El aire acondicionado del café soplaba con fuerza, pero Mónica Lucero solo sentía un bochorno sofocante, como si un incendio le subiera desde el pecho hasta la garganta.Frente a ella, alineados con una precisión cruel, había tres documentos: un acta de matrimonio, una sentencia de divorcio y una prueba de ADN.La mujer sentada al otro lado de la mesa era la exesposa de su marido. Mónica jamás imaginó que Rafael Chávez fuera divorciado. Él siempre le decía que le temía al matrimonio, pero que, si era con ella, estaba dispuesto a todo; que si ella no existía, prefería quedarse solo de por vida.Y ella, como una estúpida, le creyó cada una de sus mentiras.La mirada de Mónica se clavó en la fecha del reporte de ADN: hace seis meses. Con razón.En este último medio año, los viajes de trabajo de Rafael se volvieron sospechosamente frecuentes; a veces se ausentaba quince días seguidos. Recordó el día de la gastritis aguda: Rafael, por no perder un vuelo, la dejó ahí tirada sin pensarlo dos
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