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Capítulo 5

Penulis: Histoire
last update Tanggal publikasi: 2026-09-14 14:31:06

Capítulo 5

Lina

El día apenas amanece. Una luz gris se filtra entre las cortinas, lo suficiente para que vea su cuerpo dormido a mi lado.

Es magnífico. Las sábanas subidas hasta sus caderas, su pelo castaño desordenado sobre la frente, sus labios entreabiertos. Respira lenta, profundamente, como un hombre que nunca tiene nada que temer.

Lo miro unos segundos. Demasiado tiempo.

Su rostro en reposo es más dulce que anoche. La tensión ha desaparecido, la mandíbula ya no está apretada, los pliegues alrededor de su boca se han alisado. Parece más joven. Menos peligroso.

Es un señuelo. Sé que al despertar, el hielo volverá. Sus ojos grises se abrirán, me mirarán como se mira a una extraña, quizá con un poco de vergüenza, quizá con nada. No quiero ver eso.

No quiero darle la oportunidad de decir que esta noche no fue nada.

Así que me levanto. Lo más silenciosamente posible.

Mi ropa está esparcida por la alfombra. Mi vestido azul marino, arrugado. Mis tacones, uno cerca de la puerta, el otro bajo el sillón. Mi ropa interior fina, que me quité anoche en un gesto que no lamento.

Me visto conteniendo la respiración. Cada movimiento es un riesgo. La cremallera chirría, me quedo inmóvil. No se mueve. Duerme.

Recojo mi bolso, mis pendientes de la mesita de noche. Al cogerlos, veo sus dedos, apoyados en la almohada, donde estaba mi cabeza. Son largos, finos, hermosos. Dedos que me han acariciado, que me han sostenido.

Desvío los ojos.

No miro su rostro una última vez. No quiero grabar sus rasgos en mi memoria. Quiero olvidar. Olvidar su perfume, olvidar el calor de su piel, olvidar la forma en que dijo mi nombre —el que inventó— con una dulzura que no habría creído posible.

Camino hacia la puerta. Mis pies están descalzos, mis tacones en la mano. La alfombra es mullida, amortigua mis pasos.

El pomo está frío. Giro suavemente. La puerta se abre sin un ruido.

Asomo la cabeza al pasillo. Vacío. Las luces están atenuadas, la hora es demasiado temprana para los clientes, demasiado tardía para el personal. Perfecto.

Salgo. Cierro la puerta detrás de mí, sin golpear, empujándola hasta que el cerrojo encaja con un clic apenas perceptible.

En el pasillo, me agacho para ponerme los tacones. Mis manos tiemblan. No es el frío. Es la conciencia de que acabo de pasar la noche con un desconocido, sin ninguna garantía, sin ningún mañana.

Nunca había hecho esto. Nunca había sido esa mujer. La que se acuesta con un hombre conocido la víspera, sin siquiera saber su nombre, sin preguntarle si está casado, si es peligroso, si tiene enfermedades. He sido estúpida. He sido libre.

No me arrepiento de nada.

Recorro el pasillo. Mis pasos resuenan en la moqueta espesa. Llego al ascensor, subo, bajo a la planta baja. La recepción del hotel está desierta. Un solo recepcionista, ocupado al teléfono, ni siquiera me ve.

Salgo a la calle.

Valésia, al amanecer, es de una belleza cruda. El sol aún no ha salido, pero el cielo es lavanda, casi rosa, y las fachadas de los edificios captan esa luz frágil. Las calles están vacías. Un barrendero pasa con su carrito, indiferente. Una panadería abre sus persianas, el olor del pan caliente flota en el aire.

Camino. No sé a dónde. Solo tengo una idea en mente: alejarme de esa suite, de ese hombre, de esa noche que podría romperme si la dejara ocupar demasiado espacio.

Mi cuerpo está dolorido. Mis muslos, mi espalda, mis hombros. Marcas en mi piel que descubriré al desvestirme, rojeces donde sus manos presionaron, donde sus dientes mordieron.

Debería tener vergüenza. No tengo vergüenza.

Tengo miedo.

Miedo de querer repetir. Miedo de pensar en sus ojos grises y tener ganas de volver a verlos. Miedo de que esta noche no sea un simple paréntesis, sino el comienzo de algo que no puedo controlar.

Me detengo frente a una fuente. El agua corre, clara, viva. Me inclino, mojo mis muñecas, mi nuca. El agua helada me despierta, borra los últimos vestigios de champán, los últimos restos de ebriedad.

Me miro en el agua que gira. Mi reflejo está deformado, irreconocible.

—Viniste a Valésia para olvidar —me digo en voz alta—. Así que olvida.

Un transeúnte me lanza una mirada curiosa. Me enderezo, aliso mi vestido, me coloco el pelo detrás de las orejas.

Camino hacia el hotel donde dejé mi maleta. Tomaré una ducha, me cambiaré de ropa, volveré a ser una mujer respetable. Una analista financiera. Una empleada modelo. No la chica que se acuesta con desconocidos en suites imperiales.

Mi teléfono vibra. Eva. Un mensaje: ¿Qué tal la noche? ¿Conociste a alguien?

Tecleo una respuesta vaga: No. Solo dormí.

Mentira.

Guardo el teléfono. El sol empieza a despuntar entre los edificios, proyectando sombras largas sobre el pavimento. La ciudad despierta. La gente sale, los cafés abren, la vida continúa.

Yo también voy a continuar.

Voy a olvidar su nombre, que no conozco, su rostro, que no quiero recordar, su piel ardiente contra la mía.

Voy a olvidar esta noche.

Lo debo.

Al llegar al hotel, cojo mi maleta, pago mi habitación. La recepcionista me sonríe, me desea un buen día. No le devuelvo la sonrisa.

Fuera, pasa un taxi. Lo detengo.

—A la estación, por favor.

En el coche, miro Valésia desfilar. Los jardines colgantes, las cúpulas doradas, los puentes de piedra. Esta ciudad me ha ofrecido una noche de olvido. No se lo reprocho.

En la estación, compro un billete para volver a casa. No al apartamento que compartía con Marc —no puedo volver allí—. A casa de Eva, el tiempo de encontrar un nuevo alojamiento, un nuevo comienzo.

El tren entra en la estación. Subo. Elijo un asiento junto a la ventana.

Cierro los ojos.

Pienso en sus manos sobre mi piel. Ahuyento la imagen.

Pienso en su voz grave. Ahuyento el sonido.

Pienso en sus ojos grises. No consigo ahuyentarlos.

El tren se pone en marcha. Valésia se aleja.

No lloro. No lloraré por un desconocido. No lloraré por una noche sin mañana.

Soy Lina Varel. Soy fuerte. Voy a pasar página.

Una página en blanco.

Sin él.

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