MasukCerré el portátil con más fuerza de la necesaria y me permití dejar caer la cabeza sobre el respaldo del sofá. Empezaba a sospechar que aquellas páginas de empleo se reían de mi cada vez que las abría. No importaban cuántas ofertas aparecieran; todas acababan terminando igual. O pedían una experiencia imposible, o un título que no tenía, o alguien que estuviera dispuesto a trabajar doce horas diarias por un sueldo que apenas alcanzaba para pagar el abono transporte.
Opté por soltar un suspiro y me pasé una mano por la cara. No podía permitirme el lujo de rendirme, pero tampoco iba a negar que comenzaba a estar agotada. Llevaba un mes entero viviendo de mis ahorros y, si seguía así, en una semana tendría que elegir entre pagar el alquiler o llenar la nevera. Y, siendo sincera, ninguna de las dos opciones era precisamente negociable. Volví a abrir el ordenador y actualicé la página una vez más. No esperaba encontrar nada diferente, pero era incapaz de dejar de seguir intentando. Mientras la pantalla cargaba, tamborileé los dedos sobre la mesa de centro y observé de reojo el montón de currículums que había impreso el día anterior. Algunos tenían anotaciones, otros estaban doblados por haber ido de entrevista en entrevista dentro del bolso. Cada uno representaba una oportunidad que no había salido bien. El simple hecho de pensar en ello me resultaba frustrante, así que no me quedó de otra más que concentrarme en la pantalla. Al hacerlo una nueva oferta apareció en primer lugar y sonreí por puro instinto… hasta que leí los requisitos. —Pues nada… ya solo me falta hablar alemán, japonés y quizás también con los marcianos. Negué con la cabeza y seguí bajando. Fue en ese instante cuando mi móvil empezó a vibrar sobre la mesa. Lo tomé sin siquiera mirar de quien se trataba, convencida de que tal vez seria otra llamada publicitaria, pero al ver el nombre en la pantalla una sonrisa se me escapó sin pedir permiso. Era Nora. Así que no vacilé en contestar mientras me acomodaba otra vez en el sofá. —¿Qué pasa, pesada? —pregunté con naturalidad. Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio antes de que estallara una carcajada que reconocería entre mil. Nora tenía esa capacidad de reírse como si el mundo fuese infinitamente más sencillo de lo que realmente era, y, aunque jamás se lo admitiría en voz alta, muchas veces conseguía contagiarme. —Qué manera tan bonita de saludar a tu mejor amiga. Una viene preocupada y recibe esto. Muy feo, Ellie —se quejó Nora. No sé en qué momento sucedió, pero me encontraba sonriendo sin siquiera darme cuenta. —Ya sabes que es mi forma de demostrar cariño. Si algún día te trato con demasiada educación, empieza a preocuparte. —Entonces me quedo mucho más tranquila. Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y comencé a juguetear con un bolígrafo que había sobre la mesa. —Bueno, cuéntame. ¿Qué haces? —termine por preguntar. —Esperando. —¿Esperando que? —inquirí frunciendo el ceño. —A que abras la ventana —terminó de agregar Nora. Terminé por incorporarme de golpe. —¿Cómo que abra la ventana? —Hazme caso. Me aproximé al salón y aparte un poco la cortina. En cuanto observé hacia abajo no pude evitar soltar una risa. Allí se encontraba Nora, recostada tranquilamente sobre su coche, con un vaso de café en una mano y saludándome con la otra como si llevara media vida esperándome. Incluso desde un tercer piso podía distinguir aquella sonrisa suya que siempre anunciaba problemas… o aventuras. Porque con ella era difícil saber dónde terminaba una cosa y empezaba la otra. —Estás fatal —susurré divertida. Ella señaló el portal con un gesto deliberado. —¿Piensas quedarte mirándome desde ahí o vas a dejarme subir? —Sube, anda. Colgué la llamada todavía sonriendo y apenas tuve tiempo de depositar el móvil encima de la mesa cuando escuché el timbre sonar. Me dirigí hacia la puerta la abrí y Nora ingresó como si aquel piso también fuera suyo, algo que, después de tantos años de amistad, ya era prácticamente cierto. Se quitó las gafas de sol, dejó el café sobre la encimera de la cocina y me miró durante varios segundos sin decir absolutamente nada. Y no puedo negar que aquello me puso nerviosa. —¿Qué pasa? —le pregunté. Ella simplemente continúo mirándome. —Nada —dijo con su mirada fija en mí. —Nora… —pronuncié su nombre viéndola de reojo. —Solo estaba comprobando una cosa. —¿Qué cosa? —inquirí mientras cruzaba los brazos. —Que tienes exactamente la misma cara que pone mi hermano cuando suspende un examen. No pude evitar poner los ojos en blanco. —Muchas gracias por subir a animarme. —Para eso están las amigas —soltó con toda la naturalidad del mundo. Le deposité un pequeño empujón en el hombro al pasar junto a ella y ambas terminamos riéndonos. Agradecía que estuviera allí. Porque con Nora todo parecía un poco menos complicado, incluso los días en los que llegaba a sentir que el mundo entero se empeñaba en ponerme la zancadilla. Mientras tomaba asiento en el sofá, su mirada se detuvo en el portátil abierto, en los currículums esparcidos por toda la mesa y en la libreta donde había ido anotando empresas, teléfonos y fechas de entrevistas. Ni siquiera necesitaba preguntar demasiado para hacerse una idea de cómo había pasado la mañana. —Ha venido la señora Martha, ¿verdad? —preguntó sin vacilar. La sonrisa que había llevado momentos antes desapareció poco a poco. Y no me quedó de otras más que bajar la vista hacia mis manos y asentí despacio. —Sí. Ha estado aquí hace menos de media hora. Nora optó por guardar silencio, dándome tiempo para continuar. Era una de las cosas que más me gustaban de ella. Sabía cuando hacer bromas y cuando simplemente escuchar. —Me ha dado una semana. Dice que entiende que me despidieran y que no esté siendo fácil encontrar otra cosa, pero también tiene razón cuando dice que ella no puede esperar eternamente. Si dentro de siete días no consigo darle al menos una parte de lo que le debo, volverá a poner el piso en alquiler. Pronunciar aquellas palabras en voz alta hizo que sonara mucho más reales. Pero Nora solo se permitió dejar escapar el aire lentamente y negó con la cabeza. —Vaya faena… —Ya ves. Me encogí de hombros intentando restarle importancia, aunque ninguna de las dos se tragó el intento. —No quiero volver a casa de mis padres, Nora. Los quiero muchísimo, pero mi madre me prepararía croquetas todos los días y mi padre aprovecharía cualquier oportunidad para recordarme que “ya me lo decía el”. No sobreviviría ni una semana. Aquello había conseguido arrancarle una carcajada. —Tu padre es muy de soltar esas frases. —Muchísimo. Si mañana llueve, también dirá que ya lo veía venir. Las dos nos reímos durante unos segundos, y por primera vez en toda la mañana sentí que el peso que llevaba encima era un poquito más ligero. Nora se inclinó hacia delante y apoyo los antebrazos sobre sus rodillas. La sonrisa divertida que adornaba su rostro había desaparecido y fue sustituida por una expresión mucho más seria. —Ellie… creo que puedo ayudarte —soltó finalmente. La observe con curiosidad. —¿Cómo? Ella me sostuvo la mirada por unos segundos antes de contestar. —Esta mañana una clienta del salón me habló de una familia que está buscando a alguien de forma urgente. Pagan muy bien y necesitan incorporar a esa persona cuanto antes. —¿Qué clase de trabajo es? —pregunté frunciendo ligeramente el ceño. —Eso… prefiero contártelo con calma —agregó Nora sonriendo de lado.El trayecto hasta el aeropuerto transcurrió sin demasiadas palabras. Aproveché el silencio para revisar una última vez los documentos que Daniel me había enviado al teléfono. El asunto de Berlín estaba lejos de terminar, pero ya teníamos suficiente información para que el equipo jurídico pudiera avanzar mientras yo regresaba a Madrid. Stefan Keller seguía siendo una pieza importante y Martin, aunque no parecía ser el responsable directo, definitivamente estaba ocultando algo. No sabía todavía qué relación exacta existía entre ellos, pero pensaba averiguarlo. Lo que sí sabía era que no quería pasar otra noche en Berlín. Quería volver a casa. Quizá porque llevaba varios días fuera. Quizá porque había prometido a los niños que intentaría regresar pronto. O quizá porque, después de todo lo ocurrido durante las últimas semanas, había empezado a acostumbrarme a encontrar la casa funcionando de una manera que no dependía exclusivamente de mí. Cuando llegué al aeropuerto, Daniel me llamó a
┃ LOGAN BROOKS ┃A las ocho en punto de la mañana ya estaba sentado en la sala de reuniones de la sede de Berlín.Había dormido poco, aunque no podía decir que estuviera cansado. Cuando tenía un problema pendiente, mi cabeza se encargaba de mantenerme despierto mucho antes de que el cuerpo pudiera reclamar descanso. Sobre la mesa tenía las copias de las facturas, los movimientos bancarios, los correos electrónicos recuperados por el departamento de informática y un informe de recursos humanos sobre Martin Weiss. Todo estaba ordenado por fechas.Daniel estaba sentado a mi derecha con el portátil abierto. Frente a nosotros, dos personas del departamento jurídico revisaban en silencio la documentación. Nadie hablaba demasiado. No era una reunión para intercambiar opiniones sin fundamento; necesitábamos respuestas.La puerta se abrió unos minutos después. Martin Weiss entró acompañado por un abogado. Lo reconocí inmediatamente, aunque habían pasado casi diez meses desde la última vez que
Me llevé dos dedos al puente de la nariz mientras ella intentaba no reírse. No sabía qué resultaba más preocupante: que mis hijos hubieran encontrado una niñera dispuesta a seguirles el juego o que, desde que ella había llegado, las bromas terminaran con menos gritos y más limpieza.—¿Se asustaron? —pregunté, a pesar de saber que probablemente no debería estar interesado.—Muchísimo durante unos cinco segundos. Después Liam descubrió que había sido yo y casi se ofendió porque le gané con su propio altavoz.La imagen apareció en mi cabeza antes de que pudiera evitarlo. —No vuelva a hacerlo.Ellie ladeó la cabeza. —¿A devolverles una broma?—A asustarlos.—No estaban realmente asustados.—Cinco segundos siguen siendo cinco segundos.Ella me sostuvo la mirada a través de la pantalla y la expresión divertida disminuyó un poco. —Está bien. Lo tendré en cuenta.No discutió más. Aquello me sorprendió. Ellie podía responder a casi cualquier cosa con una broma, pero también parecía saber cuánd
┃ LOGAN BROOKS ┃En cuanto Ellie apartó un poco el teléfono para dejarme ver a los niños, desapareció cualquier posibilidad de mantener una conversación ordenada. Liam empezó a explicarme que habían tenido que completar varias pruebas para encontrar un tesoro, Oliver lo interrumpió porque, según él, estaba contando la historia mal y Chloe intentó hablar por encima de los dos para aclarar que la idea de ir a los bolos había sido una decisión de equipo. Los escuché durante un rato sin detenerlos. Había pasado prácticamente todo el día encerrado entre reuniones, abogados y documentos, así que, por extraño que resultara, oír a mis hijos discutir sobre una torre de vasos me pareció bastante más agradable que escuchar otra explicación sobre facturas falsas.—Uno cada vez —les pedí finalmente, apoyando el teléfono contra una botella de agua de la habitación—. Si habláis los tres al mismo tiempo, no entiendo a ninguno.Liam levantó una mano delante de la cámara como si estuviera en clase.—E
Les entregué la pista y los tres salieron hacia el recibidor. La primera frase decía que buscaran «donde alguien que llega tarde debería mirar antes de salir de casa». Tardaron poco en dirigirse al reloj de la entrada. Y solo me tocó quedarme mirándolos con los brazos cruzados. —Eso iba por mí, ¿verdad? —pregunté. Liam levantó el sobre que acababa de encontrar debajo de la maceta. —Tú escribiste las pistas. —Es verdad. Me he atacado a mí misma. —Necesitas trabajar tu autoestima —comentó Oliver con una expresión seria. —Abre el sobre. La segunda prueba consistía en construir una torre con diez vasos de plástico utilizando únicamente una mano cada uno. Aquello parecía fácil hasta que Liam quiso dirigir a los otros dos, Oliver decidió que su sistema era mejor y Chloe comenzó a quitar vasos porque aseguraba que estaban torcidos. —No podéis tocar el vaso que ya ha colocado otro —les recordé mientras observaba desde el sofá. —Entonces Liam tiene que dejar de ponerlos mal —protestó C
Después del asunto del fantasma, pensé que los trillizos volverían a su comportamiento habitual. Durante un rato fue exactamente así. Liam y Oliver discutieron por quién había tenido la idea original del altavoz, Chloe aseguró que ella había sido la mejor actriz y los tres intentaron convencerme de que devolverles el aparato antes de la cena era lo justo. Pero no lo consiguieron. Sin embargo, cuando terminaron los deberes y empezó a hacerse de noche, la casa volvió a quedarse demasiado tranquila. Esta vez no sospeché ninguna broma. Liam miraba el teléfono que había dejado sobre la mesa cada pocos minutos, Oliver fingía leer un cómic sin pasar de página y Chloe llevaba demasiado tiempo sentada junto a la ventana del salón, abrazando un cojín contra el pecho.No hacía falta preguntar qué ocurría. Logan había dicho que llamaría cuando pudiera, pero todavía no lo había hecho. Miré el reloj de pared. Eran poco más de las seis. Seguramente seguiría trabajando y los niños lo sabían, pero sa







