FAZER LOGINAmbos hombres caminaron en silencio calle arriba, uno al lado del otro, solo se escuchaban sus respiraciones y el vapor que escapaba de su nariz anunciaba el frio que se avecinaba. Axel miró de reojo al enfermero, y lo analizó detallada mente: La barba bien arreglada, la mandíbula cuadrada y el cuerpo atlético, era un poco más bajo que él, pero innegablemente era un hombre demasiado atractivo, por eso entendía por qué Melissa estaba con él, su aire ausente y pensativo lo hacía lucir bastante misterioso y sexy, en cambio él, hablaba mucho, era expresivo y sentimental, muy sentimental. Supuso que eso no era muy atractivo. Samuel notó la fría mirada de Axel sobre su ser, y respiró profundo.
—¿Por qué me odias? —le preguntó de nuevo, y el hombre le apartó la mirada, azorado.
—No digas estupideces —Le respondió y caminó más rápido para dejarlo atrás, pero el enfermero lo tomó por el hombro y lo frenó con delicadeza.
—Suéltalo, Axel — El aludido lo miró a la cara, el enfermero aún tenía la mano en su hombro, y al ver la expresión del rubio volcó los ojos —¿Qué diablos te pasa conmigo? ¿qué te hice?
—¿Que qué me hiciste? —le apartó la mano de un golpe y se cruzó de brazos —¿Qué te parece que casi me dejas sin puesto? —En enfermero se pasó las manos por el cabello, con la gorra en la mano.
—No seas inmaduro, Axel —le dijo, mientras lo señalaba con el dedo —has estado años seguidos en el mismo puesto, cuando se abrió la renovación de contrato apliqué al empleo, sí, ¡Eso se llama competencia y es completamente normal! —Axel des colgó las manos a los lados del cuerpo, y apretó los puños.
—He trabajado ahí por años, y tú me lo querías quitar con apenas unos meses trabajando aquí —habló con suavidad, pero su cara estaba roja. El enfermero acortó un poco la distancia entre ellos.
—Sí, pero ya no seas dramático, tú tienes la tienda, sé que te ofrecieron trabajo en el colegio como profesor de educación física y también como corregidor. Tu tenías más opciones, en cambio yo no tenía nada —le apuntó con el dedo y se fue acercando hasta que lo picó en el pecho, y Axel sintió como se le subía el calor a la cara. El tono con que el enfermero le hablaba le estaba poniendo tenso el cuerpo, toda la rabia que había acumulado hacia él comenzó a agolparse detrás de sus ojos —No me creas idiota —continuó —A ti te pasa algo más —lo empujó y Axel le devolvió el empujón, con rabia. El enfermero se desestabilizó y por poco cae al suelo, y al incorporarse sonrió —Pero no me lo dirás porque eres un cobarde —Axel se irguió, furioso, y se acercó al hombre que lo vio venir como una avalancha, lo tomó por el cuello de la camisa y lo levantó azotándolo contra la pared.
—¡Qué quieres de mí? —le gritó, y Samuel pudo sentir olor a menta en su aliento. Trató de removerse, pero el hombre era tremendamente fuerte, así que le gritó devuelta.
—¡Dímelo!
—¡Dejame en paz! — lo estrujó más.
—¡Por qué me odias tanto?
—¡Porque estás con ella y yo no! —Le gritó el rubio, y ante tal afirmación, soltó al enfermero, asustado y con rabia, dio un par de pasos atrás y lo miró con asombro, como si no creyera que su propio cuerpo lo hubiera traicionado. Samuel sonrió, apoyó las manos en las rodillas tratando de recuperar el aliento.
—Siempre hablan enojados —dijo, y Axel lo miró con asco, dio media vuelta y comenzó a caminar calle abajo, pero el enfermero no había dejado la conversación zanjada, así que alzó la voz para que el otro lo escuchara —Ella y yo no estamos juntos —Axel frenó en seco, se volvió y Samuel vio que tenía los ojos lleno de lágrimas.
—Gabriel te contó —fue lo único que dijo, tenía una actitud derrotada y cansada, y Samuel pensó que no era el mimo hombre que lo había arrollado hacia un momento, se veía tan pequeño y frágil que no pudo evitar sentir empatía. Desde que había llegado al pueblo la doctora y él se habían hecho buenos amigos, ambos compartían una historia triste y trágica que ayudó a que se sintieran cómodos el uno con el otro, y jamás pensó que tal cercanía podía llegar a ser mal interpretada de esa manera.
—Gabriel no me contó, es bastante evidente —mintió defendiendo al muchacho y luego se levantó, avanzando unos pasos hacia Axel que permanecía inmóvil —Si ese es tu problema conmigo, no tienes de qué preocuparte, tienes vía libre cuando quieras.
—¿Y debería darte las gracias? —Axel respondió de mala gana, pero se notaba cansancio en su voz.
—Pues sí —le dijo Samuel y lo recalcó con la mano —te has comportado conmigo como un idiota desde siempre, en manos de otro me hubiera quedado cayado y que sufrieras por canalla.
—¿Crees que sufro por eso? —le peguntó, más bien por restarle importancia, pero el enfermero apoyó las manos en la cadera, enfatizando lo obvio —Sabes qué, olvidalo —dio media vuelta y le alejó del enfermero.
—¡Ey¡ —le gritó Samuel —Aún no llegamos a mi casa —como única respuesta, Axel le mostró el dedo medio por encima del hombro.
Samuel tardó un par de minutos más en llegar a su casa, cuando encendió la luz del pequeño comedor se sentó en la mesa y miró al pueblo brillar a través de la pequeña ventana. Se quedó un rato ahí haciendo cuentas, con su cuadernillo y el lápiz desgastado. Si todo salía como tenía pensado, no le alcanzaría el dinero para cubrir la cuota del mes siguiente, y ya no podía atrasarse más, o no sería capaz de pagar nunca su deuda, y se quedaría ahí por siempre. Miró las paredes, donde la humedad comenzaba a desprender la pintura. Las tres pequeñas ollas, dos platos, la mesa con la silla coja y la estufa de gas eran lo único que decoraba la deprimente cocina.
—Tal vez me alcance si vendo el televisor y hago cortar el internet —dijo en voz alta, regresó a al cuaderno y después levantó la vista con el ceño fruncido, ni siquiera así le alcanzaba. Miró hacia el ordenado rincón donde el suelo manchado de pintura era lo único que delataba las interminables horas de trabajo. Bajo la mesa donde estaban todas las pinturas ordenadas cromáticamente, reposaban las decenas de cuadros en los que había perdido miles de horas de trabajo con clientes insatisfechos. Regresó la vista al cuaderno, si solo lograra vender una, solo una, sería suficiente para pasar el mes. Sacó su celular y se dirigió a la aplicación donde promocionaba sus pinturas, pero un mensaje peculiar en la barra de notificaciones llamó su atención. El nombre de Gabriel con un corazón rojo.
—Niño tonto —sonrió de manera inconsciente y cuando entró al chat, la sonrisa se le borró de la cara.
—Hola, Sam —decía —Gracias por devolverme el celular, pero para la próxima no olvides borrar el historia de transferencias —el mensaje finalizaba con una cara riendo con lágrimas. Si Samuel hubiera logrado ver la cara de horror que puso en aquel momento, se reiría de ella el resto de su vida, pero se limitó a apagar el móvil y susurrar un:
—Mierda.
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El fin de semana había trascurrido con normalidad, el sábado y el domingo habían sido ajetreados en la tienda, las personas de la zona rural sacaban sus productos el sábado y el domingo, y con el dinero hacían el mercado en las tiendas de abastecimiento como la de su tía, por ello, hasta entrado el medio día cuando las escaleras partían con la barahúnda de personas de nuevo hacia sus fincas, Gabriel se había mantenido bastante ocupado, trayendo desde las inmensas repisas las libras de arroz, los atados de panela y en la pesa calculado los kilos de papa, y cuando terminó la jornada después de la mañana del domingo, se recostó en una de las estanterías y sacó su celular.
En la calle hacía un calor infernal, el sol golpeaba el pavimento agrietado y el vaho caliente entraba por las puertas de la tienda haciendo sudar todo el cuerpo de Gabriel, que se sentía pegajoso y sucio. Se secó la frente con el dorso de la mano, y se alegró al recordar que la venda que cubría su cabeza había desaparecido, y la herida estaba en excelente estado. Siempre había tenido buena cicatrización.
Sacó su celular, y como había hecho todo el fin de semana, lo primero que hizo fue entrar al chat del enfermero y comprobar que los dos tikcs azules permanecían exactamente iguales a la última vez, ¿Por qué lo había dejado en visto? Lo mínimo que podía hacer el hombre era pedirle disculpas, claro que sí, él había tomado su celular y se había robado tres de sus fotos, como un pervertido. Al principio le pareció gracioso, como una especie de alago retorcido, pero cuando el enfermero lo dejó en visto descaradamente, se sintió mal, como si todo el rato que habían pasado en el parque se hubiera borrado, y el hombre curioso y detallista que había conocido se hubiera convertido de nuevo en el frio y vengativo enfermero. Se había tenido que contener miles de veces antes entrar al chat e insultar al hombre, pero siempre se arrepentía a último minuto. Cuando le contó todo a Camila, la muchacha se había reído un montón antes de decirle que el enfermero no era un acosador, que eso era algo que ella haría y que ella no era una acosadora. Tal afirmación Gabriel la puso en duda, pero lo que le quitó media rabia de encima, fue el comentario conque la chica finalizó la conversación.
—Tal vez no te conteste porque se siente avergonzado —le había dicho —dale un par de días —pero ya habían pasado un par de días y Samuel no había hecho el menor movimiento, y Gabriel no se había aparecido por el hospital ya que no trabajaba en fin de semana. Observó que en la parte superior del chat decía: En línea y decidió que ya le había dado suficiente tiempo.
—Ya sé —envió, y el mensaje se marcó como visto apenas un par de segundo después. En el marcador indicaba que Samuel estaba escribiendo, luego se detenía y segundos después reanudaba el trabajo. después de un rato, llegó un simple:
—¿Qué? —Gabriel sonrió, y se cuando envió el mensaje, contuvo el aliento.
—Que ya sé como me vas a pagar el haber robado mis fotos —el mensaje se marcó como visto, y se quedó así por un por un minuto y Gabriel ya estaba a punto de mandarlo al carajo cuando su celular comenzó a sonar, y casi lo dejó caer al suelo en el instante que vio el nombre del enfermero en la pantalla.
—Aló —contestó, y al otro lado logró escuchar como Samuel suspiraba.
—Aló. Mira, Gabriel , lo siento —Se notaba a kilómetros lo nervioso que estaba el hombre, o lo apenado y Gabriel sintió por un segundo que se derrumbaban los planes pervertidos que había formulado en la mente, por alguna extraña razón sintió empatía y lastima, y se tubo que tragar las ganas de decirle que no pasaba nada, que no lo volviera a hacer preguntarle por su día, pero lo dicho, se las tragó.
—No quiero tus disculpas, quiero que pagues —trató de evitar que le temblara la voz, y no supo si lo había conseguido. Le sudaban las manos y le temblaba la que sostenía el celular contra el oído.
—¿De qué estas hablando? —el hombre parecía más asustado que él, como si Gabriel le fuera a pedir dinero o algo peor —¿pagar con qué? —Gabriel respiró profundo.
—Con fotos —casi pudo escuchar como la respiración del enfermero se detuvo, y continuó antes de que el hombre le cortara la llamada —Tu tienes tres fotos mías sin mi permiso, así que yo debería tener también tres tuyas.
—Nunca —le dijo, pero Gabriel sintió como vacilaba en el tono —yo ya borré tus fotos, además, si quieres fotos mías, en las redes sociales tengo como cinco.
—No me comprendes —Gabriel se limpió la mano sudada en el pantalón lleno de tierra de papas, y se giró para que su tía e Irán, que estaban al otro lado del mostrador haciendo unas cuentas, no lo escucharan —mis fotos eran con muy poca ropa, me parece justo que me mandes tú de la misma manera.
—No —esta vez sí había contundencia en la voz del hombre, pero Gabriel no dejaría pasar la oportunidad.
—Yo no te mandé a que me robaras mis fotos, y justo esas fotos, me parece justo, así que las estoy esperando.
—Niñito pendejo —susurró al otro lado el hombre.
—Oí eso.
—Mira, yo no mantengo fotos de mi desnudo en mi celular.
—Yo no quiero fotos de ti desnudo —le dijo Gabriel y cambió el tono a uno más calmado y suabe —quiero unas similares a las mías.
—¿Por qué haces esto, Gabriel? —La voz del hombre se sentía cansada.
—¿Qué te impulsó a enviarte mis fotos? —des pues de la pregunta, se hizo un silencio al otro lado de la línea y Gabriel asintió con la cabeza —Pues es por esa misma razón. Entonces, mándamelas esta noche.
—No lo sé, lo voy a pensar —la llamada se cortó sin que Gabriel pudiera decir algo más, pero dio la batalla por ganada. Guardó el celular en el bolsillo y sonrió con nerviosismo.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







