ログイン(PUNTO DE VISTA: IVY)—Sí, mi socio. El mismo hombre que me sentó a su lado cuando yo no era nadie en esta ciudad.—No.—Sí.—No, no, espera. —Me levanté de esa cama—. Espera un momento, es el hombre del porche…—Ese mismo.—El que vino a la casa, el del abrigo viejo. El que me miró como si me conociera y después me dijo lo del pelo. —Me puse las dos manos en la boca y me las bajé—. Rocco, se me quedó mirando el pelo.—Lo sé. Yo estaba ahí.—¡Y tú me dijiste que no era nadie! Te lo pregunté esa noche, en ese vestíbulo, y me dijiste «nadie», y yo me fui a dormir al cuarto del papel verde con eso metido en la cabeza.—Te mentí en la cara.Lo entendí yo sola, de golpe, sin que me lo explicara nadie.—Por eso me miró. —Me oí la voz salir muy fina—. Me miró porque me parezco a ella.—No es…—¡Claro que es eso! —Me reí, y me salió feísimo—. Mira qué gracia, Rocco. Yo pensé que me miraba porque sabía algo de mí, y resulta que me miraba porque le recordé a su hermana. Entró a mi casa, me vio
(PUNTO DE VISTA: IVY)La marca de los dientes me había salido mejor de noche que de día.De noche era una sombra. Con la luz de ese baño entrando por la ventana era morada en el borde y amarilla en el medio, justo debajo de la oreja, en el sitio exacto donde cualquiera que se siente a tu izquierda en una mesa va a mirar.Me solté el pelo y no me llegaba. Me lo pasé al hombro y menos.—Hijo de puta —murmuré al espejo.—Buenos días. ¿Hasta cuándo te vas a mirar eso?Estaba en esa puerta con dos tazas, y una de las dos no la traía para él.—Ni se te ocurra meterme ese café aquí.—Es agua caliente con limón. —La dejó en el mármol—. El café me lo tomo en el pasillo, ya aprendí.Me giré y le puse el cuello delante.—Mírame esto.—Lo estoy mirando desde anoche.—¿Y qué pretendes que haga? Tengo que entrar a la casa de Hartwell con los tres del jurado sentados a la mesa, y llevo esto puesto.—Te queda bien el morado —soltó, bien tranquilo.—¡No te estoy preguntando cómo me veo!Se apoyó en el
(PUNTO DE VISTA: ROCCO)La línea abrió con un clic y no habló nadie. Se oía una casa ajena: un reloj de pared, hielo contra un vaso.Esos tres segundos me bastaron.A ese hombre le partí la boca esta mañana con esta misma mano. Le subí la falda otra vez hasta la cintura y le corrí la ropa interior a un lado con un dedo. Seguía tan mojada de lo de hace un rato que me recibió entera de un solo empujón lento, hasta el fondo, y me quedé ahí, enterrado, con la frente contra su nuca.Ivy dejó de respirar. Por dentro me apretó tan fuerte que tuve que cerrar los ojos.—Ni un ruido —le dije contra el cuello, sin voz, solo con el aire.Me miró en el vidrio con la boca mordida y los ojos prometiéndome un castigo.—Señora Smith. —La voz de Hartwell entró en ese baño limpia, educada, sin una sola prisa—. Perdone la hora.—No pasa nada —dijo Ivy.Le salió entera, firme. Le vi la mano libre agarrarse del borde de la porcelana hasta ponerse blanca.—Ya gasté mi llamada de patrocinador, así que esta
(PUNTO DE VISTA: ROCCO)—Esa no es la palabra.—¡Por favor! —Y se le rompió la voz en la mitad—. ¡Por favor, Rocco! Por favor…—Otra vez.—Por favor.Le di todo, sin medirle nada.Cada embestida la subía un poco más sobre las puntas de los pies, hasta que dejó de tocar el suelo con los talones y solo la sostenía mi cadera contra el borde del lavabo. El mármol crujía. Se oía el choque de mi piel contra la suya, mojado y sin vergüenza, y debajo el goteo del grifo, que ninguno de los dos había cerrado.Le agarré la cadera con la mano buena, tan fuerte que mañana iba a tener los cinco dedos pintados de morado, y la traje hacia mí cada vez más hondo.Se agarró de ese lavabo y aguantó un rato, y después se le fue una mano a mi antebrazo y se quedó ahí, apretándome, sin pedirme que parara.—La mano, Ivy.—No me hagas quitarla…—Déjala donde está. —Le solté el pelo y le puse esa mano mía en la boca, abierta, para que tuviera dónde morder—. Esta noche las reglas las pongo yo.Me mordió la palm
(PUNTO DE VISTA: ROCCO)Le subí la falda con la mano buena, hasta la cintura, y se la dejé ahí.El algodón blanco de la ropa interior se le había oscurecido en el centro, pegado a ella. Se lo miré un rato largo, sin tocarla, para que supiera que lo estaba mirando.—Las manos quietas.—Están quietas.—¿Malcriada y mentirosa?Le di una nalgada con la mano abierta, una sola, y el ruido llenó ese baño de azulejos.Ivy se agarró de ese lavabo con las dos manos, se le fue la cabeza hacia abajo y soltó un sonido por la nariz que no era de dolor.—Levanta la cara. Quiero verte.Después de un segundo de duda, la levantó.—Esa es por la noche de bodas —murmuré—. Por mandarme a tu cuarto y hacerme subir esa escalera como un perro.—Y tú subiste, nadie te obligó.—Subí. —Le pasé la mano por donde le había pegado y se le erizó la piel entera debajo de mis dedos—. ¿Te pego otra, o paro?—Todavía no te he dicho que pares.—No es lo que te pregunté.Me buscó en el espejo y se mojó el labio de abajo.
(PUNTO DE VISTA: ROCCO)Se le fue la cabeza hacia un lado y se agarró del mármol que tenía detrás.—Y esa noche dijiste otra cosa, y de esa no hemos hablado nunca. —No me aparté de su oreja—. Que mi hijo no te hacía sentir así.—¡Yo no dije eso!—Te tapaste la boca después de decirlo. Yo te estaba mirando.—Rocco…—Y a la mañana siguiente bajaste a esa cocina y me pusiste otra condición nueva.—¡Porque me da miedo! —Le salió de golpe y se tapó la boca al terminar, demasiado tarde.—¿Miedo de qué? —Se me fue el tono—. Yo no te he dicho que no a nada, Ivy, ni una sola vez. Tú me pides una cosa, yo te la doy, y al otro día bajas a mi cocina con una condición nueva. Eres una malcriada.—¡No me llames así!—Malcriada, sí. —Y lo repetí mirándola—. Con mi hijo te quedabas quieta en esa cama, con la cara para el otro lado y sin hacer ni un ruido, ¿no? Te lo dijo él a la cara, en el cuarto de los abrigos, conmigo delante. Pero conmigo no te puedes callar ni queriendo, y en vez de dejarte, me e







