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Capítulo 4

Author: No Daydreamer
No podía respirar. Arañé y golpeé sus manos, tratando de apartarlas de mi cuello.

Al fin me soltó de un empujón. Tosí, intentando recuperar el aire.

—¿Qué… qué le pasó a Tomás?

Gabriel volcó la mesa de centro de una patada.

—¡Daniela me lo contó todo! ¡Esta tarde la golpeaste como una demente! Fue con el niño a la farmacia del centro comercial para que le vendaran la frente y, en cuanto se distrajo por un momento, Tomás desapareció. ¿Quién más tendría motivos para llevárselo?

Una violenta tos me dobló el cuerpo. Cuando conseguí levantar la cabeza, miré incrédula al hombre enfurecido frente a mí.

—¡No he salido de casa! ¿Te volviste loco?

—¡La loca eres tú! —bramó, con los ojos rojos de ansiedad y un dedo apuntándome al rostro—. Llevas seis meses rociándome con alcohol todos los días. ¡Tu mente está enferma! Ahora ni siquiera dejas en paz a un niño inocente. ¡Llama de inmediato a la gente que contrataste y haz que lo devuelvan!

Retrocedí con los dientes apretados.

—¡Ya te dije que no lo he visto! Si tan insoportable te parezco, divórciate de mí.

Me agaché para recoger del suelo el convenio de divorcio, que había caído al volcar la mesa.

—Hasta que me digas dónde está el niño, hoy no vas a ninguna parte.

Gabriel me agarró de pronto por detrás, sujetándome del cuello del vestido.

Tiró con tanta fuerza que la tela se rasgó, los botones salieron disparados y quedé medio desnuda.

Antes de que pudiera reaccionar, me sujetó por las muñecas y me arrastró hacia el baño como si yo fuera una delincuente.

—¡Gabriel! ¿Qué estás haciendo? ¡Suéltame!

Grité aterrorizada. En ese instante, las manos de los hombres de aquel callejón, cuando yo tenía dieciséis años, se confundieron por completo con las de Gabriel.

—¡Si no me dices dónde está el niño, te voy a obligar a hablar!

Abrió la puerta del baño de una patada y me arrojó con violencia dentro de la bañera.

Tapó el desagüe, abrió al máximo el grifo de agua fría y luego accionó la ducha.

Mientras el agua helada se acumulaba a mi alrededor, un chorro gélido me golpeó de lleno en la cabeza y el rostro.

El agua me entró por la nariz y la boca.

—¡Ayuda…!

Me atraganté y forcejeé frenéticamente para salir de la bañera.

Gabriel se quitó el cinturón, me torció los brazos detrás de la espalda y me ató con fuerza a la barra metálica de apoyo. Retorcí el cuerpo desesperadamente mientras el frío me hacía tiritar de pies a cabeza.

Él se volvió, sacó de debajo del lavamanos un gran envase de alcohol de alta concentración, desenroscó la tapa y vertió el líquido de olor penetrante sobre mi cabeza y mi cuerpo.

—¿No te encanta atormentar a la gente con alcohol? ¡Habla! ¿Dónde está el niño?

El olor intenso me dejó sin aire y me abrasó los ojos. Gabriel, fuera de sí, me hundió la cabeza en el agua mezclada con alcohol.

Empecé a ahogarme y apenas logré emitir unos sonidos incomprensibles mientras el estómago se me contraía con violencia.

—Me duele…

Antes de terminar la frase, un dolor agudo, como una cuchillada, me atravesó el vientre. Luego sentí un líquido caliente deslizarse por la cara interna de mis muslos.

El calor se mezcló con el agua helada de la bañera y una mancha roja se extendió ante mis ojos.

Contemplé la sangre en el agua y dejé de forcejear.

En ese momento sonó el celular que Gabriel había arrojado sobre el lavamanos. Al ver quién llamaba, tardó un instante en contestar.

Del otro lado se oyó la voz cansada de un policía.

—¿Señor Lozano? El niño no fue secuestrado. Se fue solo a la zona de juegos del último piso del centro comercial. Cuando lo encontramos, estaba comiendo un helado. Lo perdieron de vista y denunciaron un secuestro sin comprobar nada. ¿Se da cuenta de que están desperdiciando recursos policiales?

De pronto, en el baño solo quedó el sonido del agua de la ducha.

Con un estrépito, el celular y el envase de alcohol cayeron al suelo al mismo tiempo.

Gabriel se volvió hacia mí y la sangre pareció abandonarle el rostro.

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