Tras la traición, florece una vida de gloria

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By:  NuriaUpdated just now
Language: Spanish
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Durante los cuatro años que pasó al lado de Rafael Chávez, Mónica Lucero creyó que la amaban de verdad. No fue sino hasta que apareció su exesposa, cargando a una niña de dos años, que ella comprendió lo irónica y asquerosa que era su relación. Se hundió en una borrachera para ponerle punto final a esa farsa, pero, sin planearlo, terminó en la cama con aquel hombre poderoso. Tras una noche de pasión desenfrenada, una sombra empezó a seguirle los pasos. Desde entonces, cuando Mónica armaba un escándalo, alguien le cubría la espalda. Cuando golpeaba, alguien le pasaba el cuchillo. Cuando decidió divorciarse, él ya estaba esperando con toda su familia lista para ocupar su lugar. Rafael no se inmutó. Apostó a que ella no tenía a nadie más. A que lo amaba hasta los huesos. A que regresaría, dócil, pidiéndole perdón. Pero jamás imaginó verla en el centro de una boda que sacudiría a todo el país. Ni que aquella mujer a la que antes despreciaba —la simple jardinera— fuera capaz de cultivar una especie vegetal tan rara que le devolvió la esperanza de vida a miles de enfermos. Rafael perdió el control. Los ojos enrojecidos, cayó de rodillas frente a ella. —Mónica, ya basta de juegos. Regresa a casa conmigo, ¿quieres? Ella solo sonrió. En el siguiente instante, unos brazos firmes la rodearon. El hombre que la sostenía era frío y elegante, y en sus ojos se encendía una amenaza letal. —Ella es mi esposa. Tenemos un hijo. ¿A qué maldito casa crees que se la vas a llevar?

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Chapter 1

Capítulo 1

El aire acondicionado del café soplaba con fuerza, pero Mónica Lucero solo sentía un bochorno sofocante, como si un incendio le subiera desde el pecho hasta la garganta.

Frente a ella, alineados con una precisión cruel, había tres documentos: un acta de matrimonio, una sentencia de divorcio y una prueba de ADN.

La mujer sentada al otro lado de la mesa era la exesposa de su marido. Mónica jamás imaginó que Rafael Chávez fuera divorciado. Él siempre le decía que le temía al matrimonio, pero que, si era con ella, estaba dispuesto a todo; que si ella no existía, prefería quedarse solo de por vida.

Y ella, como una estúpida, le creyó cada una de sus mentiras.

La mirada de Mónica se clavó en la fecha del reporte de ADN: hace seis meses. Con razón.

En este último medio año, los viajes de trabajo de Rafael se volvieron sospechosamente frecuentes; a veces se ausentaba quince días seguidos.

Recordó el día de la gastritis aguda: Rafael, por no perder un vuelo, la dejó ahí tirada sin pensarlo dos veces. Cuando una amiga la llevó al hospital, el doctor dijo que si llegaban un poco más tarde, podía haber terminado con una perforación gástrica.

Esa misma noche, el mensaje que recibió de Rafael fue: "Qué bueno que alcancé el avión".

Ahora entendía que sus dichosos "viajes de negocios" eran para jugar a la casita con su ex y su hija.

Aturdida por la verdad, Mónica levantó la vista con el rostro endurecido y la voz rasposa:

—¿Qué es lo que quieres?

Paloma Morillo sonrió con una dulzura ensayada. Tomó un sorbo de su café con parsimonia antes de presionar la pantalla de su celular.

—Me dijeron que mañana es tu cumpleaños. Te voy a dar un regalito.

La voz de Rafael surgió de la bocina del celular:

—¿Cuándo dije que amaba a Mónica? Paloma, la única persona a la que amo eres tú. Al principio solo le tuve lástima, pero quién iba a decir que se me iba a pegar como un chicle. Es como una perra que no se puede sacudir de encima.Y verla con esa cara me da asco. De plano ni se me para.

Mónica sintió una estocada directa al corazón.

Rafael fue quien movió cielo y tierra para conquistarla, ¿y ahora resultaba que ella era la que lo perseguía?

Paloma, como si la herida no fuera suficiente, pasó los dedos por su propio cuello, despacio, casi con cariño.

Las marcas rosadas de besos resaltaban, descaradas.

En un segundo, a Mónica le dolió hasta respirar.

Recordó la lencería cara que compró para él, recordó todas las noches que él la rechazó con la excusa de que "estaba muy cansado por el trabajo".

Decía que era por respeto, por cuidarla, pero la realidad era que le daba asco tocarla.

Cuatro años. Había sido el hazmerreír durante cuatro malditos años.

Él ni siquiera tuvo la decencia de dejarle un poco de dignidad.

Y ahora, esta mujer —una amante que vivía en las sombras, una exesposa que venía a reclamar un lugar que ya no era suyo— se atrevía a traer a una niña para provocarla.

La sangre le subió a la cabeza. La rabia le nubló la vista.

Mónica agarró el vaso de agua helada. Los nudillos se le blanquearon. Le temblaba el cuerpo, casi imperceptible, pero le temblaba.

Cuando la mente se le quedó en blanco y estuvo a punto de aventarle toda el agua a esa cara satisfecha, una manita regordeta se estiró de pronto. En los dedos, una cereza embarrada de crema.

A un lado, su hija de dos años levantó la carita blanca y suave. Tenía los ojos negros, redondos, transparentes, como uvas. Con voz de leche le dijo:

—Come frutita.

Mónica reaccionó de golpe. Sus dedos se aferraron al cristal del vaso.

Cerró los ojos y soltó un largo suspiro.

No podía lanzarle el agua.

Por más furia y humillación que sintiera, no era capaz de montar un espectáculo histérico frente a una niña que no entendía nada.

Con movimientos rígidos, se llevó el vaso a los labios y bebió el agua helada de un trago, obligando a las lágrimas a retroceder.

Al verla tan derrotada pero intentando mantener la compostura, Paloma sintió una oleada de satisfacción. Por fin se había sacado la espina.

Estos días, Rafael se la había pasado rechazándola una y otra vez solo por prepararle una sorpresa de cumpleaños a Mónica.

El celular de Paloma vibró. Miró la pantalla y contestó:

—¿Oye, Rafael?

No se escuchaba lo que él decía, pero la sonrisa de Paloma se ensanchó.

Miró a Mónica de reojo, hablando deliberadamente para que la escuchara:

—¿No que el negro era tu favorito? Ay, me lo preguntas a propósito. Ya, ya… ahorita voy y me lo pruebo para que veas. Espérame. Y no te vayas a portar mal, ¿eh? En el probador se ve todo, luego nos graban.

Colgó con un tono meloso.

—Ay, perdón, Mónica. Te hice escuchar cosas que no debías.

A Mónica le ardían los ojos. Enterró las uñas en las palmas de sus manos.

—Decir esas cochinadas en un lugar público, ¿no les da vergüenza?

Paloma soltó una carcajada arrogante.

—¿Eso te da asco? Deberías revisar las cámaras de seguridad de tu casa. Pero eso sí, no vayas a chillar cuando veas los videos.

Mónica golpeó la mesa por puro instinto.

—¡Paloma!

—Miedo... —la niña se asustó y se abrazó a su madre.

Paloma la arrulló de inmediato: —No tengas miedo, bebé. Está aplaudiendo porque está feliz.

La niña parpadeó, confundida, y empezó a chocar sus manitas. —Aplauso.

Mónica respiró profundo, tragándose la rabia frente a la pequeña.

Paloma guardó sus cosas, limpió la crema de la boca de la niña con un pañuelo y dejó la cereza mordida en el plato.

Entonces, empujó el pedazo de pastel que Ana no se terminó hacia Mónica.

—Tu marido me extraña, así que ya nos vamos. No desperdicies el pastel, Mónica.

Cargó a la niña y le dijo con voz suave: —Ana, dile adiós.

La niña sonrió enseñando sus dientitos y agitó la mano. —¡Adiós!

Paloma se alejó contoneándose sobre sus tacones, como una reina que regresa de la guerra con la victoria en las manos.

Solo cuando desaparecieron, el cuerpo de Mónica se desplomó.

Trató de contener el llanto, pero las lágrimas rodaron sin permiso.

Tomó lo que quedaba de su agua y, con el rostro vacío de expresión, la vertió lentamente sobre el pastel sobrante.

La crema se disolvió rápido y el pan se convirtió en una masa húmeda, pegajosa y arruinada.

Exactamente como sus cuatro años de relación.

Minutos después, el celular sobre la mesa vibró.

Era un mensaje de Rafael.

“Tengo una cena de negocios, voy a llegar tarde al hotel. Duérmete ya, no me esperes.”

Mónica clavó la vista en la pantalla, apretando los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula.

Antes de que pudiera contestar, otra notificación saltó en el celular.

—Te amo, cariño. Mañana seré todo tuyo el día entero.

Mañana cumplía veinticinco años y también era su tercer aniversario de bodas.

Aún recordaba cómo, hace tres años, él la llevó al extranjero para visitar a su padre. Rafael se había arrodillado frente a él jurando que ella sería la única mujer en su vida.

Ella le creyó. Y el resultado era este: tres años de matrimonio y una hija de dos años que nació de una infidelidad con su ex.

Qué maldita ironía.

Mónica no supo ni cómo llegó de regreso al hotel.

En cuanto entró, llamó al servicio al cuarto; en poco tiempo, la mesa de centro estaba atestada con más de diez botellas de licores fuertes.

Abrió una botella de whisky y, sin pensarlo, le dio un trago largo.

El líquido ardiente le quemó desde la garganta hasta el estómago, pero ese dolor físico no le llegaba ni a los talones al vacío que sentía en el pecho.

Botella tras botella, Mónica se tragaba las lágrimas mezcladas con el alcohol. Todo sabía amargo.

Para cuando se quedó sin lágrimas y no tenía fuerzas ni para las náuseas, la ciudad afuera ya estaba sumida en la oscuridad total.

Se dejó caer en la cama matrimonial, encogida sobre sí misma, como un animalito herido lamiéndose las llagas.

Buscó a tientas el celular; al encenderse la pantalla, apareció su foto de bodas con Rafael.

—Rafael... —murmuró con la voz pastosa y la nariz mada—. Eres un imbécil. Me voy a divorciar de ti.

Tras soltar esas palabras, la conciencia se le escapó y fue devorada por la oscuridad del sueño.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que un leve ruido la perturbó.

En medio de la penumbra, una figura alta y robusta entró a la habitación dando traspiés, cargando consigo un aura de frío invernal.

El hombre se acercó a la cama paso a paso.

Mónica frunció el ceño, atrapada en un sueño caótico.

Al segundo siguiente, sintió cómo el colchón se hundía bajo un peso pesado. Un cuerpo ardiendo en calor se encimó sobre ella.

—Mmm... —se quejó Mónica, aturdida.

Antes de que pudiera abrir los ojos, unos labios le sellaron la boca, robándole el aliento y dejándola sin aire en un instante.
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