LOGINApenas habían desaparecido en el piso superior cuando el timbre de la entrada principal resonó por toda la casa.Jean levantó la cabeza y miró hacia los ventanales, desde donde podía distinguirse parte del camino de acceso. Una enorme camioneta negra acababa de estacionarse frente a la entrada y, al reconocerla, abrió los ojos con auténtico horror.—¡NO ABRAN! —gritó inmediatamente, intentando incorporarse del sofá—. ¡QUE NADIE ABRA ESA MALDITA PUERTA!Pero ya era demasiado tarde.Una de las empleadas había abierto la entrada y unos pasos seguros comenzaron a resonar sobre el suelo de mármol del vestíbulo. Jean dejó caer la cabeza contra el respaldo del sofá y cerró los ojos con resignación, mientras Fiorella miraba hacia la puerta con curiosidad.—¡Pero qué recibimiento tan desagradable! —exclamó una voz masculina desde el pasillo—. ¿Qué quieres, hermanito? ¿Que rompa una ventana para entrar? ¡Mira que puedo hacerlo! ¡Tengo fuerza de sobra!Kail Borkovski apareció en la entrada de la
La casa del lago había recuperado aquella tranquilidad que tanto disfrutaban sus habitantes. Después de varios días de ausencia, Giorgio y Lia finalmente estaban de regreso, y aunque la seguridad alrededor de la propiedad continuaba siendo mucho más estricta de lo habitual, dentro de la mansión reinaba un ambiente cálido y familiar.Giorgio se encontraba sentado en uno de los amplios sofás de la sala, con Lia cómodamente acomodada sobre sus piernas y los brazos alrededor de su cuello. Él acariciaba distraídamente su cintura mientras conversaba con Jean, quien ocupaba el sofá contiguo acompañado de Fiorella. Sin embargo, la conversación se veía constantemente interrumpida por las protestas de Valestri que observaba con auténtico horror el vaso que su prometida acababa de colocar frente a él.El líquido tenía un color verde bastante sospechoso y una consistencia que, a juzgar por la expresión de Jean, no inspiraba demasiada confianza. Fiorella sostenía además una pequeña tableta medicin
Mientras Giorgio y Lia regresaban a la tranquilidad de la casa del lago, al otro extremo de Génova, en la mansión Borkovski, el ambiente era completamente diferente. Kail llevaba varias horas encerrado en su despacho, intentando ordenar las piezas de una investigación que parecía complicarse cada vez que conseguía avanzar. La muerte de los mercenarios continuaba atormentándolo, no por compasión hacia aquellos hombres, sino porque habían conseguido arrebatárselos justo cuando uno de ellos estaba a punto de revelar la identidad del responsable de los ataques. Había pasado días interrogándolos, utilizando todos los recursos a su disposición, y cuando finalmente consiguió que el líder comenzara a hablar, todos murieron delante de sus ojos.Sentado en su enorme sillón de cuero negro, Kail contemplaba los jardines a través de los ventanales de su despacho mientras hacía girar un cuchillo entre los dedos. La hoja se deslizaba con una precisión impresionante, pasando de una mano a otra y gira
El avión privado aterrizó en Génova cuando los últimos rayos del atardecer comenzaban a teñir el cielo de tonos anaranjados y dorados. Después de aquellos días maravillosos en París, Giorgio y Lia finalmente regresaban a casa, llevando consigo recuerdos que ninguno de los dos olvidaría. Habían disfrutado de su viaje como cualquier matrimonio enamorado, alejados de las preocupaciones y los problemas que los aguardaban en Italia. Sin embargo, el cansancio comenzaba a hacerse notar, especialmente en Lia, quien había dormido durante buena parte del vuelo y todavía parecía algo somnolienta cuando las puertas de la aeronave se abrieron.Giorgio descendió primero y se volvió inmediatamente para ofrecerle la mano a su esposa, ayudándola a bajar los escalones con cuidado. Lia entrelazó sus dedos con los de él y dejó escapar un pequeño bostezo, apoyándose cariñosamente contra su brazo mientras caminaban hacia el vehículo que los esperaba junto a la pista. Giorgio la observó con ternura y acaric
La puerta de la sala se abrió repentinamente y uno de sus hombres ingresó con paso decidido, sosteniendo una carpeta entre las manos. Se acercó a Kail y se inclinó para entregársela, susurrándole unas palabras al oído. El ruso dejó de mover el cuchillo y abrió lentamente el documento, recorriendo las páginas con una expresión que comenzó a transformarse.Una sonrisa fría apareció en sus labios.—Vaya, vaya... —murmuró, levantando la mirada hacia los prisioneros—. Parece que finalmente tenemos algo interesante.El líder lo observó con desconfianza, mientras Kail cerraba la carpeta y la dejaba cuidadosamente sobre sus piernas.—Fernanda, Magaly, Rose, Katerina y Ayleen.El efecto fue inmediato.Los hombres que hasta ese momento habían permanecido inclinados sobre sus sillas levantaron bruscamente la cabeza. Algunos abrieron los ojos con auténtico terror, mientras otros comenzaron a mirar desesperadamente a sus compañeros. El líder perdió el poco color que todavía conservaba en el rostro
Los días en París habían sido un verdadero sueño para Giorgio y Lia. Por primera vez en mucho tiempo, habían conseguido olvidarse de las responsabilidades que los aguardaban en Génova, de las reuniones interminables, de los territorios que debían administrar y de los enemigos que parecían empeñados en destruir la tranquilidad de su familia. Durante aquellos días solamente habían sido Gio y Lia, dos enamorados disfrutando de una ciudad que parecía creada para el romance.Habían recorrido sus calles, visitado sus monumentos, compartido cenas a la luz de las velas y pasado horas caminando sin preocuparse por el reloj. Giorgio había descubierto que no existía nada más satisfactorio que contemplar la felicidad de su esposa, especialmente cuando ella lo abrazaba y le decía cuánto lo amaba.Aquella sería su última noche en Francia. Al día siguiente regresarían a Italia, donde nuevamente tendrían que enfrentarse a la realidad que habían dejado atrás. Sin embargo, ninguno de los dos quería pen







