LOGIN—Gabriel, no quiero ver otra pared blanca —dije, mirando el techo de la habitación—. No puedo más con el olor a desinfectante. —Elena, la doctora Vargas dejó muy claro que no te puedes mover de la cama —respondió Gabriel, acomodándome la cánula de oxígeno con los dedos temblorosos—. La saturación apenas se mantiene estable. —Solo quiero ver el cielo una vez más, Gabriel. Por favor. Un rato fuera de este encierro. —Es muy peligroso, mi amor. Si te falta el aire en la calle... —Me estoy ahogando aquí adentro de todas formas —le interrumpí, tomándole la mano con las pocas fuerzas que me quedaban—. Cumpleme este capricho, te lo suplico. Necesito respirar aire limpio contigo. Gabriel se quedó en silencio varios segundos, apretando la mandíbula mientras me miraba a los ojos. Soltó un suspiro largo y se pasó la mano por la cara. —Está bien —cedió en un murmullo—. Voy a hablar con Vargas. Pe
Un silbido ahogado me salió del pecho al intentar tomar aire. Cada inspiración profunda se sentía como si mil agujas me atravesaran el costado izquierdo. Me acomodé hacia adelante, apretando la bata contra las costillas, pero el dolor no cedióa. El monitor de saturación comenzó a pitar con insistencia, marcando números cada vez más bajos.Gabriel entró a la habitación con una jarra de agua en la mano. Al ver la pantalla parpadear en rojo, dejó la jarra de golpe sobre la mesa auxiliar y corrió hacia la cama.—¡Elena! ¿Qué te pasa? ¿No puedes respirar? —pregunto alarmado, tomándome por las axilas para incorporar el torso.—Me quema... el pecho, Gabriel —logré articular entre jadeos cortados—. Siento que no me entra el aire.—Quédate tranquila, no hagas fuerza. Voy a llamar a la doctora Vargas ahora mismo —dijo él, presionando el botón de emergencia de la pared sin soltarme la espalda.—No me dejes caer... —susurré, apretándole la manga de la camisa.—Aquí
El eco de la firma en el acta matrimonial aún resonaba en el aire cálido de la habitación. Gabriel continuaba sentado a mi lado, sosteniendo mi mano izquierda con una devoción casi sagrada. El brillo de la alianza de oro blanco destacaba en mi piel pálida, un contraste perfecto en medio del entorno hospitalario. —Mírate, Elena —dijo Gabriel en voz baja, pasándome el pulgar por el dorso de la mano—. Te ves radiante. —Sigo con la bata puesta y el pelo desordenado, Gabriel —sonreí, sintiendo un leve cosquilleo en los ojos—. Pero me siento viva. —Para mí eres la mujer más bella del mundo entero —aseguró él, mirándome a los ojos—. Y a partir de hoy nada en este universo nos puede separar. —Ni siquiera el dolor que siento en la espalda —admití, soltando un largo suspiro mientras la anestesia empezaba a perder fuerza. —¿Te volvió a hincar la lumbar? —preguntó preocupado, intentando levantarse de la cama. —No te muevas —
La luz matutina entraba tibia por el ventanal de la habitación. Me acomodé las almohadas detrás de la espalda, cuidando de no rozar el cable del monitor cardíaco. Gabriel entró con pasos rápidos, trayendo las manos escondidas detrás del saco de su traje gris. —Elena, despierte —dijo Gabriel, acercándose a la cama con una sonrisa de lado. —Llevo despierta desde las seis, terco —respondí, mirándolo con curiosidad—. ¿Por qué viene tan arreglado a estas horas? —Porque hoy no es un día cualquiera en este hospital —afirmó él, sentándose en la orilla del colchón. —¿Pasó algo en la empresa? —Olvídese de la empresa por un momento —dijo, sacando de su bolsillo trasero una cajita de terciopelo azul marino—. Vine a arreglar un asunto pendiente que tenemos desde hace meses. Me quedé mirando la cajita de terciopelo sin aliento. —Gabriel... ¿qué es eso? —pregunté en un hilo de voz. —Abra la caja y véalo uste
Las cortinas tupidas de nuestra habitación tapaban la luz del pasillo. Sobre la mesa de noche, tres velas pequeñas proyectaban sombras suaves que bailaban en el techo. Olía a vainilla suave y al perfume fresco de Gabriel. Él terminó de acomodarme una almohada de plumas detrás de la espalda y se sentó en la orilla del colchón. —¿Te molesta el olor de las velas? —preguntó Gabriel, mirándome con atención—. Dime y las apago de una vez. —No, no las apagues —dije, buscando su mano sobre la sábana—. Se siente tranquilo. Hace semanas que no teníamos un momento así. —Te prometí que cuando sacáramos a toda esa gente de nuestras vidas, íbamos a recuperar nuestro espacio —dijo él, sonriendo de lado mientras entrelazaba sus dedos con los míos. —Te ves cansado, Gabriel. Traes la mirada agotada. —El cansancio se me quita solo con verte sonreír, Elena —respondió, inclinándose para darme un beso suave en los nudillos—. Llevas dos
El aire helado del aire acondicionado me daba directo en las piernas. Estaba recostada en el sofá de la biblioteca de la mansión, rodeada de almohadones para mantener el torso elevado según las órdenes médicas. Tenía una manta sobre el vientre abultado y el monitor portátil de presión arterial marcando suavemente a mi lado.De pronto, un ruido de cristales rotos y voces alteradas retumbó desde el vestíbulo principal.—¡Aparte de mi camino, imbécil! —gritó una voz femenina bien conocida.—Señora, no puede pasar. El señor Mendoza dio órdenes estrictas de no dejar entrar a nadie —protestó Carlos, el chofer.—¡Me importa un carajo sus órdenes! ¡Voy a hablar con esa aparecida ahora mismo!La puerta doble de la biblioteca se abrió de golpe. Victoria entró a zancadas, con la bata de seda desordenada, el cabello revuelto y los ojos inyectados en sangre. Lucía desencajada, como si no hubiera dormido en días.—¡Mírate nada más! —chilló Victoria, señalándome con un







