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Capítulo 2: Frialdad implacable

last update publish date: 2026-09-17 21:14:47

El sonido del despertador me taladró los oídos a las seis de la mañana. Me quedé mirando el techo de mi habitación, sintiendo un peso enorme en el pecho. Me dolía el cuerpo, pero me dolía más el orgullo. Me llevé las manos a la cara mientras las imágenes de la noche anterior me golpeaban la memoria: la mesa de conferencias, las carpetas tiradas en el suelo, mis piernas rodeando la cintura de Gabriel y mis propios susurros pidiéndole más. Había roto mi regla de oro. Me había entregado al hombre más peligroso de la corporación. Me levanté de la cama de un tirón, fui al baño y me miré al espejo. Tenía las marcas de sus dedos en las caderas.

—Eres una estúpida, Elena —me dije a mí misma, abriendo el grifo del agua fría para lavarme el rostro—. Te entregaste como una cualquiera en su propio despacho.

Me vestí con un traje sastre gris, alto hasta el cuello, queriendo borrar cualquier rastro de piel expuesta. Me maquillé con cuidado para ocultar las ojeras y salí de mi departamento decidida a poner una pared de hielo entre los dos. Al llegar al rascacielos, entré directamente al piso cuarenta y dos. El ambiente en los pasillos estaba tranquilo. Beatriz, la secretaria, me saludó con una sonrisa mientras me entregaba la correspondencia del día.

—Buenos días, señorita Elena. El señor director ya está en su oficina. Pidió que entrara apenas llegara.

—Gracias, Beatriz. Voy de inmediato.

Apreté la carpeta con los informes financieros contra mi pecho, tomé aire y caminé hacia la puerta doble de caoba. Toqué dos veces con los nudillos antes de entrar.

—Adelante —escuché su voz grave desde adentro.

Giré la manija y entré. Gabriel estaba sentado en su sillón de cuero, vistiendo un traje negro impecable, revisando unos documentos en su laptop. No me miró al entrar. Ni siquiera levantó la vista de la pantalla.

—Aquí tiene el análisis de riesgo bursátil que me pidió para hoy, señor director —dije, manteniendo una distancia prudente del escritorio y usando mi tono más profesional.

Él siguió tecleando un par de segundos. Luego extendió la mano sin mirarme.

—Ponlo sobre la mesa.

Caminé despacio, dejé la carpeta en el borde del escritorio y di un paso atrás de inmediato, esperando alguna reacción, una mirada cómplice, un comentario sobre lo que habíamos hecho unas horas atrás. Pero no hubo nada. La frialdad de su rostro era absoluta.

—Hay tres errores de proyección en la tercera página —dijo él, pasando las hojas del informe con indiferencia—. La tasa de interés no corresponde al último cierre del mercado bursátil.

Me quedé helada. Lo miré fijamente, sintiendo cómo la sorpresa se convertía en una punzada de rabia.

—Revisé esos números dos veces antes de imprimir, señor director. Las proyecciones están calculadas con el cierre oficial de las cinco de la tarde.

—Pues están mal —sentenció él, cerrando la carpeta de un golpe seco—. Rehaz el informe completo. Lo quiero en mi mesa antes del mediodía.

—¿Perdón? Rehacerlo completo me llevará al menos cuatro horas de trabajo continuo.

—Entonces sugiero que no pierdas el tiempo parada frente a mi escritorio. Puedes retirarte.

Apreté las manos con furia. La sangre me hervía en las venas. Me sentía humillada, utilizada y descartada como si lo de anoche solo hubiera sido un trámite más de su agenda.

—¿Eso es todo lo que tiene que decirme? —pregunté, incapaz de contener la amargura en mi voz.

Gabriel levantó la vista despacio. Sus ojos oscuros eran dois pozos de hielo, desprovistos de cualquier rastro de la pasión salvaje de la noche anterior.

—¿Esperabas algo más, señorita Elena? Estamos en horario laboral. Sus asuntos personales o sus expectativas no me interesan en lo absoluto.

—Usted es un descarado. Anoche en esta misma oficina me decía cosas muy distintas.

—Anoche fue anoche —interrumpió él con voz dura, apoyando los codos en el escritorio—. Hoy es un día de trabajo. Y si no puede separar su vida personal de sus obligaciones profesionales, puedo buscar a otra analista que sí sea capaz de hacerlo.

—¿Me está amenazando con despedirme después de lo que pasó entre los dos?

—La estoy evaluando por su rendimiento. Y ahora mismo su rendimiento deja mucho que desear. Vuelva a su despacho y corrija el informe.

—Es usted un monstruo sin alma —susurré, sintiendo que las lágrimas de rabia querían traicionarme.

—Soy su jefe. Y no me haga repetir las órdenes.

Giré sobre mis tacones, caminé hacia la puerta, salí al pasillo y la cerré con fuerza. Beatriz me miró asustada desde su escritorio, pero no le di explicaciones. Me encerré en mi oficina, me dejé caer en mi sillón y solté una respiración entrecortada. Me temblaban las manos sobre la madera. Me daba rabia la frialdad con la que me había tratado, pero me daba más rabia comprobar que a pesar de su desprecio, mi cuerpo todavía reaccionaba al sonido de su voz.

—No voy a llorar por ti, Gabriel. No te voy a dar ese gusto jamás —dije en voz alta, limpiándome la esquina del ojo con enojo.

Me puse a trabajar de inmediato en la laptop, corrigiendo las variables del mercado. Pasaron tres horas intensas en las que intenté ahogar mis pensamientos en cifras y gráficos. A las once y media, la puerta de mi despacho se abrió sin que nadie tocara. Gabriel entró, cerró la puerta a sus espaldas y le pasó el seguro con un chasquido que me hizo dar un brinco en la silla.

—¿Terminaste el informe? —preguntó, caminando hacia mi escritorio con la misma compostura seria.

—Faltan diez minutos para el mediodía. Dijo que lo quería a las doce —respondí sin mirarlo, tecleando con brusquedad.

Gabriel rodeó mi escritorio a pasos lentos. Se detuvo justo al lado de mi silla, apoyando una mano en el respaldo y la otra sobre la mesa, acorralándome. El olor de su loción me invadió la memoria al instante.

—Mírame cuando te hablo, Elena —ordenó en un susurro grave.

—Estoy ocupada trabajando, señor director. Fue usted quien me exigió eficiencia.

—No me obligues a repetirlo.

Levanté la cara para encararlo, sosteniéndole la mirada con todo el odio que pude reunir.

—¿Qué quiere ahora? ¿Viene a revisar más errores inexistentes para seguir humillándome?

—Vine a ver si habías aprendido la lección.

—¿Qué lección? ¿La de no confiar en un hombre arrogante y manipulador como usted?

—La lección de que en esta empresa mando yo —dijo él, bajando la mano hacia mi nuca y sujetándome el cabello con la firmeza justa para obligarme a inclinar la cabeza hacia atrás—. Delante de los empleados y de los ejecutivos eres mi analista. Y vas a responder como tal.

—¡Suéltame! —exigí, intentando apartar su mano, pero la presión de sus dedos me congeló el movimiento—. No me vuelva a poner una mano encima.

—¿No quieres que te toque? —preguntó él, acercando su boca a mi oído mientras sentía su respiración caliente en mi piel—. Porque el pulso te delata cada vez que me acerco a ti.

—Es de rabia. Me da asco la forma en que me tratas.

—Mientes, Elena. Te altera no saber qué voy a hacer contigo.

—¡Eres un maldito cínico!

Gabriel me soltó el cabello, me tomó de la barbilla con firmeza y me obligó a ponerme de pie. Pegó su cuerpo al mío contra el borde del escritorio, haciendo volar un bolígrafo al suelo.

—Dime que me odias —murmuró contra mis labios, mirándome con una intensidad destructiva.

—Te odio con toda mi alma, Gabriel —respondí con la voz entrecortada, sintiendo cómo mi corazón latía desbocado dentro del pecho.

—Me parece perfecto. Esta tensión nos va a mantener muy ocupados por un largo tiempo.

Antes de que pudiera responderle, unió sus labios a los míos en un beso absorbente y dominante que disipó mi resistencia por completo, envolviéndonos en una cercanía inevitable.

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Comments (18)
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Raquel Barrionuevo
Eli estamos contigo bella, se más firme.
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Paola Sanchez
Que coraje el de Elena teniendo que aguantarlo
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Paola Sanchez
Qué bipolaridad la de Gabriel, de la noche de pasión a tratarla como si fuera una extraña en la oficina
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