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CAPÍTULO 6

Author: AnnaBlanco6
last update publish date: 2026-10-21 03:35:30

Llegué a casa después de pasar unos minutos con Vee. La verdad es que el comentario de Jonnah me descolocó un poco; no me había puesto a pensar en cómo me verían las personas de mi círculo. ¿Como una trepadora?

A mí eso de pensar las cosas antes de hacerlas o decirlas no se me da muy bien. Trato de no darle muchas vueltas al asunto. Cuando consiga todo lo que tengo en mente, no tendré por qué seguir rodeándome de esas personas, excepto de Vee. Llevaré a Verónica a todos lados conmigo; será mi representante y mi mano derecha.

Al entrar por la puerta, siento el olor a humo y a carne asada que proviene del patio. Mi madre sale de la cocina vistiendo el delantal y llevando una bandeja de ensalada hacia afuera.

—¿Qué estamos festejando? —pregunto, dejando mi bolso en el sillón.

—No festejamos nada. Hoy juega la selección y tu padre quiso invitar a algunos familiares para comer —responde mi madre. Se detiene un segundo a mirarme de arriba abajo—. Te ves distinta, ¿qué te hiciste?

«Todo, mamá», pienso.

—El cabello —respondo secamente.

—Ah, sí. Eso pensé —continúa caminando con la bandeja hacia afuera—. Ayúdame a poner la mesa.

Agarro los platos de arriba de la mesada de la cocina, coloco algunos cubiertos encima y salgo al patio, donde todos mis familiares están sentados alrededor del fuego con vasos de refresco o cerveza. Dejo los platos sobre la mesa.

—Tess —me empiezan a saludar.

Levanto la mano respondiendo amablemente y me pongo a colocar los platos en sus lugares.

—¿Qué te hiciste, hermana? —pregunta Manuel, entrando al patio con una botella de cerveza en la mano—. Estás guapísima. Ahora sí que no pueden decir que nos parecemos.

—Nunca lo dicen —le recuerdo—. Yo tengo la belleza y tú la inteligencia, ¿no?

—No le hagas caso —asegura, desordenándome el cabello con cariño—. Aquí entre nosotros, tú tienes ambas.

Sonreí. La verdad es que el problema nunca ha sido Manuel como tal, sino la vida que construyeron alrededor de él. Digamos que mi mellizo no tiene la culpa de haber nacido hombre y recibir toda la atención que recibe. Las únicas ocasiones en las que peleamos es cuando me meto con Miriam, pero en algo sí tiene la culpa: aun sabiendo cómo eran las cosas, nunca hizo nada para cambiarlas.

—Pero soy la que irá a la universidad pública —retruco, aunque Evan ya haya dicho que no será así—. ¿No te parece injusto?

—Completamente —asegura él, antes de beber de su cerveza—. Te prometo que intentaré aplicar a una beca y te sacaré de esa universidad.

«No es necesario, alguien más lo hará por ti», pienso para mis adentros.

—Gracias.

Miriam sale por la puerta con su habitual desdén hacia todo ser humano. En cuanto me ve, se queda paralizada.

—Tessa… estás… ¿De dónde sacaste el dinero para hacerte todas esas cosas? —pregunta, levantando una ceja con envidia.

—Trabajando —respondo—. Sabes que trabajo. Cosa que nunca te he visto hacer a ti.

—No necesito trabajar, tengo esposo —retruca ella con soberbia.

—No están casados —le recuerdo de inmediato—. ¿Qué harás cuando Manuel comience la universidad?

—Me quedaré aquí como tú, viviendo con tus padres como tú, yendo a la universidad pública como tú.

—¿No piensas dejar de mantenerte a costa de mis padres?

—¡No empiecen! —nos regaña Manuel—. Miriam buscará un trabajo en cuanto yo me vaya a la universidad.

Ella levanta una ceja, completamente desconcertada.

—Es la única forma en la que puedes quedarte en la casa mientras no estoy —le explica Manuel—. No es tu familia, no tienen una responsabilidad contigo. Si aceptan que te quedes es porque te aprecian, ¿por qué abusar?

—¡A comer! —grita mi madre cuando mi padre se acerca con la bandeja de comida a la mesa—. Vengan que se enfría.

En la mesa, todos comentan sobre la universidad, sobre sus experiencias y los momentos divertidos, malos, vergonzosos e incluso perturbadores que pasaron. Pero ninguno de esos comentarios va dirigido a mí; todas esas buenas experiencias se las desean a Manuel.

—Tess, ¿me pasas la sal? —me pide una tía. Estiro el brazo para alcanzarle el frasco—. Tessa quizás tenga suerte y consiga un novio con dinero.

Todos en la mesa estallan en carcajadas.

—¿Por qué se ríen? —interviene otra tía—. Tess podría tener al hombre que quisiera.

—El problema es que el pobre hombre aguante a Tessa —inquiere Miriam entre risas.

—Tessa no es muy obediente —dice mi madre, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta—. Se la pasa en la calle todo el día, haciendo quién sabe qué. Los hombres con dinero buscan chicas de su casa, de perfil bajo.

—Mi hija podría ser la esposa de quien quisiera —interviene mi padre, mirando a mi madre con el ceño fruncido—. Ella tendría que ser la que elija, no esperar a que la elijan. Es muy hermosa, eso sí... siempre y cuando no estén buscando a alguien con cerebro.

Vuelven a reír.

—De hecho —comienzo, y siento que ya no me puedo detener—... tengo novio.

Todos se voltean a verme de golpe mientras yo bebo un sorbo de mi refresco con total parsimonia.

—Es un poco mayor, trabaja para una empresa —digo. «Es el dueño de la empresa» sonaría desesperado e irreal a estas alturas; es mejor mantener el secreto hasta firmar el contrato—. Pero me quiere, y mucho.

—¿Ya superaste a Jonnah? —pregunta Miriam con evidente diversión.

—Sí. Mi novio es un hombre… no un niño.

—¿De cuántos años hablamos? ¿Un sugar daddy? —se burla de nuevo.

Mi madre me clava una mirada severa.

—Tessa, no me digas que estás metida en esas cosas.

—Veinticinco —interrumpo a mi madre antes de que empiece con sus sermones—. Tiene veinticinco años.

—Si de verdad existe, deberías traerlo —desafía Miriam, cruzándose de brazos.

—¿Qué tal si no nos metemos en la vida de Tess? —interviene Manuel con un tono dominante, logrando que Miriam cierre la boca de inmediato.

—Pronto —respondo, clavándole la mirada a mi cuñada—. Estamos llevando las cosas con calma, pero para el próximo partido de la selección, lo traeré.

—

Estoy de rodillas en medio de la sala, pidiéndole a Evan que acepte ir a una cena familiar el día del próximo partido de la selección. Sé perfectamente que su primera respuesta sería un "no" rotundo, así que decidí arrodillarme antes de siquiera hacer la pregunta. Intento que note mi desesperación absoluta, esperando que, por un gesto de empatía o aunque sea por pura vergüenza ajena, termine aceptando.

Él tiene al pequeño Chris dos en brazos, quien no para de llorar desconsoladamente.

—Tessa, ¿puedes pararte y calmar a mi hermano? —dice con evidente fastidio, tendiéndome al bebé con una expresión de total cansancio—. Anoche levantó un poco de fiebre y está muy irritable. El doctor vendrá por la tarde.

—¡Por favor! —suplico, juntando las manos frente a él, sin moverme del suelo.

—¡Tessa! Haré todo lo que me pidas, pero, por favor, haz tu maldito trabajo —me regaña, al límite de su paciencia.

Me pongo de pie de un salto y tomo al bebé en brazos de inmediato.

Después de unos segundos de apapachos logro que se calme. Me siento con él en el sillón mientras Evan se masajea la sien con evidente cansancio.

—No eres muy paciente, ¿verdad? —pregunto en voz baja para no alterar al bebé.

Él levanta la mirada y clava sus ojazos verdes en mí.

—Estuve toda la noche despierto, controlando su fiebre y atendiéndolo. Solo quiero un minuto de paz —me dice, exhausto.

Asiento, entendiendo su punto.

—¿No querías mudarte de tu casa? —pregunta de repente.

—Sí. Aún no he buscado un sitio porque no has mencionado a qué universidad iré.

—Irás a la universidad que quieras.

—No es a la que yo quiera, porque debo fingir ser tu novia y, al mismo tiempo, seguir cuidando a los Chris —le recuerdo—. Tampoco puedo buscar un departamento si no sé la distancia exacta a la que estaré de la universidad.

—Puedes ir a cualquiera. El jet privado te llevará si quieres ir a la Universidad de Tailandia —exagera, restándole importancia—. Dime la universidad a la que quieras ir, e irás.

—Me gustaría ir a la misma universidad a la que asistirá mi mejor amiga, pero está a tres horas de aquí.

—Bien. Lo harás.

—Debo conseguir un departamento en esa ciudad entonces —concluyo.

—Ah, no. Vivirás aquí.

—¿Aquí? —abro los ojos de golpe.

—Sí. Te necesito fingiendo ser mi novia y cuidando a mis hermanos. Te mudarás conmigo.

Sonrío. «¿Vivir en esta enorme mansión?», pienso, y en mi mente empiezo a celebrar con una lista de reproducción imaginaria. «O sea que tendré cocinera, jardinero, una habitación gigante y estaré rodeada de personas que no me griten por la mañana ni me obliguen a lavar la ropa de nadie. ¡Es el paraíso absoluto! Adiós a los estofados llenos de verduras y a las quejas de mamá». No me opongo en lo absoluto a la idea.

—Parece que te gusta la idea —comenta él, notando mi expresión.

—Sí, me encanta.

Él asiente, conforme. En ese momento, Cindy entra por la puerta principal y deja el contrato final sobre la mesa ratonera del centro, justo en medio de los dos.

—Firmen de una vez —dice con fastidio, cruzándose de brazos.

—Léelo, Tessa —me indica Evan.

—Confío.

Tomo el bolígrafo y firmo al pie de cada página sin leer absolutamente nada.

—Los declaro "prometidos" —dice Cindy, haciendo las comillas con los dedos—. Deberían festejar esta noche... o mejor dicho, hacer su primera aparición pública.

Arroja sobre la mesa un papel con el nombre del restaurante y la hora de la reservación.

—Tess, ponte el conjunto que te señalé el otro día —me ordena, clavándome una mirada estricta—. Y tacones bajos. Debes verte como una maestra de jardín de infantes. Eres amorosa con los niños, paciente, inteligente y, sobre todo, no estás loca. Esa es la imagen que le venderemos a la junta; esa es la razón —apunta con el dedo a Evan— por la que tú te enamoraste perdidamente de ella.

Ambos asentimos en silencio mientras nos mandonea a su antojo.

—Bien. Espero ver resultados pronto —dice, caminando hacia la puerta principal—. Ah, les mandaré por mensaje la recomendación de los mejores platillos del lugar.

Y se marcha, dejándonos solos con el eco de sus tacones.

—

A la noche, Nana viene a quedarse con los gemelos para nuestra primera cita. Suena tan gracioso decirlo de esa forma. ¿Cuántas citas tendremos hasta que digamos que estamos comprometidos? ¿O se supone que ya lo estamos?

Me pongo un top negro sin mangas con cuello drapeado que cae con elegancia, combinado con una falda short de tiro alto en color beige, complementada con un cinturón café delgado que enmarca mi cintura. Cindy quería que usara una falda de tubo negra mucho más larga con una camisa blanca, pero este conjunto grita “Tessa” por todos lados.

Bajo las escaleras con la cartera de cuero oscuro en mano.

—Estoy lista —digo, terminando de bajar los escalones.

Evan está junto a la puerta, esperándome. Está vestido completamente de negro; no lleva el traje formal al que acostumbra, pero sí ropa oscura.

—¿Vamos a un funeral? —pregunto.

—Es mi mejor ropa —se defiende con seriedad.

—No lo dudo. Debe valer mucho dinero, pero ¿en serio? ¿Ni un poco de color?

—Vamos, Tess. Llegaremos tarde.

—Eres como en ese episodio de Los Padrinos Mágicos donde nadie tiene color, y todos son exactamente iguales y grises. Ese eres tú —le digo con una sonrisa burlona mientras caminamos hacia la salida de la mansión.

Al llegar a la entrada, me quedo paralizada ante el vehículo. Menudo auto. Es un Rolls-Royce Spectre de un color oscuro impecable. Definitivamente, esto está a otro nivel.

—Me sentía bastante bien con mi ropa hace cinco segundos —refunfuña él mientras me abre la puerta del copiloto.

—No digo que no estés guapo —admito, subiendo al lujoso asiento de cuero—. Eres guapo, pero eres muy… apagado.

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