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CAPÍTULO 5:

Autor: AnnaBlanco6
last update Data de publicação: 2026-10-15 09:40:08

 El bullicio de las personas en la sala de estar me deja completamente anonadada, con la audición atrofiada por intentar adivinar qué están diciendo sobre mí. No lo disimulan en lo más mínimo; hablan de mi persona como si fuera alguna especie de exhibición en un circo. No pensé que esto fuera a incomodarme tanto.

Giro la cabeza en todas direcciones. Todos están susurrando algo a mis espaldas. Estoy sentada en el suelo, con las manos apoyadas sobre la mesa de centro. Cindy deja caer el contrato justo encima de ellas.

—Léelo —ordena, mientras yo miro los papeles por encima de mis dedos—. Revisa que todo esté en orden.

—Quiero saber cuánto tiempo haremos esto —digo, yendo directo al grano.

—¿Comienzas a dudar? —insinúa Cindy, con un tono burlón—. ¿No te sientes lista para cargar con la responsabilidad de ser la novia de un Thomas?

Trago saliva, sosteniéndole la mirada.

—No soy yo quien debe preocuparse por ser la novia de... —insinúo, señalando con la cabeza a Evan—. Cuando conozca a mis padres, entenderá perfectamente por qué hago esto.-

—Entonces... ¿cuál es la prisa por salir de esto? —indaga Cindy.

Evan se cruza de piernas, idéntico a un gánster de película, y me clava los ojos verdes.

—Recuperaste la cordura y ahora sí te interesa saber dónde te metiste —apunta directo al clavo.

—Algo así —admito, meneando la cabeza—. No sé si debo ser solo una novia falsa, una prometida o si tengo que casarme contigo.

—Una prometida —aclara Cindy, cubriéndose la boca para soltar una risita despectiva—. Jamás permitiríamos llevar esto tan lejos.

—¿No? —pregunto.

—¿Estás insinuando que quieres casarte con Evan? —me acusa Cindy de inmediato—. Es mucho descaro el tuyo. No eres más trepadora porque no puedes. 

—¡Cindy! —la regaña Evan con severidad, sin apartar los ojos de mí—. Vamos a llevar las cosas con el mayor de los respetos, por favor.

—Es solo que pregunto —le resto importancia a la burla de Cindy para no perder el hilo de mis pensamientos—. ¿Cómo tomaría la junta directiva nuestro rompimiento?

—No te preocupes por cosas que tu cabeza no es capaz de entender —sentencia Cindy con soberbia—. Tú preocúpate por ser educada, servicial y amar a esos pequeños como si fueran tuyos. Esa es la imagen de ti que le venderemos al público.

—Se estipuló por estatuto que estoy en un período de prueba de un año como presidente interino —me explica Evan, ignorando el fastidio de su asistente—. Han pasado cuatro meses desde entonces, y la junta quiere revocar mi prueba porque no le doy a la empresa la imagen familiar que debe mantener. Ahí es donde entras tú. Una vez que pase el período de prueba y me ratifiquen en el cargo, serás libre.

—¿Siete meses? —calculo en voz baja, pero alcanzan a escucharme.

—Diez —agrega Cindy—. No puedes terminar el noviazgo justo el día en que la junta lo declare presidente fijo.

—¿Podrás lograr todo lo que te propones en diez meses? —me pregunta Evan, inclinándose hacia adelante en su asiento—. ¿Cuánto tiempo necesitas tú de mis servicios?

—Un año.

—¿Un año? —Cindy levanta una ceja.

—Y medio —completo con firmeza—. Un año y medio.

Evan sonríe. No estoy imaginando cosas; está sonriendo de verdad.

—Bien.

—¡Evan! —lo regaña Cindy—. En el borrador estipula que solo son tres meses más después de cumplido el objetivo corporativo.

—No soy el único que tiene objetivos aquí, Cindy. Debiste preguntar cuáles eran los de Tessa.

—¿Algo más que deba agregar?

Evan asiente, pensativo.

—Tessa no irá a la universidad pública. Yo le pagaré la carrera entera de lo que ella elija estudiar, aun cuando el tiempo de este contrato se haya cumplido. Pagaré sus clases de teatro, sus clases de modelaje, y la empresa será su patrocinador oficial en el reinado de belleza. Pon la siguiente cláusula: si por algún motivo Tessa Lynn no puede cumplir sus objetivos, la indemnizaré con doscientos mil dólares.

—¿Qué? —me levanto de golpe del suelo y lo miro, perpleja—. ¿Por qué?

—Crees que por mí vas a cumplir esos sueños. Así que, si por mi culpa no los logras, te indemnizaré.

—Es que... no. Si no los logro, no tendría nada que ver contigo. Sería un asunto mío.

—Es mi cláusula —sentencia—. ¿Tienes alguna otra?

Me quedo en completo estado de shock. ¿Doscientos mil dólares? Debe ser un vuelto para él, pero para mí es una fortuna inimaginable. Sin embargo, sé muy bien cómo funciona el mundo real. Cuando pase a ser solo la exnovia de Evan Thomas, si no llego a lograr nada, mi vida volverá a ser igual de miserable que ahora. Solo que seré un poco más conocida... hasta que todos comiencen a olvidarme. Ya me veo en un futuro cruzándome a alguien en la verdulería, que me tomen una fotografía descuidada y la suban a internet para mostrar lo arruinada que estoy desde mi rompimiento con el magnate de la moda.

No, mejor no me opongo. Si todo sale mal, al menos puedo invertir ese dinero en algo que funcione o usarlo para irme tan lejos donde nadie me conozca.

—¿Es como una especie de seguro de vida? —pregunto, volviéndome a sentar poco a poco.

—Sí. Es por el tiempo que invertirás ayudándome. Sería injusto que yo pueda cumplir mis metas y tú no las tuyas.

—Esto me resulta patético —balbucea Cindy, anotando todo de mala gana.

—Entonces pon una cláusula que diga que si yo no cumplo bien mi tarea o lo que tenga que hacer... yo... le serviré gratis en esta casa como niñera por un año entero —retruco, clavándole la mirada a Evan.

Él asiente con un brillo divertido en los ojos.

—Me parece justo. Te pago bastante bien, la verdad. Me ahorraría un buen dinero. 

Cindy rueda los ojos por millonésima vez y toma nuevamente los papeles.

 —Haré esos cambios en el documento. Por favor, ve con el estilista de una vez.

Cindy me empuja hacia una de las sillas del comedor que han improvisado como estación de belleza, mientras el estilista —el joven manos de tijera— me mira como si fuera su próxima obra de arte. Para mi sorpresa, Evan no se mueve. En lugar de irse a su despacho, se acomoda en uno de los sillones individuales, cruza una pierna y nos observa en silencio. Hasta él tiene miedo por lo que sea que le hará a mi cabellera, natural y virginal.

—A ver, cariño, el color  es precioso, un rubio natural divino —dice el estilista, pasándome los dedos por el cabello con dramatismo—, pero estas puntas... ¡ay, estas puntas gritan auxilio! Cindy dijo que solo recortara, pero yo soy un artista, no un jardinero. Vamos a mantener el rubio, pero le daremos una luz y una vida que encandilará a todos.

—Solo no me dejes calva, por favor —le ruego, mirando de reojo a Evan a través del espejo. Él esboza una mueca que casi parece divertida. 

Durante las siguientes dos horas, mi cabeza se convierte en una gran bola de papel de aluminio, tintes y un olor a químicos que me marea un poco. El sonido de la secadora me ensordece, pero lo peor es que cada vez que intento girar la cabeza para mirar al espejo, el estilista me golpea con sus estúpidas tijeras.No me permiten mirar el proceso. Cindy supervisa con los brazos cruzados y Evan simplemente se queda ahí, revisando su celular de vez en cuando, pero levantando la vista cada vez que el estilista hace un movimiento drástico. 

Cuando finalmente retiran las toallas y me giran hacia el espejo grande, se me corta la respiración. 

El rubio lacio y descuidado que traía de mi casa ha desaparecido. Ahora tengo un rubio platinado y luminoso, con unos reflejos dorados que hacen que mis ojos azules resalten. El corte ya no es una simple melena recta; me hizo un degrafilado, con capas que enmarcan mi rostro a la perfección y le dan un volumen espectacular a mi cabello, cayendo con ondas suaves sobre mis hombros. Luzco costosa. Luzco como si valiera doscientos mil dolares.

—Vaya —balbucea Cindy, por primera vez sin una crítica en la boca. 

Me pongo de pie, sintiendo que me cruje todo el cuerpo de tanto tiempo sentada, y me volteo lentamente hacia Evan. Él se levanta del sillón despacio, guardando el celular en el bolsillo de su pantalón de vestir. Se me queda mirando fijamente de arriba abajo, deteniéndose en mi rostro con una expresión de estar analizando mi cambio. 

—¿Y bien, novio? —le pregunto, recuperando mi audacia y regalándole una sonrisa coqueta—. ¿No luzco como una de las modelos que estaban en tu despacho?

—Te ves bien —dice, seco y sin dedicarme ni una sola sonrisa—. ¿Ya puedes cuidar a mis hermanos?

Cindy niega con la cabeza de inmediato.

—Tenemos que probar el guardarropa que elegí, tiene la depilación láser, la lashista y la manicurista.

—¿Todo eso? —pregunta Evan, abrumado.

—¡Sí! —decimos Cindy y yo al mismo tiempo. Compartimos una mirada cómplice antes de soltar un bufido recargado de ironía—: Hombres.

Más tarde, después del trabajo —o mejor dicho, de un día entero en el salón de belleza en el que convirtieron la casa de Evan Thomas—, me detengo en la casa de mi mejor amiga para mostrarle mi nuevo look. 

Quien abre la puerta es Jonnah. Al verme, me mira de arriba abajo y abre la boca de golpe, como si no pudiera creer a quién tiene delante. 

—Te ves... increíble, Tess —balbucea, sin poder apartar los ojos de mi nuevo cabello—. Estás realmente hermosa. 

—Vaya, gracias —respondo, arqueando una ceja con sorpresa. 

En ese momento, Vee entra a la sala. En cuanto me ve, se le iluminan los ojos. 

—¡No puede ser! ¡Estás divina! —grita entusiasmada, corriendo hacia mí para darme un fuerte abrazo. 

Jonnah observa la escena con los brazos cruzados y deja escapar una risa amarga. 

—Déjame adivinar... ¿A tu hermano le regalaron una casa y a ti un cupón para el estilista? 

El comentario me da risa, es algo que podría pasar. 

—No, para nada. Estoy trabajando de niñera para un hombre muy rico. 

Jonnah arruga la frente, y antes de que sus celos hablen por él, me apresuro a aclarar la situación de inmediato: 

—Y no, no cuido al hombre. Cuido a sus hermanos gemelos. 

A pesar de mi aclaración, Jonnah muestra un profundo disgusto. Niega con la cabeza y da un paso hacia mí, adoptando ese tono protector que ya no tiene ningún derecho a usar conmigo. 

—Deberías tener mucho cuidado con el lugar donde te metes, Tessa. 

 Siento que la sangre me hierve y lo miro con hostilidad, tomándome su advertencia de la peor manera posible. 

—¿Ah, sí? ¿A qué te refieres exactamente con eso? —le pregunto, desafiante. 

Jonnah abre la boca para responder, pero el sonido de un claxon interrumpe la tensión en la sala. Él mira de reojo hacia la ventana y ve que un auto se acaba de detener afuera. 

—Es mi amigo, ya llegó por mí —dice secamente, cortando la discusión.

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