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Capítulo 22

Autor: DiegoAlmary
last update Fecha de publicación: 2021-10-23 01:53:22

La puerta, discretamente dispuesta entre dos columnas, le pareció la entrada al infierno, y no supo cuánto tiempo se quedó contemplándola sin saber si avanzar un paso o salir corriendo y no mirar atrás, pero tenía que dejar el asunto zanjado de una vez por todas antes de que se convirtiera en una bola de nueve imparable.

—De ninguna manera —le dijo Axel, muy pegado a él y con la mano en el pecho, deteniéndole el paso —No te dejaré entrar ahí solo.

—Estaré bien —le dijo. Estaba extrañamente calmado al respecto, ansioso, pero saber qué quería el narcotraficante de él le hacía pensar que tenía la ventaja, o al menos, un poco —He tratado con hombre así, que creen que por que tienen poder hacen lo que les da la gana, o que una pistola entre los pantalones los hace los más valientes de mundo.

—No te confíes, no sabes como es Franco —Gabriel miró a su primo, el rubio tenía tanta preocupación en la mirada que el menor sintió un hueco en el pecho. ¿Cómo es que tan rápido le había tomado el cariño suficiente para preocupase tanto por él? La respuesta le llegó como un eco lejano en la cabeza “Nunca a dejado de hacerlo”  

—Tranquilo, Axel, estaré bien. Si algo malo pasa, grito —trató de disimular una sonrisa despreocupado que aterró más la expresión el en rostro de Axel, luego avanzó un paso, y el hombre lo dejó ir, y mientras más se alejaba de él y se acercaba a la puerta, estaba más seguro de sí mismo y lo que haría.

El pomo de la puerta era frio, y redondo, tan grande que casi no le cabía en la mano y cuando lo giró, la puerta cedió hacia adentro, dejando ver una oscuridad iluminada apenas por un reflejo lejano. Entró sin mirar atrás, lo último que necesitaba era la cara de preocupación de Axel, así que se introdujo en la oscuridad y dejó la puerta entre abierta, por si tenía que salir corriendo.

Al principio, no logró identificar lo que lo rodeaba, solo pudo ver una enorme pantalla donde dos hombres peleaban. Como silueta frente al televisor, había una silla donde la cabeza de un hombre sobresalía del respaldo. Miraba atentamente la pelea en la pantalla, como si no se hubiera percatado de que el muchacho estaba a sus espaldas, tratando de analizar cada detalle de su alrededor. Gabriel permaneció ahí un par de minutos, alcanzó a notar que frente a el había un escritorio, y tras de él, el hombre permanecía imperturbable. A la derecha una ventana cubierta por una cortina gruesa color Vinotinto no dejaba entrar la luz suficiente como para identificar qué había alrededor. SU respiración comenzó a acelerarse y se armó de coraje para hablar, y la voz le salió baja y trémula.

—Soy Gabriel —dijo, pero el hombre al otro lado del escritorio ni siquiera se inmutó, permanecía igual de concentrado que al principio. Gabriel observó la pelea que trascurría en la pantalla, uno de los hombres, con un pantalón rojo y vendas blancas, se parecía mucho a uno de los competidores con quien recordaba haber peleado alguna vez, y lleno de interés, dio un paso al frente para ver mejor y comprobar que era él mismo la persona con la que el hombre se enfrentaba. Se vio así mismo, con el cabello negro en la cara por el sudor, las mejillas rosadas por el esfuerzo y su camisa negra sin mangas con el emblema del cuervo dorado en el centro del pecho, como el escudo de un super héroe. Se vio sonreír de medio lado cuando su contrincante dio un paso en falso, y se vio terminar todo el acto con una pirueta sobre la cabeza del hombre que terminó tenido en el suelo, inconsciente. La multitud explotó en vítores y logró ver por última vez a un Gabriel que le costaba reconocer.

La pantalla se apagó, y todo quedó sumido en la más absoluta oscuridad, solo el reflejo de la luz de la ventana aportaba una muy pequeña luminiscencia rojiza como la sangre. Escuchó como la silla crujió, y cuando se oyeron los pasos del hombre en el suelo alfombrado contuvo el aliento.

La silueta de Franco apareció frente a la ventana, era alto y de espalda ancha, con la postura firme como un roble inderrumbable. Sacó de su bolsillo algo que llevó a su boca con ambas manos, y una pequeña llama se incendió, dejando ver un rostro grande, con una barba de candado entre canosa y unas cejas gruesas, pero tan pronto como la llama apareció, se desvaneció en el aire, dejando un punto rojo que parecía ser un cigarrillo.

—El mismísimo Cuervo de Oro —dijo, con una voz lenta y seductora, que tenía un sutil, pero aún muy identificable acento español. Gabriel se quedó callado, y el hombre se quedó quieto, solo se veía en sus hombros lo calmada de su respiración, y Gabriel se preguntó si él lo vería en aquella penumbra —Claro que yo no soy muy fan de ese tipo de espectáculos —era una voz ronca y profunda —No me gusta la violencia solo por diversión, pero no voy a negar que tus peleas son realmente emocionantes.

—Eran —le corrigió Gabriel, y como se lo temía, le tembló un poco la voz. Se formó otro silencio incómodo, y en un movimiento rápido que no se esperaba, Franco se volteó y de un tirón abrió la cortina como un telón de teatro, y la luz entró agresiva y violenta, Gabriel tubo que cubrirse los ojos con la mano por un momento, y cuando bajó los dedos, comprobó que la silueta de hombre le hacía honor. Franco era un tipo alto, de huesos anchos, pero no estaba gordo. Entrado en los cincuenta, todo el cabello de la cabeza y la barba, en forma de candado, estaban salpicadas de canas.

Lentamente, caminó hasta sentarse de nuevo en la silla, frente al escritorio, cruzó una pierna sobre la otra y se quedó mirando a Gabriel. En la habitación no había nada más que el escritorio, un par de sillas a cada lado y el enorme televisor recostado en la pared justo en frente, incluso el escritorio no tenía ni una hoja encima.

—¿Para qué quería verme? —Le preguntó, y esta vez habló con más seguridad. Después de tanto escuchar hablar de él y tenerle tanto miedo, a Gabriel el narcotraficante le parecía un hombre lo más de normal, incluso podría considerase alguien atractivo para su edad, cosa que lo puso un poco más tranquilo. Agradeció que no se pareciera a “El padrino”

Franco se tomó su tiempo para contestar a la pregunta del muchacho, y se quedó observándolo por un largo rato: era delgado, pero fuerte, tenía carácter, pero estaba nervioso y movía constantemente el dedo pulgar, golpeándolo contra el índice. Gabriel notó como sonrió de medio lado, justo como lo hacía él cuando sabía que tenía una pelea ganada.

—Toma asiento —Le indicó la silla frente al escritorio, y luego dio otra probada al cigarrillo que sostenía elegantemente entre los dedos. Gabriel obedeció, y se sentó bajo la atenta mirada del hombre que no le quitaba los ojos de encima —Quería conocerte, primero, como ya te dije, no me gusta el mundo de las peleas y las apuestas, pero tu nombre me llegó varias veces, más bien tu apodo —lanzó el cigarrillo a lo que Gabriel supuso sería un bote de b****a tras el escritorio y luego se inclinó, apoyando los codos en el escritorio para estar más cerca de él. Instintivamente Gabriel se echó para atrás en el respaldo de la silla —Y vaya sorpresa la que me llevé cuando te vi en aquel video de la red social esa que se hizo tan popular en el pueblo Qué me iba a imaginar que le mismísimo Cuervo era el primo de mi nieto…fue una grata sorpresa.

—A un no me ha dicho para qué quería verme —le insistió Gabriel, y el hombre meneó la mano en el aire.

—Pero qué crio más apresurado. Solo quiero conocerte —esbozó una sonrisa que no contagió a Gabriel en lo más mínimo —¿a poco a ti no te daba curiosidad conocerme? —Gabriel se aclaró la garganta, quería dejarlo todo muy en claro.

—Mire, señor.

—Por su puesto que no —le interrumpió él subiendo alegremente la voz y Gabriel dio un brinco —Dime franco —El muchacho continuó.

—Franco —dijo, y se sintió tan terriblemente incómodo pronunciando ese nombre que no reconoció su propia voz —Yo no quiero problemas, estoy aquí solo para pagar la labor social y luego me iré —La explicación sonó casi como una súplica y el hombre tras el escritorio negó con la cabeza, haciendo que varios mechones cayeran sobre su frente.

—No vas a tener ningún problema, te lo aseguro —se recostó en el respaldo de la silla y se quedó mirando a Gabriel.

—Pero quiere que trabaje con usted, ¿no?

—¿Y crees que eso sería un problema? —más que una pregunta, fue una afirmación , y Gabriel no contestó. Franco se cruzó las piernas y levantó la mirada hacia el techo —eres un muchacho astuto, me gusta —Cuando bajó la mirada, sus ojos oscuros se posaron sobre la anatomía del muchacho, y Gabriel se encogió en la incómoda silla —y tienes habilidades muy peculiares. Que trabajaras para mi será una gran suma para mis filas, pero no aún —Gabriel no supo como sentirse al especto, el hombre definitiva mente lo quería hundir en ese mundo, pero, ¿no aún?

—Ni ahora ni nunca —le dijo, temiendo hacerlo enojar —yo no quiero inmiscuirme en estos asuntos —levantó la mano en el aire para hacer énfasis en todo lo que lo rodeaba, y Franco sonrió con paciencia, como si le explicara a un niño la tabla del nueve. Se inclinó más hacia él, e hizo énfasis en cada una de sus palabras.

—Yo no te obligaré a nada, tu vendrás por tu cuenta —Gabriel sintió un vacío en el estómago, como cuando saltaba al agua desde algo alto. Nunca en la vida había temido por su vida, en las peleas, como le contó a Axel, la idea de morir era remotamente escasa, el show era lo principal. La única vez que en la que pensó habría sentido miedo real, fue el momento en que regresó en sí mismo para darse cuenta de que Diego estaba probablemente muerto, pero la adrenalina le arrancó cualquier sentimiento del cuerpo. Pero ahí, sentado, o más bien hundido en la silla frente al hombre que lo quería unir a una banda de narcotraficantes, sintió realmente miedo. El hueco en el estomago le produjo nauseas, y respiró profundo para evitar vaciar el contenido de su estomago por toda la habitación, pero cuando estaba a punto de decir lo primero que se le viniera a la cabeza, la puerta se abrió de repente, y Gabriel se paró de la silla como si una corriente eléctrica lo hubiera impulsado hacia el frente. Por la puerta entraba Axel, con las manos flexionadas sobre el cuello, el ceño fruncido y una mirada oscura, tras él, un hombre pequeño, casi de su altura y con fuertes rasgos asiáticos, le apuntaba con un fusil a la espalda.

—Este espiar por la atrás de la puerta —dijo el hombre, tenía una voz chillona e hiriente al oído.

—Axel —dijo alegremente Franco —Bienvenido a casa —el aludido bajó los brazos con confianza, caminó a hasta Gabriel y lo haló por el brazo, atrayéndolo a él.

—Esta nunca fue mi casa —la voz de Axel era calmada y fría. Franco salió de detrás de su escritorio, y se posicionó entre los hombres.

—Les presento a el representante de uno de mis socios —les dijo, señalando al hombre de cabello negro y lacio que bajaba el fusil. Todos guardaron silencio un momento, el hombre miró a Gabriel y este le devolvió el gesto, y sus ojos oscuros se entrecruzaron por una milésima de segundo, y Gabriel sintió aún más miedo. —¿Han escuchado el estereotipo de que todos los asiáticos saben pelear? Pues en él es real —franco meneó al hombre por el hombro y éste sonrió —no habla muy bien español, pero le gusta más comunicarse con golpes. Se irá pronto y dejará un vacío en el grupo, sus habilidades son indispensables —miró directamente a Gabriel cuando habló. Gabriel se irguió, saliendo del brazo protector de su primo y parándose frente a franco, que lo miró directamente a los ojos con una sonrisa en los labios que a Gabriel le produjo una rabia que se mescló con el miedo que tenía. Se aclaró la garganta y trato de evitar que le temblaran las rodillas.

—Muchas gracias por el ofrecimiento —dijo con la voz transformada en un tono bajo y calmando, y no la reconoció —pero será un no, ahora y mañana —franco, en un segundo, acercó su cara a la de Gabriel y éste logró contener el impulso de echarse hacia atrás, y permaneció inmóvil.

—Ya veremos, Gabriel.

Cuando Axel cruzó tras él la puerta de reja que daba a la carretera se sintió medianamente aliviado, pensó que en cuanto diera la espalda, el asiático levantaría el fusil y los acribillaría, pero en cuanto Franco dijo la frase final de la conversación, Gabriel dio media vuelta y casi salió corriendo del lugar con la cola entre las patas, y la pequeña ración de valentía que había tenido le agotó toda la que le quedaba para el mes completo.

—Estaba extrañamente amable— le dijo Axel cuando el palacio ya no se veía.

—¿Quién, Franco? —Gabriel estaba caminando tan rápido que tenía la respiración agitada —Por que yo estaba que me infartaba del miedo, temía que en cualquier momento sacaría un arma y me obligaría a tatuarme una runa y hacer que me uniera a su secta.

—¿Te propuso trabajar con él? —le preguntó Axel desde atrás, y Gabriel no supo cómo responder a eso.

—Si, más o menos —Axel lo alcanzó, y lo tomó del brazo para que se detuviera.

—Calmate —casi le gritó —Dime que te dijo —Gabriel trató de recuperar el aliento.

—Fui yo el que le preguntó si me había mandado llamar por que quería que trabajara con él. En cuanto Ainhoa mencionó al cuervo, supe que él me quería en sus filas.

—Luego me explicas lo del Cuervo de Oro, pero ¿qué te dijo? —la cara de Axel estaba roja y sudorosa, y sus ojos azules estaban extrañamente ensombrecidos.

—Que no aún —Gabriel siguió caminando, dejando atrás a Axel que lo alcanzó enseguida —¿Por qué?

—Franco nunca da puntada sin dedal —le dijo —Tiene que ver quien eres realmente, él no va a meter a sus filas a alguien desconocido, así como así. Te va a investigar y a probar, y aunque no quieras encontrará la forma de involucrarte. Por eso esta misma noche te regresas para Medellín —Gabriel se detuvo en seco, y Axel siguió caminando hasta que se giró hacia él unos pasos más adelante.

—¿Qué? —fue lo único que preguntó Gabriel, y Axel se le acercó, le dedicó una dulce mirada y luego lo abrazó.

—Jamás permitiré algo como eso. Nunca —le dijo, pero Gabriel se separó de él un poco, lo justo para mirarlo a la cara.

—¿Pero que va a decir la jueza? —Axel negó.

—Ella te envió aquí por que quería alejarte de la ciudad, y porque era el único lugar lejano donde tenías familia, si hablamos con ella te enviará a otra parte, o tal vez deje que cumplas las horas en Medellín —Axel asintió, y Gabriel asintió con él —No podemos mencionar a franco, pero ya le inventaremos algo.

Siguieron caminando, uno al lado del otro, esquivando las piedras del camino, y cuando lograron observar el pueblo que se acercaba, Gabriel no supo cómo sentirse. Hacía unos días atrás nomás pisar el pueblo le produjo la necesidad de salir corriendo de él, pero se había comenzado a adaptar a su nueva vida, a pensar que allí podría tener todo lo que siempre quiso. En Medellín solo estaban su padres y Alexander, y ya no tenía nada allí que no fueran recuerdos de peleas y soledad, de un par de amistades del gimnasio, o de un polvo apresurado en un baño. Ahí no había nada para él, en cambio, en Florencia, estaba Camila e Irán, que prometían ser grandes amigos, su primo que abrazaba por todo y la comida caliente y en abundancia de su tía, y estaba Samuel… ¿cómo es que pensaba en él justo en ese momento? ¿por qué él?¿por qué el pensamiento fugaz de que no quería dejar de verlo? La sensación de tener que llegar al pueblo a empacar le abrió de nuevo el huevo en el estomago ¿Otra vez empezar de cero?

Se detuvo, y Axel también lo hizo al instante.

—No me puedo ir —dijo —Franco no lo permitirá —Axel negó, y lo tomó por los hombros.

—Él no lo podrá impedir, en media hora sale una chiva para Nariño, si nos damos prisa él no se enterará y después…

—No —lo interrumpió —me dijiste que él ha logrado llegar hasta donde está por que se ha mantenido en el anonimato, nunca me dejará ir por que puedo contar sobre él y lo que pasa el pueblo.

—¿Y cómo él evitaría que lo hicieras? —Axel estaba al borde del colapso, tenía los labios fruncidos y la cara roja.

—Matándote —la cara de Axel perdió el color rojo en sus mejillas, y en un segundo parecía un cadáver —o a la tía, o a Tomás, o al menos amenazando sus vidas —los ojos de el hombre se llenaron de lágrimas —él hará cualquier cosa por mantenerse escondido.

—Entonces nos iremos todos, justo ahora. Desde que franco llegó al pueblo, mamá y yo sabíamos que en cualquier momento teníamos que hacerlo, y tenemos todo perfectamente planeado…

—No —Fue Gabriel ahora el que lo sacudió por los hombros —no nos iremos, nadie va a venir a tu pueblo a decidirte qué hacer y cuando hacerlo, a tu propia tierra y muchísimo menos alguien que ni siquiera es nació en este país. No, no lo haremos.

—No digas esas cosas, me asustas. Franco es capaz de cualquier cosa por hacer su voluntad y conservar el poder del pueblo

—Y nosotros deberíamos de ser capaces de hacer cualquier cosa para liberarlo —Gabriel se sentía aterrado, tan aterrado que aún le temblaban las rodillas, pero nunca se había sentido tan fuerte y decidido. Axel no dijo nada más y el resto de camino al pueblo caminaron en silencio.

Gabriel tardó más de media hora en contarle con lujo de detalles a Axel y su a tía qué había ocurrido exactamente, y la valeriana que la señora le había puesto en en la aguapanela le estaba haciendo efecto. Se despidió, asegurándoles que todo estaría bien y se fue a la cama temprano.

Cuando entró en la habitación, se desnudó hasta quedar en los boxers negros que recién se había estrenado, y se metió bajo las sábanas. Tomó su celular y encendió los datos móviles, esperó un segundo y llegaron solo tres únicas notificaciones. Bajó la barra superior y vio que último mensaje era de Samuel, y se lograba ver el indicador de dos fotos con una frase seca y concisa: “Si le muestras esto a alguien, te mueres” Gabriel cayó sentado en la cama con el aparato apretado entre las manos, y contuvo al el aliento cuando entró al chat y vio las dos fotos que el hombre le había enviado: Una de él frente el espejo en ropa interior, con el celular cubría su rostro y dejaba toda su anatomía al descubierto. Gabriel sintió que se le salía el corazón, el enfermero tenía el cuerpo perfecto, con unos brazos fuertes, unos hombros robustos y un pecho voluminoso que no pecaba en volumen como el de Axel, sus piernas eran torneadas y gruesas, con unos gemelos portentosos. La segunda imagen le secó la boca, en ella, Samuel estaba acostado en su cama, con la cobija cubriéndole de la cadera para abajo, partiendo justo en punto exacto para dejar lo suficiente a la imaginación. La instantánea estaba tomada desde arriba, donde se lograba ver la mitad de su mandíbula y todo el torso desnudo. Gabriel pensó que podría ser la perspectiva, pero los abdominales que se veían en la imagen le arrancaron el aliento, y, como había supuesto, el enfermero tenia una capa de vellos que le cubrían sutilmente el pecho y formaban una línea que desaparecían por debajo del ombligo.

Se tiró a la cama boca arriba, con manos temblorosas ignoró la erección que se apoderaba de su miembro y tecleó en el móvil:

—Que hermoso eres —le dijo, y el enfermero contestó de inmediato.

—Lamento haber robado tus fotos, lo siento, de verdad —Samuel no usaba emojis, así que Gabriel pensó que era un poco raro.

—Tranquilo, ya estamos a mano —seleccionó la imagen de él en la cama y la reenvió con una carita que dejaba caer saliva de la boca abierta.

—No te masturbes con mis fotos —le dijo el hombre y Gabriel dejó escapar una risa que tubo que ahogar con la almohada.

—Y tu tampoco con las mías —esta vez samuel sí que contestó con una carita que volcaba los ojos con impaciencia —Te faltó una foto —le envió Gabriel y casi pudo escuchar al hombre gritar.

—¡Qué?

—Si, te faltó una de la cara…

—Te odio —envió el enfermero, y un minuto después otra imagen estaba cargando en el chat. Cuando Gabriel la abrió, dejó escapar el aliento de verdad: en ella se podía ver al Samuel sonriendo un poco a la cámara, con las montañas de fondo, la barba crecida y el cabello hecho gruesos risos sedosos.

—Lo dicho, eres un hombre hermoso —le dijo, y esta vez el enfermero no contestó, y Gabriel se dedicó a intentar dormir mientras Samuel, a cientos de metros de él, apretaba el celular contra el pecho y miraba con una sonrisa tonta la oscuridad de su habitación.

DiegoAlmary

Este está largo jejeje

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