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Una MAMASOTA para mi Hijo
Una MAMASOTA para mi Hijo
Author: Mangonel

Capítulo 1

Author: Mangonel
Me llamo Marcelo Salgado, soy padre soltero y había venido a Europa con mi hijo, Edwin, para que estudiara en la universidad.

Al lado vivían dos mujeres hermosas, madre e hija; la hija estudiaba en la misma universidad que mi hijo.

La madre se llamaba Verónica. Estaba embarazada, con una barriga enorme, y como su marido pasaba casi todo el año de viaje y apenas volvía a casa, no aguantó la soledad y acabó metiéndose a escondidas con Edwin.

Su hija se llamaba Arleth, hermosa como una actriz, de piel clara, cara bonita y piernas larguísimas. Tenía un cuerpazo; sus pechos suaves y redondos casi reventaban el uniforme de colegiala.

Llevaba una minifalda a cuadros y medias blancas que le ceñían las piernas esbeltas y clarísimas; al caminar, se veían firmes y provocativas.

Verla me calentaba la sangre; me daban unas ganas locas de tirarla ahí mismo al suelo y hacérmela sin piedad.

Pero era compañera de Edwin, y la diferencia entre nosotros era tanta que me moría de ganas, pero no tenía el valor para hacerlo.

Lo único que podía hacer era robarle las medias y la ropa interior que tendía para secar, desahogarme en casa y después lavarlas y volver a colgarlas, muerto de miedo de que alguien lo descubriera.

Lo que jamás imaginé fue que Verónica fuera tan descarada. Edwin no estaba nada mal. Hacía ejercicio con frecuencia y tenía los abdominales bien marcados. En ese momento estaba encerrado en su cuarto, viendo el video y masturbándose a solas.

Me alejé del cuarto en silencio y me senté en el sofá. Pensar que yo apenas me conformaba con desahogarme con la ropa de Arleth me dejó un sabor amargo.

Al día siguiente le dije a Edwin que invitara a Arleth y a su madre a comer en casa. Mi hijo me miró con recelo. Le expliqué:

—Todo este tiempo nos han ayudado con el idioma de aquí; hay que agradecerles.

En cuanto entendió la idea, llamó enseguida a Arleth y a su madre.

Apenas cruzaron la puerta, vi que Arleth llevaba una minifalda muy sexy y unas medias negras que resaltaban sus piernas largas y bien torneadas.

Completaba el uniforme con una blusa blanca y una corbata negra. Era pura seducción con uniforme. Sonrió y mostró un par de colmillitos:

—Buenas noches —dijo, coqueta.

Sentí que se me calentaba la sangre y no pude evitar que se me pusiera firme. Llevaba unos shorts holgados y el bulto se me marcaba muchísimo. Arleth se rio al verlo.

—No imaginé que la tuviera tan grande.

Esta muchachita resultó ser una zorrita de cuidado, nada tímida. Me alegré. Cuando llegara el momento de darme un gusto con ella, ¿no me iba a salir más fácil? Verónica le dio una nalgada:

—Venimos de visita, pórtate bien. No actúes como si estuvieras en casa.

Llevaba un vestido de maternidad holgado y tenía una mancha de leche en el pecho. A su edad, y encima con las hormonas alborotadas, seguro estaba muy necesitada. Edwin no apartaba la mirada de la mancha de leche de Verónica y tragaba saliva una y otra vez.

Él había perdido a su madre cuando era pequeño; que le gustara una mujer así era hasta comprensible. Los invité a pasar. Al entrar, Arleth se me pegó a propósito.

Su trasero, grande, firme y rebotante, me rozó la entrepierna y se me restregó encima. Una sensación deliciosa me subió desde la entrepierna y me puso más duro.

Si así, con ropa de por medio, ya se sentía tan rico, probarlo sin nada encima sería una delicia imposible de imaginar...

No pude evitar apretarme un poco ahí abajo; se me agitó la respiración y respiré hondo para llenarme de su aroma.

Arleth volteó, me guiñó un ojo y gimió bajito. Ese gemidito me estremeció entero. Hasta entonces solo me atrevía a robarle la ropa, y ahora, con ese contacto tan cercano, hasta las piernas me flaqueaban.

Edwin acompañó a Verónica al sofá, sin apartar la mirada de su enorme pecho. Verónica lo atrajo a su regazo y lo apretó bien fuerte contra el pecho. Qué descarados eran los dos; se notaba que lo suyo no era nada normal.

Arleth, al verlo, dijo en tono burlón:

—Si delante de usted son así de cariñosos, ¿por qué no me trata igual a mí?

Al decirlo, me miró con una picardía descarada. Verónica contestó:

—¡Ni se atreva! Mi hija es muy linda, podría estar con quien ella quisiera.

Esas palabras me trajeron de vuelta a la realidad. Pero los coqueteos de Arleth me tenían el corazón descontrolado.

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