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TU MÍ SALVADOR
TU MÍ SALVADOR
Author: Jerinson Gómez

Capítulo 1: Fuera de horario

last update publish date: 2026-09-17 21:13:41

El zumbido del aire acondicionado me recordaba lo sola que estaba en el piso cuarenta y dos. Eran más de las ocho de la noche. Me pasé la mano por la nuca, intentando aliviar la tensión mientras ordenaba los balances financieros sobre la mesa de cristal. Recordé el primer día que entré a esta empresa, cuando juré que jamás dejaría que un hombre interfiriera en mi carrera. Qué ilusa fui.

Escuché los pasos firmes en el pasillo. El corazón se me aceleró de inmediato. Aunque intenté concentrarme en los números enfrente de mí, mi mente quedó completamente atrapada por el ritmo deliberado de sus zapatos sobre el mármol. Mi respiración se volvió corta antes de tenerlo a la vista.

—¿Todavía no has terminado, Elena? —preguntó Gabriel desde la puerta.

Se había quitado el saco. Traía la camisa blanca arremangada y el primer botón suelto. Me negué a mirarlo fijamente, bajando la vista al papel con determinación, pero mi mirada periférica traicionera se descontroló: me fijé en la firmeza de sus antebrazos, en el movimiento de su nuez de Adán al hablar y en la línea marcada de sus hombros. Tuve que forzarme a parpadear y desviar los ojos hacia la ventana para no delatarme.

—Faltan los anexos del mercado bursátil. Quería dejarlos listos antes de primera hora —respondí con voz seca.

—Eso puede esperar. Te dije claramente que la jornada terminó a las siete.

—Los accionistas no esperan, señor director. Si el informe se retrasa, la responsabilidad será mía.

Gabriel caminó despacio alrededor de la mesa. Aunque no lo miraba de frente, el sonido de su andar me erizaba la piel. Cada paso suyo rompía mi intento de mantener la calma; intentaba repasar mentalmente las cifras en mi cabeza, pero mi concentración estaba destruida.

—Deja de usar ese tono corporativo. Estamos solos —dijo, deteniéndose justo detrás de mí.

Me obligué a construir un muro mental. Me repetí a mí misma que yo era una profesional, que él no me afectaba en absoluto y que podía dominar la situación. Ajusté la postura, me congelé por dentro y me autodesensibilicé antes de reaccionar.

—Aquí sigo siendo su analista y usted mi jefe. No hay motivo para cambiar el trato —dije, dándome la vuelta con rapidez para encararlo.

Quedamos a centímetros. El calor de su cuerpo atravesó mi blusa de seda, desmontando en un segundo la fría seguridad que me había prometido sostener.

—Estás temblando, Elena. Llevamos semanas en este juego. ¿Vas a seguir fingiendo que no te estás quemando por dentro?

—No sé de qué habla. Por favor, déjeme pasar —dije, intentando dar un paso al costado.

Pero internamente me estaba maldiciendo. Me daba rabia la tembladera de mis manos, me daba rabia saber que la cercanía de su pecho me dejaba sin aliento y que por más que me dijera que debía odiar su prepotencia, mi cuerpo respondía a su presencia.

—No te vas a ir hasta que me digas la verdad —sentenció Gabriel.

Su negativa fue el detonante. Toda la tensión reprimida durante semanas, la lucha entre mi orgullo profesional y esta atracción salvaje que no podía controlar, terminó por desbordarme. La impotencia de no poder dominarme a mí misma se convirtió en fuego puro.

—¿Qué verdad quiere escuchar? —le espeté, sintiendo que la rabia y el deseo me nublaban definitivamente el juicio—. ¿Que me vuelve loca la forma en que me mira delante de todos? ¿Que no puedo concentrarme cuando entra a mi oficina? ¿Eso quería oír?

—Quiero oír que me deseas tanto como yo a ti.

Esa confesión destruyó la poca cordura que me quedaba. Recordé cada noche que pasé en blanco imaginando este momento, odiándolo por tener tanto poder sobre mí.

—Es un maldito arrogante —susurré.

Le agarré la solapa de la camisa y tiré de él hacia mí. Lo besé con rabia, con una desesperación que llevaba meses atragantada en mi garganta. Gabriel soltó un gruñido sordo y me agarró de la cintura. De un solo impulso me levantó y me sentó sobre el borde de la mesa de conferencias. Las carpetas salieron volando al suelo.

—Dímelo otra vez, Elena —murmuró contra mi cuello, bajando la cremallera de mi vestido con prisa—. Dime que esto es una equivocación.

—Es una locura... si alguien entra... —gemí, perdiendo el aliento cuando sus labios bajaron a mi escote.

—Nadie va a entrar. La puerta está cerrada y la seguridad responde ante mí.

Sus manos bajaron por mis muslos, empujando mi ropa interior hacia un lado. La frialdad de la mesa de cristal contrastó con el ardor de su cuerpo cuando se posicionó entre mis piernas. Se acomodó y me penetró de una sola estocada firme y profunda.

Un grito se me ahogó en la garganta. Me aferré a sus hombros anchos mientras él se congelaba un segundo dentro de mí, mirando mis ojos con una intensidad que me helaba la sangre.

—Eres mía, Elena —dijo con voz rasposa—. No intentes volver a huir de mí en esta oficina.

—No hables... solo hazlo —le exigí, rodeando su cadera con mis piernas.

Gabriel empezó a moverse con fuerza, marcando un ritmo violento y constante que hacía retumbar la mesa. Recordé las advertencias de mi madre sobre los hombres con poder, pero en este momento no me importaba nada. El placer me recorría el cuerpo como una descarga eléctrica. Clavé mis uñas en su espalda sintiendo sus músculos contraerse a cada embestida.

—Me estás destruyendo la vida, Elena —jadeó él, acelerando el paso sin quitarme la mirada de encima.

—Tú me destruiste a mí primero —respondí al borde del colapso.

El clímax me atrapó de golpe. Sentí una sacudida intensa que me dejó sin aire mientras me apretaba contra él. Gabriel soltó un rugido ahogado al sentir mis espasmos y se derramó por completo dentro de mí con unos últimos movimientos profundos.

Nos quedamos abrazados unos minutos, escuchando nuestras respiraciones agitadas. Él escondió su rostro en mi cuello, sujetándome como si temiera que me fuera a escapar.

Poco a poco se apartó y se reacomodó el pantalón. Luego se acercó y me abrochó la blusa con una delicadeza que no parecía suya.

—Mañana a las ocho quiero el informe en mi escritorio —dijo, intentando recuperar su postura de jefe implacable.

Me acomodé la falda con las manos temblorosas y lo miré desde la mesa.

—Sí, señor director. El informe estará a tiempo.

Se giró hacia la puerta, pero antes de salir me miró sobre su hombro.

—Esto apenas empieza, Elena. Mañana no seremos los mismos.

Salió del despacho dejándome a solas entre los papeles regados. Me toque los labios hinchados y supe que a partir de esta noche ya nada volvería a ser igual.

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