LOGINLos días previos a la gala transcurrieron con una aparente tranquilidad, aunque bajo la superficie todo parecía moverse con la silenciosa urgencia de un reloj de arena que se acerca a su fin. Martha llegaba cada mañana antes de que el sol terminara de asomarse por los edificios de la ciudad, y se marchaba cuando las luces de la oficina ya se apagaban una a una. Valeria había insistido personalmente al entregarle aquella responsabilidad tan grande: "Nadie mejor organizada que tú, Martha. Sé que no es tu área habitual, pero hablo por todos cuando digo que confiamos plenamente en ti". Esas palabras resonaban en su mente cada vez que se sentía abrumada por la cantidad de detalles que desconocía: horarios de montaje, menús para distintos tipos de dieta, disposición de mesas, protocolos de seguridad, lista de invitados clasificada por importancia… todo requería su visto bueno, y todo debía ser impecable. No podía permitirse fallar. No cuando Valeria había depositado en ella una confianza qu
El amanecer tiñó de gris y dorado los tejados de la ciudad cuando Sebastián llamó a la puerta de la casa de Elena. Habían quedado en salir temprano, antes de que el tráfico se hiciera denso y de que el ruido de la jornada comenzara a llenar las calles. Él llevaba una maleta pequeña y un portafolio de cuero oscuro que apretaba contra su pecho como si en su interior llevara algo más que papeles. Cuando la puerta se abrió y Elena apareció en el umbral, con el cabello recogido y una chaqueta ligera sobre los hombros, sintió que el aire se le quedaba atrapado en la garganta. Había algo distinto en verla fuera del entorno de la oficina, sin el peso de las responsabilidades del día a día sobre sus hombros. Se veía más tranquila, más cercana, y al mismo tiempo como si en cualquier momento pudiera desaparecer.—Estás aquí —dijo ella, con una sonrisa que empezó tímida y se afirmó al verlo—. Pensé que quizás cambiarías de opinión.—No he venido solo por la información, Elena —respondió él, devol
El salón principal donde se organizaría la gala era un hervidero de actividad controlada. Telas de seda blanca cubrían los muebles antiguos, cajas con tarjetas de presentación se apilaban ordenadamente en una esquina, y el teléfono de Martha no había dejado de vibrar en toda la mañana. Sentada frente a una lista interminable, revisaba cada detalle con una precisión que iba más allá de su formación como abogada: horarios de los discursos, disposición de las mesas, menús para invitados con restricciones alimentarias, protocolo de seguridad… absolutamente todo debía estar en su lugar exacto. Sabía que cualquier descuido sería aprovechado por quienes no deseaban que este evento fortaleciera la alianza entre las familias.Martha no era la coordinadora de eventos de la empresa; su puesto era asesora legal del conglomerado. Pero Valeria le había pedido personalmente que tomara las riendas de la organización de la gala, y sus palabras le resonaban cada vez que se sentía abrumada: "Nadie mejor
Adrián del Valle se reclinó en su sillón de cuero oscuro, entrelazando los dedos bajo la barbilla. La luz de la tarde entraba por la ventana de su despacho, iluminando parcialmente su rostro, pero dejando sus ojos en sombra. Isabella lo observaba desde el otro lado del escritorio, sintiendo cómo el silencio se prolongaba unos segundos más de lo necesario. El aire en esa oficina siempre le resultaba pesado, como si cada rincón guardara algo que no debía escucharse.—Dante Starling se guía por lo que cree correcto, no por lo que le conviene —dijo él finalmente, sin apartar la vista del horizonte de la ciudad que se divisaba desde su ventana—. Eso lo hace predecible. Se mantiene fiel a sus principios, y esa misma fidelidad es lo que podemos aprovechar. Pero nadie es inmune a que las cosas se compliquen. Tú solo debes ser esa complicación. No necesitas que él te desee. Solo necesitas que parezca que cede en el momento exacto. Y que Valeria lo encuentre justo ahí, cuando no pueda dar una e
La oficina estaba en ese momento extraño del día donde el trabajo debería haber terminado hace horas, pero las luces seguían encendidas y el café ya sabía a ceniza. Martha ajustó por tercera vez los lentes sobre el puente de su nariz, frunció el ceño ante un párrafo contractual que se negaba a encajar, y suspiró tan profundamente que su cabello se desordenó un poco. Justo en ese instante, sintió esa presencia que ya conocía demasiado bien.—Si suspiras así de fuerte, el artículo 14 se va a derrumbar solo —dijo Gael, apoyándose en el marco de la puerta.Dios, qué mujer, pensó él, recostándose contra el marco, dejando que la mirara sin que ella se diera cuenta.No era del tipo que detiene el tráfico ni hace que todos giren la cabeza al entrar a una habitación. No era como Valeria, con esa belleza radiante que parece iluminar todo a su paso. Pero Martha… Martha tenía algo que lo mantenía cautivado. Era más baja que él, llegándole apenas al hombro, con una postura recta y elegante, como s
La habitación era silenciosa, pero dentro de su cabeza todo era ruido, un caos constante de recuerdos y emociones que intentaba mantener bajo control con una disciplina férrea. Isabella se sentó junto al ventanal de su apartamento, observando las luces de la ciudad que parpadeaban muy abajo, como si fueran esperanzas ajenas que ella nunca podría alcanzar. La ciudad que brillaba allá abajo era la misma ciudad donde su nombre había sido borrado de la historia, donde su familia había sido reducida a cenizas, donde todo lo que su abuelo había construido ahora pertenecía a quienes ella consideraba los responsables de su desgracia. Apoyó la frente contra el cristal frío y dejó que los recuerdos fluyeran libremente, esos que normalmente mantenía encerrados bajo llave en lo más profundo de su corazón, porque revivirlos dolía más que cualquier herida física. Tenía apenas cuatro años, pero el recuerdo estaba grabado en su memoria con una claridad que no se desvanecía con el paso del tiempo, com







