INICIAR SESIÓNSamuel desapareció dentro del kiosco, y Gabriel relajó el cuerpo, estiró las piernas y descruzó los brazos. No sabía exactamente por qué le había contado todo al enfermero, aunque quería desahogarse no supo por qué exactamente con él, tal vez era por el aura pacífica que el hombre desprendía, o porque era atractivo y Gabriel era un idiota morboso. Sin importar el motivo que fuera, lo había hecho, y el pequeño desahogo le ayudó a comprender que, aunque sí había cometido un error, no era un monstruo como él mismo pensaba, o al menos no uno con la intención de serlo. De todas formas, cada vez que contaba su experiencia se le hacía más fácil. Cuando se lo contó a Irán y Camila solo se limitó a hacer un pequeño resumen de la situación, pero con Samuel había dejado que afloraran todos los sentimientos. Supuso que sería por el respeto silencioso del hombre, por la atención sin interrupciones y la mano cálida sobre las suyas. Se quedó mirando donde la piel del hombre había hecho contacto, recordó el calor, y eso lo alejó del recuerdo del frio que se le metió en los huesos en la madrugada allá en Medellín, y miró su mano hasta que él regresó, sosteniendo dos bolsas con los helados cremosos. Gabriel recibió la bolsa y la abrió al tiempo que Samuel se sentaba junto a él, sacó el helado cremoso cubierto de chocolate y torció la cabeza al ver que la perfecta imagen que debería tener se había deformado en un ángulo extraño. El enfermero mordía el suyo mirando el atardecer, y varios trozos de chocolate se quedaron prendidos en la barba que comenzaba a crecer. Gabriel se aguantó las ganas de levantar la mano y tomar los trozos de chocolate, pero el hombre sacó la lengua y los atrapó con distinguida habilidad, y Gabriel se preguntó si tendría esa destreza para todo. Comieron en silencio un rato, y cuando el enfermero dio por terminado el helado, Gabriel apenas llevaba la mitad.
—Me alaga que me contaras todo esto, supongo que no a cualquiera se lo cuentas —le dijo volviéndose hacia a él —pero ¿Qué tiene que ver todo eso con lo que pasó con Maoy hoy? —la noche estaba ya en su nacimiento, y las luces automáticas del parque llenaban todo el ambiente de rallos amarillentos y opacos.
—Cuando Maoy trataba de besarme me asustó —Gabriel dejó de comer el helado y se quedó mirándolo — me sentía vulnerable y recordé cuando papá me descubrió, y luego sentí rabia. Me dejé llevar por ella y cuando me di cuenta…
—Te detuviste —Gabriel volteó a mirar al enfermero y asintió con la cabeza —lo que pasó en la arena esa noche no fue lo mismo que pasó hoy.
—Lo sé —Gabriel dejó de mirarlo y se quedó abstraído en un ladrillo del suelo —Pero me dejé llevar por la rabia, y eso me recordó ese día, me recordó a Diego, la cara llena de sangre de Maoy me recordó a Diego. Por eso cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo yo…—levantó la vista, hacia la única estrella que llenaba el firmamento —lo siento por eso.
—¿Qué? — Samuel parecía ofendido, y Gabriel lo miró —¿me pides perdón por explotar y desahogarte como un humano normal?
—Me refería a llorar en tu hombro —el enfermero se encogió de hombros.
—Es lo mismo. Come —añadió al final, señalando el helado que comenzaba a derramarse por la mano del muchacho, y éste, con todo la inocencia del mundo, lamió su muñeca en un gesto que a Samuel le pareció sugerente, y de inmediato sintió que le subía calor a la cara —alejó la mirada, y recostó los codos en las rodillas, alejándose de Gabriel que estaba recostado en la banca. Se quedó ahí inmóvil mientras Gabriel terminaba de comer, y pensó en él esa noche, asustado, con rabia y ansiedad, con ese vacío en el estómago que no te deja respirar y entonces él recordó su propio vacío —Te entiendo…—dijo al cabo de un rato — entiendo muy bien ese miedo y las cosas que somos capaces de hacer cuando lo sentimos —Gabriel dejó de lamer el helado, del que ya no quedaba más que un bocado, y se quedó mirando la espalda del hombre, con los hombros gachos y las manos sosteniendo la cabeza. Pensó en como alguien tan grande podía verse tan pequeño.
—¿A qué te refieres? —le dijo. Iva a poner una mano en el hombro del hombre, pero se detuvo a medio camino cuando este se irguió y recostó de nuevo la espalda en la banca, cruzándose de brazos. Gabriel pudo percibir algo turbio en su mirada y como se le ponían los ojos vidriosos.
—Tuviste mucha suerte, ¿sabes? —Gabriel guardó silencio —tus padres te aceptaron después de todo. Cuando papá se dio cuenta de que era gay…trató de matarme —el cono casi vacío resbaló de la mano de Gabriel ante tremenda confesión, se quedó petrificado, abrió mucho los ojos y casi se le olvidó como respirar. El enfermero volteó a mirarlo, y de una cara de dolor, pasó a una de asombro, y de esta a una graciosa que terminó en una carcajada que resonó por todo el parque. Gabriel volteó para todos lados, sin saber qué buscaba, pero el enfermero seguía riendo, así que sacó su puño y lo golpeó en el brazo.
—¡Oye! —se quejó el hombre y su risa bajo solo dos grados de intensidad.
—¿Acaso estás bromeando conmigo? —le dijo Gabriel poniéndose de píe, pero el enfermero lo tomó de la mano obligándolo a que se sentara de nuevo. Él obedeció, acomodándose junto Samuel, que le soltó la mano con delicadeza.
—No es una broma —le dijo, y la risa cambió una pequeña sonrisa casi imperceptible —eso sí pasó así, solo que no tan grave como suena, y siento haberme reído, pero es que tu cara…
—Ni se te ocurra volverte a reír —le amenazó Gabriel al ver que el hombre sonreía más ampliamente —¿Cómo no quieres que ponga esa cara si me sueltas eso? A demás, Me dijiste que Melissa era tu novia.
—Corrección —casi le interrumpió el enfermero —Tu dijiste eso y yo no lo negué. Ella y yo solo somos amigos —Gabriel asintió, y luego una gran verdad se reveló ante él.
—¿Entonces eres gay? —le preguntó con entusiasmo y Samuel asintió
—¿Muy gay?
—¿Acaso hay escalas de gays? —Gabriel sonrió ampliamente, y susurró casi para sí mismo, pero lo suficientemente alto para que el hombre escuchara.
—Entonces Axel sí tiene una oportunidad con Melissa.
—¡Qué? —casi guitó Samuel con una cara de asco —¿a qué te refieres?
—A que Axel está interesado en Melissa, pero piensa que tú y ella son novios —Samuel se quitó la gorra de nuevo y se pasó los dedos por el cabello.
—Es mejor que siga pensando eso, ella nunca le hará caso.
—¿Por qué? —Gabriel se giró hacia el hombre, genuinamente interesado.
—Porque ella se irá en unos cuantos meses, cuando termine su rural, y jamás volverá a este pueblo.
—Eso sí es un problema —el enfermero asintió, se le había quedado una sonrisa boba, pero Gabriel reconoció detrás de esos iris verdes que el dolor seguía ahí, palpable, que, aunque sonriera por fuera, por dentro estaba roto, él conocía muy bien qué se sentía.
—¿Hace cuanto pasó? —preguntó, y la sonrisa del hombre se borró. Se movió incómodo y Gabriel lo notó —tranquilo, no me cuentes, no si no estás listo —Samuel asintió, dándole las gracias con la mirada.
—Tal vez te lo cuente algún día —ambos se quedaron mirando a los ojos por un momento, y sonrieron, y luego apartaron la mirada —Por cierto, golpeas muy fuerte —Samuel se acarició el brazo y Gabriel lo tomó, masajeándolo.
—Lo siento, a veces no mido mi fuerza —disimuladamente se quedó masajeando el brazo de Samuel, sintiendo el gran bícep del hombre, y él solo se quedó ahí mirando las manos de Gabriel trabajar en él, aunque ya no le dolía, pero se quedó callado —¿te gusta leer? —le preguntó Gabriel después de un rato y el enfermero asintió con la cabeza.
No se dieron cuenta del tiempo que pasaba, de los libros pasaron a las películas, y Gabriel, para su horror, se enteró que Samuel era igual de friki que Irán hablando del U.C.M. y llegaron a la conclusión sin ninguna discusión que el más sexy de todos era Thor. El enfermero no quiso hablar mucho del tema, pero asintió con la cabeza dando la aprobación a cada uno de los tributos que tenía el hombre y Gabriel se sintió bastante dichoso. Después de toda una vida de espera, al fin tenía un amigo gay con el que podía hablar de hombres, aunque el hombre no fuera muy abierto al respecto. Charlaron y se rieron, y Gabriel comprobó que Samuel, aunque era serio y maduro, se reía de sus chistes y lo entendía bien, e inocentemente se dio cuenda que le gustaba hacerlo reír. Después de un chiste mal hecho sobre el miedo que Gabriel le tenía a los aviones que a Samuel le arrancó una carcajada, el menor se lo quedó mirando.
—¿De donde eres? —le preguntó y él se acarició el estómago.
—Nací en Manizales —recordar el pasado le dolía así que miró para otra parte, como si con no mirar a Gabriel a la cara pudiera esconder la incomodidad que le causaba, pero el menor lo notó, así que cambió de tema.
—¿Me vas a dar tu numero de celular? —Preguntó y el enfermero lo miró a los ojos.
—¿Para qué? —le dijo, con una sonrisa burlona en la cara y Gabriel se encogió de hombros.
—Pues no sé, para tenerlo…por si algo —samuel asintió con desconfianza, sacó su celular y se lo entregó desbloqueado. Gabriel lo miró sin saber muy bien qué hacer, y se quedó mirando la pintura de un paisaje que tenía el hombre de fondo de pantalla.
—Agrega tu número y luego te llamas, y así te quedas con el mío —le explicó el hombre y Gabriel se rio de sí mismo, tecleó en la pantalla del móvil y se guardó a sí mismo como Gabriel y un corazón rojo. Se llamó y cuando el teléfono comenzó a vibrar en su bolsillo le devolvió el aparato a Samuel y guardó el contacto del hombre como Sam y corazón verde.
—¿Te puedo decir Sam? —le dio y el hombre levantó la vista del aparato.
—No—negó con duda —Nadie me dice así.
—¿Cómo que nadie? —le espetó Gabriel —Pero si es el único apodo que tiene tu nombre —Samuel se encogió de hombros —¿ni siquiera Melissa? Dijiste que era tu amiga.
—Ella a veces me dice Samy —Gabriel negó siseando con la lengua.
—Sam es mucho mejor, es que Samuel es muy largo —el enfermero negó nuevamente.
—No me dirás así —estaban a punto de enfrascarse en una discusión cuando una voz les habló desde atrás.
—¿Qué pasa con ustedes? —cuando voltearon, vieron a un Axel rojo que caminaba hacia ellos, y se pusieron de pie de inmediato, como si estuvieran haciendo algo malo —Hace veinte minutos comenzó el toque de queda —el enfermero sacó su celular y y se rascó la cabeza —adentro —le indicó a Gabriel que se despidió de Samuel con un silencioso a dios y caminó por el parque hacia la tienda. Axel dio media vuelta y caminó tras su primo. Samuel miró alrededor, toda la gente había desaparecido y el pueblo dormitaba, en silencio.
—Axel —le dijo, y el rubio se detuvo sin voltearse —creo que tendrás que acompañarme a casa.
—¡Qué? —el hombre se volvió con brusquedad y le apuntó con el dedo —a ti te cogió la tarde, no a mí.
—Axel…—el aludido dio media vuelta y siguió su camino —bien, si mañana amanezco muerto en una alcantarilla espero que te haga daño el café de mi velorio —Axel frenó, y se volvió lentamente.
—¿Por qué creerías que iría a tu velorio?
—Tendrías que asegurarte que esté muerto, eso te encantaría —Axel meneó la cabeza.
—No digas estupideces —Samuel se metió el celular al bolsillo y recortó la distancia que los separaba.
—No quiero encontrarme con Ben y los gemelos, sabes que se le suben los humos a la cabeza y son capaces…tu tienes inmunidad, ya sabes —El rubio se metió las manos en los bolsillos, le quitó la mirada y comenzó a caminar en la dirección del enfermero y cuando pasó por su lado, chocó su hombro en el proceso.
El enfermero lo siguió, y una idea muy estúpida se formó en su cabeza.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







