enfermera era la pequeña y gordita que arrastraba a la niña ciega en la camilla, traía un sonrisa brillante y el cabello despeinado.
—¿Cómo estás? — le preguntó, y Gabriel se incorporó un poco en la cama.
—Tenía pesadillas —le dijo y se sorprendió por lo ronca que estaba su voz. Temblaba y tenía calor, estaba sudando.
La enfermera le tendió una pastilla y un pequeño baso desechable con agua, era la hora del antibiótico. Se incorporó y un tremendo dolor de cabeza le pincho como un hierro ardiente, la anestesia ya había pasado y la herida le causaba una tremenda agonía. la enfermera se retiró des pues de un momento, no sin antes dedicarle una bonita sonrisa que Gabriel devolvió con alegría.
Trató en vano de volver a dormir, le dolía la cabeza, por dentro y por fuera, y tenía mucha hambre, ¿Por qué tenía tanta hambre? bajó de la cama lo más despacio que pudo y se puso sus chanchas de goma, que hacían un ruido crujiente al caminar, y salió de la habitación. cruzó el pasillo lleno de más habitaciones de hospitalización y llegó a la sala de espera. había un hombre sentado en una de las incomodas sillas, parecía dormido. Gabriel caminó hasta pasar junto a él para buscar algo de comer, pero se detuvo al ver el cabello chocolate del enfermero, y no aguantó la tentación de darle una pequeña ojeada, se acercó hasta el hombre y lo escrutó: estaba con el ceño fruncido y la boca entre abierta, tenía toda la cabeza ladeada hacia un lado y los brazos cruzados sobre el pecho, en un vano intento de conservar el calor. Gabriel se acercó un poco más, el enfermero era guapo, muy guapo: tenía unas cejas anchas y unos labios carnosos, una barba un poco descuidada del mismo color de su cabello, y por el cuello en v que tenía la camisa del uniforme, Gabriel pudo ver un poco de vello en el pecho, eso le encantaba. Se aguantó las ganas de m****r la mano y meterla bajo su camisa.
Se apartó con cuidado, tratando de que sus chanclas no hicieran tanto ruido y caminó hasta la salida, pero estaba cerrada. De igual forma no iba a encontrar nada abierto, y tampoco tenía dinero. Avanzó un poco más por el pasillo, en urgencias debería de haber alguien despierto. A medio camino se topó con el espejo en el que se había visto hacía unas horas, y se reconfortó al ver que tenía un mejor aspecto. Aún estaba muy pálido, más de lo normal, y no pudo evitar compararse con un vampiro, tenía ojeras y le comenzaba a crecer la barba. Se acarició la piel áspera, y pensó que tal vez se la dejara crecer un poco. Dio un paso atrás y se vio de cuerpo entero. Los pantalones cortos de dormir le dejaban ver gran parte de las torneadas piernas, cubiertas por un sutil vello oscuro, tantas sentadillas que su entrenador le obligaba a hacer le dieron unos buenos cuádriceps, y buena cola, también. Tomó su camisa y la levantó, dejando ver todo su abdomen, sus abdominales estaban tal cual como los recordaba, y sus brazos seguían teniendo un buen volumen. Apenas habían pasado unos cuantos días, y ya temía que su nueva vida comenzara a borrar los rastros de la antigua en su cuerpo. Se observó por completo en el espejo, cada reflejo que le devolvía, cada fibra de musculo y cada pequeña cicatriz le recordaban dos años enteros lanzados a la b****a, ¿Cómo se había dejado involucrar por tanto tiempo? Se miró los nudillos. En las peleas se aseguraba que su cara se fuera lo más intacta posible, así sería más fácil ocultarles el secreto a sus padres, pero sus nudillos. Ni todas las vendas del mundo habían logrado protegerle las manos, y todas las cicatrices que se marcaban en los redondos huesos cubiertos de piel le recordaban cada maldita pelea. Se miró la cara, el moretón en el ojo ya estaba prácticamente borrado, y pronto en la ceja le quedaría otra cicatriz. Repasó su vida, y en la que vendría de ahí en adelante, y pensó que Axel tenía razón, no podía cambiar quien era, ni lo que había hecho, solo tenía que encontrar el significado de su antigua vida y lo que ésta le enseñó para el futuro, en el hombre que lo convertiría esa historia, en las cosas que podría hacer si lograba encontrar la fortaleza suficiente para superarlo todo, luego, en sus recuerdos, vio el rostro de Diego, y el hueco en su pecho se abrió de nuevo. Si, tomaría tiempo para encontrar esa fortaleza.
— Los golpes en la cabeza no quitan lo músculos —Gabriel se giró antes de que el desconocido terminara la frase con los puños en alto, y samuel levantó los brazos, a modo de rendición —lo siento, no quería asustarte.
—Pensé que estabas dormido —fue lo único que dijo, el susto le había hecho palpitar la herida del dolor.
—Lo estaba, pero tus zapatos hacen mucho ruido —señaló los pies de Gabriel, donde unos cocodrilos verdes con la boca abierta le devolvían la mirada con unos enormes y desorbitados ojos saltones.
—Fue un regalo de cumpleaños —se excusó, pero luego se arrepintió —me gustan —añadió retador y el enfermero frunció el ceño.
—Deberías estar durmiendo —le dijo y Gabriel miró la puerta de urgencias.
—Tenía hambre, y pensé que alguien me podría conseguir algo —el enfermero rio, con una carcajada cómica y pegajosa que casi se le pega a Gabriel, y se detuvo apenas con una mano en el estomago —¿qué es tan gracioso? —preguntó intentando ocultar sus ganas de reírse, la risa de Samuel era contagiosa.
—Es que, hoy en urgencias está Laura, y si buscas comida allá no encontrarás más que las envolturas bacías —terminó de reír un poco y se irguió por completo, caminó hasta Gabriel con paso decidido y de uno de los bolsillos de su bata sacó un paquete verde que le extendió a Gabriel. El meno logró identificar qué era y negó con la cabeza.
—No, gracias, son tuyas, estoy bien —pero un fuerte sonido proveniente de su estomago resonó por todo el corredor. Gabriel sintió que se le subía calor a la cara, y se imaginó que se había puesto muy rojo, ya que el enfermero contuvo la risa y le insistió con la mano para que tomara lo que le ofrecía. Con una mano trémula tomó el paquete y en el proceso rozó los dedos del hombre, que estaban fríos, todo lo contrario a la última vez que lo había tocado. Abrió el paquete de galletas Milo bajo la atenta mirada del enfermero y se lanzó una entera a la boca, y cerró los ojos al sentir el placer del chocolate y el relleno cremoso y azucarado que esta tenía. Abrió los ojos y notó que el enfermero lo miraba de una forma extraña, así que le tendió el paquete y el hombre tomó con delicadeza una de ellas y meticulosamente, procedió a separarla por la mitad y lamió la crema oscura que la rellenaba. Gabriel se quedó mirando como la lengua, húmeda y rosada, salía de su boca y se posaba sobre la crema con una lentitud bien meditada, y le pareció tan ridículamente sexi que se vio obligado a apartar la mirada. Se quedaron un rato en silencio, el enfermero se recostó en la pared, y Gabriel en la otra, frente a él. El hombre miraba al techo, meditando en quien sabe qué mientras Gabriel terminaba todo el paquete, cuando lo hizo, se dio cuenta de que aún tenía hambre.
—¿Hace cuanto estas aquí? —preguntó y Samuel bajó la cabeza, mirándolo.
—Unos tres años —Gabriel se rio y el enfermero lo miró como si se le hubiera aflojado una tuerca —¿qué? —le preguntó.
—Me refería a hoy —le dijo Gabriel y el hombre profirió un sonido raro con la boca —te vez muy cansado.
—Estoy muy cansado —dijo —el día estuvo pesado, luego el parto y lo que pasó contigo —luego lo miró con severidad —cuando salí ya no estabas —le apuntó con el dedo y le habló a modo de regaño —saliste corriendo sin saber qué tan grave era tu herida, eso fue muy irresponsable —Gabriel, que en otras circunstancias se habría puesto a la defensiva se dejó regañar, apartando la mirada de los ojos verdes del enfermeros —pudiste haber tenido un trauma craneoencefálico o una contusión... —se detuvo al ver el gesto resignado y afligido del muchacho —¿no dirás nada? —Gabriel lo miró, tenía tristeza en los ojos y el enfermero se enmudeció al verlo. Se sentía cansado y triste, esa sensación de que todo estaría bien que sintió cuando se miró al espejo había desaparecido, y el miedo y la impotencia llegaron de nuevo. Miró al enfermero, ese hombre del que dependía todo su futuro, literalmente, y se sintió perdido.
—Me han regañado mucho estas semanas, a nadie le ha importado escuchar lo que tengo que decir, ya ni siquiera lo voy a intentar, a nadie le importa mi opinión —subió un poco el tono de voz —solo me señalan, me dicen qué hice mal y lo que debo hace ahora, sé que cometí un error, no tienen que recordármelo todo el tiempo, yo solo quiero que… creo que merezco ser…— las lágrima le nublaron la visión, pero logró ver como el enfermero daba un par de pasos hacia él —lo siento —le dijo, levantando una mano en el aire para que el enfermero no se acercara, pero se le rompió la voz.
—Lo siento —el enfermero estaba cerca, y dio un paso más. Los dedos de la mano que Gabriel aún tenía estirada rozaron el pecho del hombre —Mirame —le dijo, pero él escondió aún más el rostro —Gabriel —la mención de su nombre en la voz del enfermero le produjo un escalofrío que le recorrió la espalda, entonces lo miró a través del velo acuoso de las lágrimas y notó que Samuel estaba muy cerca. Toda la palma de su mano se había apoyado en el pecho del hombre —yo…—comenzó a decir el enfermero, pero la puerta de urgencias se abrió.
—Samuel —gritó una voz femenina que asomaba la cabeza, era la enfermera que le había llevado la pastilla a Gabriel, y dudó un momento al verlos, como si hubiera interrumpido algo íntimo.
—¿Qué? —le preguntó el enfermero, sin moverse un centímetro y con la mano de Gabriel aún en su pecho —la mujer dudó de nuevo, pero el deber la obligó a no salir corriendo.
—Llegó un señor con un mucho dolor abdominal —soltó y se escondió tras la puerta de inmediato. Samuel le dedicó una última mirada a Gabriel antes de desaparecer por la puerta de urgencias.
Gabriel se quedó un rato ahí, luego caminó hacia la habitación. Solo el sonido de sus chanclas rompía el silencio absoluto.
—Eso fue raro —se dijo en voz alta mientras se metía en las sábanas, y se durmió con una sonrisa en los labios.
El resto de la noche le había sentado bien, no había tenido pesadillas y había trascurrido en un letargo oscuro y calmado. Cuando despertó estaba volteado mirando hacia la pared, y aparte del hambre que sintió de inmediato, tenía un punzante dolor de cabeza. Buscó su celular bajo la almohada para ver la hora, de seguro llegaría tarde al colegio y no le parecía una buena idea, pero el celular no aparecía por ningún lado.
—Se había caído al suelo —le dijo una voz, y le hizo dar un salto tan fuerte que cayó sentado en la cama mirando hacia la puerta. Maoy estaba parado ahí, quieto, recostado en el marco de la puerta y una expresión sin ningún sentimiento. Gabriel respiró con dificultad.
—Me… matas del susto —el hombre caminó hasta la pequeña cama y se sentó en la banca frente a esta, muy cerca de la camilla, con los pies abiertos y las manos cruzadas en el respaldo. Se quedó ahí mirando a Gabriel por un buen momento, hasta que el menor le apartó la mirada, incomodo, y se recostó de nuevo en la cama.
—Vi que hiciste ayer —le dijo, con su voz profunda y misteriosa.
—¿Viste? —preguntó Gabriel y casi no reconoció su propia voz, Maoy sonrió, tendiéndole su teléfono. Gabriel lo tomó con tentado cuidado, como si el contacto con el hombre le fuera a producir un choque eléctrico. En el proceso lo miró, sus ojos oscuros y la barba bien cuidada le producía una sensación de misterio absoluto. También deseó saber qué se sentiría besar sus labios y la acción debió de haber sido tan obvia que el hombre se lamió los labios en una muy, pero muy sutil provocación —¿por qué dices que lo viste? —le preguntó apartándole la mirada y fingiendo ver la ora en su celular.
—Hay cámaras de seguridad por todo el pueblo —dijo Maoy como única respuesta y se quedó mirándolo detenidamente.
—¿Qué me vez? —aunque se sentía intimidado, el carácter de Gabriel siempre tenía que triunfar. Maoy sonrió.
—Solo veía que eres un muchacho muy atractivo —acompañó sus palabras con un movimiento de mano que terminó sobre el antebrazo de Gabriel que reposaba en la cama, y él no tubo la fuerza ni las ganas de apartarla. El hombre lo miró a los ojos, y se acercó un poco, y luego un poco más, y Gabriel presintió la inminente llegada de un beso, pero se quedó ahí, paralizado, incapaz de reaccionar, solo entrecerró los ojos, pero el beso nunca llegó. Maoy se quedó a medio camino y cuando le habló, su aliento le llegó muy cerca.
—Te veo luego, niñito —y se apartó tan repentinamente que Gabriel sintió como el calor de su cuerpo se alejaba, y cuando salió de la habitación exhaló el aliento que tenía atrapado en las entrañas. Pensó en el enfermero, que también se había comportado de manera muy cercana la noche anterior.
—Estos hombres me van a matar —dijo mientras levantaba las cobijas y observaba la erección que salía de sus pantalones.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







