Share

Capítulo 4

Author: Nuria
En la sala de juntas, los tres tomaron asiento.

La mirada de Enzo Siles se posó en Mónica.

Rafael la rodeó por los hombros con un gesto íntimo.

—Mi esposa, Mónica.

—Mucho gusto, señora. Soy Enzo, asistente del director —se presentó con cortesía.

Mónica apenas esbozó una sonrisa, a modo de respuesta.

Enzo no le dio importancia a su frialdad y enseguida entró en materia con Rafael.

—Sobre la arquitectura base, el área técnica considera que…

—La compatibilidad del modelo de datos de los usuarios debe resolverse primero.

Rafael se dedicaba al desarrollo de software. Mónica era botánica.

De lo que hablaban no entendía ni una palabra. El aburrimiento se le vino encima como una marea pesada.

Sumado al desgaste de la noche anterior, no pudo evitar bostezar y se cubrió la boca discretamente.

Aun así, Rafael lo notó.

Se detuvo y la miró. Le apretó la mano con ternura, envolviéndola con la palma tibia.

—Programar no es tan sencillo como cuidar tus flores. Si te estás aburriendo, ¿por qué no bajas al carro a dormir un rato?

Mónica no creía ni por un segundo que Rafael estuviera ahí solo por trabajo.

Pero también sabía que, con lo meticuloso que era, podía sentarse a escucharlo hasta el fin del mundo y no encontrarle una sola falla.

Mejor darle espacio para que se delatara solo.

Asintió.

—Está bien, te espero en el carro.

Rafael le dio un beso suave en la frente.

—¿Quieres que te acompañe?

—No hace falta —dijo ella, poniéndose de pie.

A un lado, Enzo observó la escena con una sonrisa exagerada.

—Usted y su esposa se ven tan enamorados. De verdad dan envidia.

Esas palabras le rasguñaron el corazón a Mónica.

Y no era raro que Enzo pensara así. Cualquiera que hubiera visto esa escena creería que Rafael la adoraba sin medida.

Tal como ella misma lo había creído durante años.

Apenas Mónica salió de la sala, Rafael la siguió.

La acompañó hasta el elevador y presionó él mismo el botón para bajar.

—Cuídate. Si pasa algo, llámame—le dijo con voz suave.

Ella no respondió y entró al elevador.

Las puertas se cerraron despacio.

Afuera, Rafael se quedó mirando los números descender desde el 12 hasta el 1.

Solo cuando estuvo seguro de que ella ya había salido del edificio, se dio la vuelta.

Enzo estaba detrás de él, con la cabeza inclinada.

—Jefe, la directora Paloma lo está esperando en su oficina.

—Ajá —respondió Rafael sin expresión, y caminó hacia la oficina contigua.

Justo cuando iba a tomar la manija, se detuvo. Giró la cabeza y miró a Enzo con frialdad.

—En la empresa, cuida lo que dices. No vaya a ser que hagas enojar a tu jefa.

A Enzo se le erizó la piel. Entendió de inmediato.

Rafael le estaba dando una advertencia por aquel comentario de hace un momento sobre lo “enamorados” que se veían.

Enzo sabía desde hacía tiempo lo que había entre Rafael y Paloma.

Le parecía injusto para su esposa, y triste para Paloma. Pero al final, él solo era un empleado. Le pagaban por trabajar, no por opinar.

Aun así, en el fondo despreciaba esa doble cara de Rafael: tan correcto de frente, tan hipócrita por detrás.

Por dentro lo maldijo. Por fuera, bajó la cabeza.

—Sí, jefe. Entendido.

Rafael por fin retiró la mirada y empujó la puerta para entrar.

En la oficina, Paloma estaba sentada en el sofá. Llevaba un traje sastre perfectamente entallado y, en las piernas, unas medias negras elegidas a propósito para seducir. Tenía las piernas largas cruzadas y apoyadas sobre la mesa baja, en una postura indolente y provocadora.

Al verlo, curvó los labios rojos en una sonrisa y lo miró con descaro.

Rafael fue directo hacia ella, con el ceño fruncido.

—¿Cómo está Ana?

Paloma fingió no notar la urgencia en su voz. Se acomodó despacio, dejando que el borde de la falda revelara aún más, y contestó con pereza:

—En la guardería. Está bien.

Rafael frunció todavía más el ceño, la irritación asomándole en la voz.

—¿No dijiste que tenía fiebre?

Paloma soltó una risa ligera.

—Si no te decía que Ana tenía fiebre, ¿habrías venido a verme hoy?

La cara de Rafael se ensombreció de golpe.

— ¿Todavía crees que eres una niña?

—Si tú dices que sí, entonces sí —le respondió sin inmutarse.

—Tú… —Rafael apretó los dientes—. Cada vez que me llamas vengo. Pero hoy es el cumpleaños de Mónica. ¿Para qué armas este teatro? Si no pasa nada, me voy.

Paloma vio que él se daba la vuelta y se levantó de un salto para agarrarlo del brazo.

—¿Quién dijo que no pasa nada? —dijo con un tono entre queja y coquetería—. Ya ni te importo.

Rafael intentó soltarse, pero ella lo sujetó con más fuerza y le llevó la mano hasta su cintura delgada, acercándose aún más.

—Me duele mucho la espalda —susurró, con las pestañas temblando—. Hazme un masajito.

El rostro de Rafael seguía duro; quiso retirar la mano.

Pero Paloma no lo dejó y avanzó un paso más, dejando apenas espacio entre ellos.

Al verlo dudar, añadió con suavidad:

—Después de que te fuiste anoche, Ana empezó con fiebre baja. La estuve cargando hasta el amanecer. De verdad quedé agotada.

Eso lo hizo ceder.

Rafael notó las ojeras que ella no lograba ocultar. Evidentemente no había dormido.

Tras un momento en silencio, empezó a masajearle la cintura con cuidado.

—¿Por qué no me llamaste anoche? —preguntó con voz más suave.

Él había pasado la noche en el carro y solo al amanecer fue por el desayuno antes de ir con Mónica. Si Paloma lo hubiera llamado, habría ido de inmediato.

Paloma apoyó la cabeza en su hombro y murmuró:

—Porque me dolías. Trabajas tanto, cuidas de mí y de Ana, y todavía tienes que lidiar con esa mujer. No quería cansarte más.

La mano de Rafael se detuvo un instante. Pensó en Mónica, esperándolo en el carro. Dudó y al final empujó a Paloma con suavidad.

—Si no te sientes bien, descansa. Deja que Enzo se encargue de la empresa. Tengo que irme. Mónica me está esperando.

Apenas terminó de hablar, Paloma se puso de puntillas y le rozó los labios con los suyos.

Le rodeó el cuello y lo miró con ojos húmedos.

—Entonces que espere un poco más.

***

Después de salir del elevador, Mónica no se fue. Se quedó afuera casi un minuto y volvió a entrar, marcando de nuevo el piso.

Cuando llegó al doce, caminó hacia la sala de juntas.

Enzo estaba frente a la oficina de al lado. Al verla, se quedó helado. No esperaba que regresara y, nervioso, quiso sacar el celular para avisarle a Paloma.

Mónica se acercó de prisa y le sujetó la mano. Tenía los ojos enrojecidos y la voz le temblaba.

—Te doy 30 mil dólares si me ayudas con algo. ¿Sí?
Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Tras la traición, florece una vida de gloria   Capítulo 30

    El rostro de Rafael se ensombreció tanto que parecía que iba a estallar en cualquier momento.Casi apretando los dientes, soltó cada palabra con esfuerzo: —No digas tonterías. Paloma es una socia, pero ella no es la única socia que tengo. Hoy no quedé con ella, deja de imaginar cosas.Al verlo tan desesperado por negar cualquier vínculo, Mónica sintió un profundo desprecio.Viendo que el semblante de Rafael se volvía cada vez más insoportable, Elena, a su lado, soltó de repente un "¡Ay!", llevándose la mano a la frente con gesto de dolor: —Mi cabeza... empezó a dolerme de nuevo... Moni, no me siento bien, volvamos.Mónica guardó todas sus emociones de inmediato y la sostuvo con urgencia: —Abuela, ¿qué tiene? ¿Es el mismo achaque de siempre?Rafael, como si hubiera encontrado la salida perfecta de esa situación, relajó la tensión de su rostro y dio un paso al frente con fingida preocupación: —Pediré al chofer que las lleve al hotel a ti y a tu abuela.Mónica rió para sus adentros, p

  • Tras la traición, florece una vida de gloria   Capítulo 29

    ¿Quedó con un cliente?Ja.Mónica ya no tenía fuerzas ni para desenmascarar esa mentira tan burda y ridícula.Paloma, evidentemente, también la había notado. Se detuvo un segundo, pero de inmediato una sonrisa afloró en su rostro. Clavó su mirada directamente en la de Mónica; sus ojos hermosos rebosaban de una provocación descarada.Mónica fingió no verla. Frunció levemente el ceño, fingió un pequeño traspié y se sostuvo del brazo de Rafael. Él, por puro instinto, la rodeó por la cintura.—¿Qué pasa?Mónica levantó la vista. En sus ojos, siempre fríos como el agua cristalina, no había rastro de ira en ese momento. Lo miró y su voz sonó suave y delicada:—Me duelen mucho los pies. No sé qué les pasa a estos zapatos hoy, pero me están matando.Sin pensarlo dos veces, Rafael la sostuvo con firmeza.—Te llevaré a sentar allí.En el vestíbulo del centro comercial había sofás para descansar. Él la llevó casi en vilo y, sin importarle las miradas de la gente que pasaba, se puso de rodilla

  • Tras la traición, florece una vida de gloria   Capítulo 28

    Mónica se mordió el labio instintivamente. Mañana su padre regresaría del extranjero y, pasara lo que pasara, ella debía volver a Villa Milagros; no sabía cuánto tiempo pasaría antes de poder regresar a este lugar.Aunque su abuela estaba aquí, en su ciudad natal aún quedaban muchos asuntos pendientes y, además, desconocía el motivo por el cual su padre quería verla. Tras reflexionar un momento, respiró hondo y dijo al celular:—Director, hagamos esto: iré para allá esta tarde, ¿le parece bien?—Sí, sí, por supuesto —respondió el director con un tono de alivio absoluto—. ¡La estaremos esperando en el jardín botánico, muchísimas gracias, doctora!Al colgar, el director soltó un largo suspiro. Se giró con respeto hacia Julio y dijo:—Asistente Julio, asunto arreglado. La doctora vendrá esta tarde.Julio asintió con un "sí", mientras tamborileaba sus dedos sobre la rodilla con parsimonia. Anoche, al volver a la mansión familiar, les contó a todos que su tío, por primera vez en la vida

  • Tras la traición, florece una vida de gloria   Capítulo 27

    Mónica se tensó de inmediato.—Abuela, ¿qué le pasa?—Es el mismo achaque de siempre, me duele un poco la cabeza, no es nada —Elena soltó un suspiro pesado.El corazón de Mónica se encogió, su rostro se llenó de preocupación.—¿Es grave? ¿No será mejor que la acompañe al hospital para que la revisen?—No, no —Elena agitó las manos con rapidez, su sonrisa volviéndose aún más amable—. Es algo viejo, se me pasa recostándome un rato. Tú come mientras esté caliente; mientras tú estés bien, yo estaré tranquila.Dicho esto, se dio la vuelta para irse. Mónica quiso levantarse para acompañarla, pero Rafael la detuvo.—No vayas, deja que descanse sola. Tengo algo que decirte.Mónica frunció el ceño.—¿Qué pasa?—En estos últimos años, la salud de tu abuela ha empeorado mucho.La voz de Rafael se volvió más suave, casi melancólica.—Mónica, ella te esperó más de veinte años. No le queda mucho tiempo y no quiero que te quedes con un remordimiento que no puedas sanar.La expresión de Mónica cambió.

  • Tras la traición, florece una vida de gloria   Capítulo 26

    Elena asintió repetidamente, con una sonrisa que se volvía cada vez más servil mientras probaba suerte con cautela:—No se preocupe, señor. Recibo el dinero y hago el trabajo, conozco las reglas. Es solo que la señorita parece bastante lista, ¿y si en algún momento cometo un error...?El desprecio en el rostro de Rafael aumentó. Apagó el cigarro, exhaló lentamente el último rastro de humo y curvó los labios con sarcasmo.—¿Por qué crees que ella se lo creyó? —No es tonta, pero está desesperada por afecto. Para alguien que fue abandonada por su padre y despreciada por sus parientes desde niña, entregarle de repente a un familiar cercano es como darle un salvavidas. Se aferrará a él con todas sus fuerzas; no tiene cabeza para pensar si ese salvavidas es real o si solo la hundirá más.Esta partida de ajedrez había comenzado hace medio año, cuando él decidió mudarse a esta ciudad. Fue entonces cuando supo que Paloma había dado a luz a su hija en secreto en el extranjero. En ese momento,

  • Tras la traición, florece una vida de gloria   Capítulo 25

    Mónica se encontraba en un estado de trance total, tanto que incluso olvidó apartarse cuando él la tocó.Al abrir la puerta de la suite, vio a una anciana de cabello plateado y figura delgada sentada en el sofá. Al escuchar el ruido, la mujer se levantó con evidente nerviosismo. En el instante en que Mónica vio aquel rostro, sus pasos se clavaron en el suelo.Los años habían tallado surcos profundos en esa piel, pero aquellos ojos eran, sin duda alguna, los mismos que había visto infinidad de veces en las fotografías de su madre. Le bastó una mirada para saber que ella era su abuela.—Mónica, ella es tu abuela, Elena. —Rafael la empujó suavemente por la espalda—. Ve con ella.Los ojos de la anciana se llenaron de lágrimas al instante. Extendió sus manos temblorosas.—¿Es... es mi Mónica? Mi... mi niña querida...Mónica se acercó, sintiendo que todo aquello era irreal.—Abuela... —susurró apenas, y entonces las lágrimas brotaron sin control, desbordando sus mejillas.—¡Ay, mi niña! —E

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status