FAZER LOGINEl sonido del despertador me taladró los oídos a las seis de la mañana. Me quedé mirando el techo de mi habitación, sintiendo un peso enorme en el pecho. Me dolía el cuerpo, pero me dolía más el orgullo. Me llevé las manos a la cara mientras las imágenes de la noche anterior me golpeaban la memoria: la mesa de conferencias, las carpetas tiradas en el suelo, mis piernas rodeando la cintura de Gabriel y mis propios gemidos pidiéndole más. Había roto mi regla de oro. Me había entregado al hombre más peligroso de la corporación. Me levanté de la cama de un tirón, fui al baño y me miré al espejo. Tenía las marcas de sus dedos en las caderas.
—Eres una estúpida, Elena —me dije a mí misma, abriendo el grifo del agua fría para lavarme el rostro—. Te regalaste como una cualquiera en su propio despacho. Me vestí con un traje sastre gris, alto hasta el cuello, queriendo borrar cualquier rastro de piel expuesta. Me maquillé con cuidado para ocultar las ojeras y salí de mi departamento decidida a poner una pared de hielo entre los dos. Al llegar al rascacielos, entré directamente al piso cuarenta y dos. El ambiente en los pasillos estaba tranquilo. Beatriz, la secretaria, me saludó con una sonrisa mientras me entregaba la correspondencia del día. —Buenos días, señorita Elena. El señor director ya está en su oficina. Pidió que entrara apenas llegara. —Gracias, Beatriz. Voy de inmediato. Apreté la carpeta con los informes financieros contra mi pecho, tomé aire y caminé hacia la puerta doble de caoba. Toqué dos veces con los nudillos antes de entrar. —Adelante —escuché su voz grave desde adentro. Giré la manija y entré. Gabriel estaba sentado en su sillón de cuero, vistiendo un traje negro impecable, revisando unos documentos en su laptop. No me miró al entrar. Ni siquiera levantó la vista de la pantalla. —Aquí tiene el análisis de riesgo bursátil que me pidió para hoy, señor director —dije, manteniendo una distancia prudente del escritorio y usando mi tono más profesional. Él siguió tecleando un par de segundos. Luego extendió la mano sin mirarme. —Ponlo sobre la mesa. Caminé despacio, dejé la carpeta en el borde del escritorio y di un paso atrás de inmediato, esperando alguna reacción, una mirada cómplice, un comentario sobre lo que habíamos hecho unas horas atrás. Pero no hubo nada. La frialdad de su rostro era absoluta. —Hay tres errores de proyección en la tercera página —dijo él, pasando las hojas del informe con indiferencia—. La tasa de interés no corresponde al último cierre del mercado bursátil. Me quedé helada. Lo miré fijamente, sintiendo cómo la sorpresa se convertía en una punzada de rabia. —Revisé esos números dos veces antes de imprimir, señor director. Las proyecciones están calculadas con el cierre oficial de las cinco de la tarde. —Pues están mal —sentenció él, cerrando la carpeta de un golpe seco—. Rehaz el informe completo. Lo quiero en mi mesa antes del mediodía. —¿Perdón? Rehacerlo completo me llevará al menos cuatro horas de trabajo continuo. —Entonces sugiero que no pierdas el tiempo parada frente a mi escritorio. Puedes retirarte. Apreté las manos con furia. La sangre me hervía en las venas. Me sentía humillada, utilizada y descartada como si lo de anoche solo hubiera sido un trámite más de su agenda. —¿Eso es todo lo que tiene que decirme? —pregunté, incapaz de contener la amargura en mi voz. Gabriel levantó la vista despacio. Sus ojos oscuros eran dos pozos de hielo, desprovistos de cualquier rastro de la pasión salvaje de la noche anterior. —¿Esperabas algo más, señorita Elena? Estamos en horario laboral. Sus asuntos personales o sus expectativas no me interesan en lo absoluto. —Usted es un descarado. Anoche en esta misma oficina me decía cosas muy distintas. —Anoche fue anoche —interrumpió él con voz dura, apoyando los codos en el escritorio—. Hoy es un día de trabajo. Y si no puede separar su vida personal de sus obligaciones profesionales, puedo buscar a otra analista que sí sea capaz de hacerlo. —¿Me está amenazando con despedirme después de lo que pasó entre los dos? —La estoy evaluando por su rendimiento. Y ahora mismo su rendimiento deja mucho que desear. Vuelva a su despacho y corrija el informe. —Es usted un monstruo sin alma —susurré, sintiendo que las lágrimas de rabia querían traicionarme. —Soy su jefe. Y no me haga repetir las órdenes. Giré sobre mis tacones, caminé hacia la puerta, salí al pasillo y la cerré con fuerza. Beatriz me miró asustada desde su escritorio, pero no le di explicaciones. Me encerré en mi oficina, me dejé caer en mi sillón y solté una respiración entrecortada. Me temblaban las manos sobre la madera. Me daba rabia la frialdad con la que me había tratado, pero me daba más rabia comprobar que a pesar de su desprecio, mi cuerpo todavía reaccionaba al sonido de su voz. —No voy a llorar por ti, Gabriel. No te voy a dar ese gusto jamás —dije en voz alta, limpiándome la esquina del ojo con enojo. Me puse a trabajar de inmediato en la laptop, corrigiendo las variables del mercado. Pasaron tres horas intensas en las que intenté ahogar mis pensamientos en cifras y gráficos. A las once y media, la puerta de mi despacho se abrió sin que nadie tocara. Gabriel entró, cerró la puerta a sus espaldas y le pasó el seguro con un chasquido que me hizo dar un brinco en la silla. —¿Terminaste el informe? —preguntó, caminando hacia mi escritorio con la misma compostura seria. —Faltan diez minutos para el mediodía. Dijo que lo quería a las doce —respondí sin mirarlo, tecleando con brusquedad. Gabriel rodeó mi escritorio a pasos lentos. Se detuvo justo al lado de mi silla, apoyando una mano en el respaldo y la otra sobre la mesa, acorralándome. El olor de su loción me invadió la memoria al instante. —Mírame cuando te hablo, Elena —ordenó en un susurro grave. —Estoy ocupada trabajando, señor director. Fue usted quien me exigió eficiencia. —No me obligues a repetirlo. Levanté la cara para encararlo, sosteniéndole la mirada con todo el odio que pude reunir. —¿Qué quiere ahora? ¿Viene a revisar más errores inexistentes para seguir humillándome? —Vine a ver si habías aprendido la lección. —¿Qué lección? ¿La de no confiar en un hombre arrogante y manipulador como usted? —La lección de que en esta empresa mandó yo —dijo él, bajando la mano hacia mi nuca y sujetándome el cabello con la firmeza justa para obligarme a inclinar la cabeza hacia atrás—. Delante de los empleados y de los ejecutivos eres mi analista. Y vas a responder como tal. —¡Suéltame! —exigí, intentando apartar su mano, pero la presión de sus dedos me congeló el movimiento—. No me vuelva a poner una mano encima. —¿No quieres que te toque? —preguntó él, acercando su boca a mi oído mientras sentía su respiración caliente en mi piel—. Porque el pulso te delata cada vez que me acerco a ti. —Es de rabia. Me da asco la forma en que me tratas. —Mientes, Elena. Te encanta que te mantenga al límite. Te vuelve loca no saber qué voy a hacer contigo. —¡Eres un maldito cínico! Gabriel me soltó el cabello, me tomó de la barbilla con fuerza y me obligó a ponerme de pie. Pegó su cuerpo al mío contra el borde del escritorio, haciendo volar un bolígrafo al suelo. —Dime que me odias —murmuró contra mis labios, mirándome con una intensidad destructiva. —Te odio con toda mi alma, Gabriel —respondí con la voz entrecortada, sintiendo cómo mi corazón latía desbocado dentro del pecho. —Me parece perfecto. El odio nos va a mantener muy ocupados por un largo tiempo. Antes de que pudiera responderle, apretó su boca contra la mía en un beso violento y dominante que destruyó mi resistencia en un segundo.—¿Vas a beberte esa copa o solo la sostienes para tener algo en la mano? —preguntó Gabriel mientras dejaba la botella de vino sobre la mesa de centro.—La sostengo para no temblar —admití.Me recosté contra los cojines del sofás de cuero. La luz de la ciudad entraba por los ventanales del penthouse, proyectando sombras largas y doradas sobre el suelo de mármol.—No tienes por qué temblar aquí —dijo él, sentándose a mi lado—. Estás a salvo, Elena.—Nunca estoy a salvo contigo, Gabriel. Tú eres la amenaza.Gabriel soltó una risa amarga y se pasó una mano por el cabello, despeinándose un poco.—Siempre me ves como al monstruo de la historia, ¿verdad? El jefe tirano, el hombre que te acorrala, el tipo que destruye tus planes.—Tú te encargaste de construir esa imagen. Rompiste mi carta de renuncia en mi cara esta mañana. Me dijiste que si renunciaba ibas a comprar la empresa donde pidiera trabajo solo para seguir siendo mi jefe. ¿Cómo quieres que te vea?—Como a un hombre desesperado —res
—Los números proyectados para el tercer trimestre reflejan un crecimiento del veintidós por ciento en la división de activos internacionales —expliqué frente a la pantalla táctil de la sala de juntas, manteniendo el tono firme y profesional que exigían los inversores europeos.A mi lado, Gabriel permanecía sentado en el sillón principal de cuero negro, con los codos apoyados sobre la caoba de la mesa y las manos entrelazadas frente al mentón. Nadie en esa habitación de paredes vidriadas y aire acondicionado gélido imaginaba lo que había pasado en su despacho apenas una hora antes. Nadie sabía que mi carta de renuncia yacía hecha jirones en el fondo de su papelera, ni que la tensión entre nosotros era una bomba a punto de detonar.—El análisis de riesgo que presenta la señorita Elena es impecable como siempre —comentó el señor Alarcón, el inversor principal, ajustándose las gafas con una sonrisa de aprobación—. Tienen mi visto bueno para liberar los fondos del fideicomiso.—Agradecemos
Entré a su despacho sin tocar la puerta. Gabriel estaba de espaldas, mirando la ciudad a través del ventanal con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. La luz tibia de la mañana le marcaba la línea mandíbula, dura y tensa, como si no hubiera dormido en toda la noche. Al escuchar mis pasos, se giró despacio.—No tengo tiempo para rodeos hoy, Elena —dijo con esa voz fría que usaba cuando quería poner distancia—. Tenemos la reunión con los inversores en dos horas.—Esto no va a tomar más de dos minutos —respondí.Avancé hasta su escritorio de cristal y coloqué la carta justo en el centro. El sobre blanco destacaba contra la superficie limpia. Gabriel bajó la mirada, vio el papel y volvió a fijar sus ojos oscuros en los míos. Una ceja se le elevó imperceptiblemente.—¿Qué es esto?—Mi renuncia. Firma el recibido para que Recursos Humanos procese mi salida hoy mismo.Gabriel se quedó inmóvil. El silencio en la oficina se volvió pesado, espeso, cortado únicamente por el zumbido su
El taconeo fino resonó con fuerza en el piso de mármol de mi despacho antes de que la puerta se abriera de golpe. —¿No te enseñaron a tocar antes de entrar, o es que tu estatus de empleada te da privilegios especiales? —dije sin levantar la vista de la pantalla de mi computadora. —No necesito pedir permiso para entrar a un lugar que le pertenece a la familia de mi futuro esposo, querida —respondió una voz aguda, cargada de desprecio. Alcé la cabeza lentamente. Valeria estaba de pie en el centro de mi oficina, luciendo un vestido de diseñador color crema, lentes de sol oscuros en la cabeza y un bolso que costaba más que mi sueldo de seis meses. —Valeria. Qué sorpresa —dije, apoyando las manos sobre el escritorio con serenidad—. Gabriel no está en este piso. Subió a la sala de conferencias con la junta directiva. —No vine a ver a Gabriel —dijo, dando dos pasos lentos hacia mi escritorio, mirándome de arriba abajo con asco—. Vine a verte a ti, Elena. —Pues lamento decirte que
—Señores miembros del directorio —dijo Gabriel, de pie en la cabecera de la mesa de caoba, con el traje impecable y la voz firme como una sentencia—. Les presento a la señorita Elena, nuestra Directora Adjunta de Proyectos. Ella expondrá la reestructuración financiera que garantizará el control de la firma este trimestre. Los doce hombres maduros sentados en la sala de juntas de la planta ejecutiva giraron sus miradas hacia mí. Todos vestían trajes oscuros, con rostros serios y miradas desconfiadas. —Buenos días a todos —dije, levantándome de mi asiento a la derecha de Gabriel. Me acomodé el saco del traje sastre blanco. Apreté el control del proyector en mi mano derecha, intentando disimular el temblor de mis dedos. —Como pueden observar en la pantalla —continué, apuntando al gráfico interactivo—, las pérdidas operativas del departamento de activos internacionales no son consecuencia de una mala gestión interna, sino de una fuga sistemática de capitales canalizada a través
—¿Hacia dónde va, señorita Elena? —preguntó el auditor principal, ajustándose los lentes mientras revisaba el balance del tercer trimestre. —Voy al archivo central del sótano dos —respondí, sosteniendo la carpeta azul contra mi pecho—. Necesito cotejar las facturas físicas del proyecto europeo antes de la reunión de las cuatro. —Recuerde que la junta de accionistas exige que esos folios estén digitalizados hoy mismo. —Estarán listos. Con su permiso. Caminé a pasos rápidos hacia el ascensor de servicio. Mis tacones resonaban en el pasillo de mármol con una prisa que no podía disimular. Apenas las puertas de metal se cerraron, solté un suspiro largo. Mi teléfono vibró en el bolsillo de la falda. «Sé que bajaste al sótano. Tienes tres minutos antes de que baje yo.» Leí el mensaje de Gabriel y sentí un vuelco en el estómago. Apreté los puños, furiosa por la facilidad con la que me rastreaba, pero la corriente eléctrica en mi vientre traicionó mi rabia. El ascensor se abrió







