MasukCapítulo 4
Adrián
No la he buscado. Ella ha venido a mí, como una ola contra una roca.
La puerta de la suite imperial se cierra de golpe detrás de nosotros. Mis dedos aún están impregnados del calor de su muñeca, esa que atrapé en el ascensor para impedirle huir. No quería huir. Sus ojos brillaban con un destello de desafío, sus labios entreabiertos sobre una provocación que no tuvo tiempo de formular.
La besé en el ascensor.
El recuerdo de ese beso me atraviesa como un relámpago. Su boca era cálida, salada de champán, impaciente. Respondió con una furia igual a la mía, como si nos conociéramos de siempre, como si tuviéramos algo que demostrarnos.
Ahora estamos en la suite. Las cortinas de terciopelo están corridas sobre la ciudad de Valésia. Una sola lámpara ilumina la habitación, una luz dorada que danza sobre las sábanas blancas, sobre su piel.
Está de pie frente a mí, a unos pasos. Su vestido azul marino está ligeramente desabrochado en un hombro. Su pelo castaño cae desordenado sobre su rostro. No sonríe. Me mira, y en su mirada hay rabia, deseo, y algo más frágil que no quiero nombrar.
—Ni siquiera sé tu nombre —dice.
—No lo necesitas.
—Eso crees.
Doy un paso hacia ella. No retrocede. Pongo mi mano en su nuca, mis dedos en su pelo. Su piel es suave, cálida. Su pulso late rápido bajo mi pulgar.
—Esta noche, solo estamos nosotros —digo—. Sin pasado, sin futuro. Solo esta noche.
—Solo esta noche —repite.
Es un acuerdo. Un pacto sellado entre dos desconocidos que se han elegido para olvidarse.
Sus manos suben por mi pecho, rozan mi chaqueta, la empujan de mis hombros. El tejido resbala, cae al parqué. Desabrocho mi cinturón, mi camisa. Ella mira mis brazos, mis hombros, lo que la luz revela de mí. No soy un hombre acostumbrado a que me desnuden bajo la mirada de una mujer, pero esta noche todo es diferente.
Sus dedos tiemblan. Apenas es visible, pero lo siento. Tiene miedo. O ha esperado demasiado. No lo sé. No quiero saberlo.
Deslizo la tirante de su vestido. La otra. El tejido cae alrededor de su cintura, revela sus pechos, su vientre, las curvas que había adivinado desde el lounge. Mi respiración se acelera a pesar de mí.
—Eres magnífica —digo.
—No me digas eso.
—Es un hecho, no un cumplido.
Ríe, una risa corta, casi amarga. Luego pone sus manos en mis caderas, tira de mi camisa fuera del pantalón. Sus palmas están frescas contra mi piel ardiente.
Nos besamos de nuevo. Más profundo. Su lengua contra la mía, sus dientes que muerden mi labio inferior. Es salvaje, desesperada, como si esta noche fuera la última.
La levanto sin esfuerzo. Sus piernas se enrollan alrededor de mi cintura. Siento el calor de su cuerpo a través del tejido fino de su ropa interior, y una ola de deseo me invade, brutal, incontrolable.
La llevo hasta la cama. La deposito sobre las sábanas blancas. Se tumba, su pelo esparcido sobre la almohada, sus ojos fijos en mí. La luz la envuelve, la vuelve irreal. Parece una aparición, una criatura de sueño que el despertar va a disipar.
—No quiero saber quién eres —dice.
—No lo sabrás.
Me inclino sobre ella. Mis labios descienden por su cuello, su clavícula, más abajo. Arquea la espalda, sus dedos se hunden en mi pelo. Un sonido escapa de su garganta, un suspiro, un gemido.
La acaricio donde necesita. Sus caderas se elevan a mi encuentro. Murmura mi nombre —el que ella me ha inventado— y no la corrijo. Soy cualquiera. Soy nadie. Soy solo este hombre que la hace arder.
Me atrae contra ella, desabrocha mi cinturón, desabotona mi pantalón con gestos impacientes. Su mano encuentra mi piel, otra vez. Contengo un grito.
—Ahora —dice.
—¿Estás segura?
—Ahora.
La tomo. En un movimiento lento, profundo, como se entra en un agua helada. Se tensa, luego se relaja, sus dedos aferrados a mis hombros. Nuestras miradas se cruzan. El tiempo suspende su vuelo.
Me muevo, primero lentamente, luego más rápido. Ella responde a cada movimiento, sus caderas que se elevan a mi encuentro, sus uñas que labran mi espalda. El dolor y el placer se mezclan. Olvido quién soy. Olvido los expedientes, los consejos de administración, el peso del nombre Kessler. Ya no hay más que ella, sus ojos oscuros, su boca entreabierta, sus piernas que me aprietan.
Nuestros alientos se confunden. La lámpara proyecta nuestras sombras danzantes en las paredes. La cama cruje suavemente al ritmo. Ella grita mi falso nombre, yo aprieto los dientes para no gritar el suyo.
El orgasmo la atraviesa como una ola. La miro caer, sus rasgos deshacerse, su boca abrirse en un silencio absoluto. Es hermoso. Es terrible. Soy un voyeur de su goce, y sin embargo soy el artífice.
Me autorizo finalmente a soltarme. El placer me golpea, violento, casi doloroso. Me hundo en ella, mi rostro en su cuello, su pelo contra mis mejillas. Tiemblo. Nunca tiemblo.
Mucho después, me quedo en ella. No quiero moverme. Ella tampoco. Sus dedos acarician suavemente mi nuca, un gesto tierno, casi íntimo, que no tiene lugar en un acuerdo sin promesas.
—No hay que decirse nada —murmura ella.
—Nada.
Me retiro. Me tumbo a su lado. Su cuerpo está cálido contra el mío, su aliento regular. La lámpara difunde su luz dorada, y miro el techo, las vigas aparentes, los dorados. No pienso en nada. No quiero pensar en nada.
Se gira hacia mí. Su mano busca la mía, nuestros dedos se entrelazan.
—Gracias —dice.
—¿Por qué?
—Por haber estado ahí.
Cierra los ojos. Unos minutos después, su aliento se apacigua, su mano se distiende. Duerme.
Yo no duermo. La miro. Sus pestañas negras sobre sus mejillas pálidas, su boca ligeramente entreabierta, su pelo desordenado. Es bella, de una belleza frágil que no habría notado en el lounge. Ahí, en la intimidad de esta suite, ya no es una desconocida provocadora. Es una mujer. Una mujer que no volveré a ver.
Lo sé. Es mejor así.
Las horas pasan. La lámpara parpadea. La ciudad de Valésia se duerme más allá de las cortinas. No cierro los ojos. Memorizo cada detalle: la curva de su cadera, el olor de su pelo, la suavidad de su piel contra la mía. Recuerdos que guardar en una caja sellada.
Capítulo 56AdrianEl avión aterriza en París con un rugido de reactores que no logra cubrir el tumulto de mis pensamientos, esa tormenta que hace estragos en mi cabeza desde hace cuarenta y ocho horas, desde que recibí esa foto, desde que vi a ese niño de ojos gris acero y sonrisa radiante, desde que leí ese mensaje que hizo saltar por los aires todo lo que creía saber. Se llama Liam. Tiene dos años. Es tu hijo. Las palabras giran en mi cabeza, martillean mis sienes, cavan un surco de fuego en mi pecho, y no sé qué es más fuerte, si la rabia, la incredulidad, el dolor o esa alegría salvaje que pulsa en mis venas como un alcohol demasiado fuerte. Un hijo. Tengo un hijo. Yo, Adrian Kessler, el Director Glacial, el hombre que todo el mundo cree incapaz de amar, soy padre. Y no lo sabía.No he respondido al mensaje de Lina. No he podido, no he sabido, no he encontrado las pal
Capítulo 55LinaA la mañana siguiente, estoy sentada en la cama de mi habitación de hotel, con los ojos fijos en el teléfono que sostengo entre mis dedos temblorosos. La noche ha sido larga, poblada de pesadillas en las que veía sin cesar el rostro de Adrian, sus ojos grises llenos de dolor y de rabia, sus labios sobre los míos, el sabor de la sangre. Y luego Anaïs, siempre Anaïs, esa sombra que me persigue desde hace años, que parece decidida a destruir todo lo que construyo.No he conseguido hablarle a la cara, no he conseguido decirle la verdad. Pero hay otro medio. Un medio cobarde quizá, un medio distante, pero un medio que no podrá ser interrumpido por primas vengativas ni padres tiránicos. Tomo mi teléfono, abro mi galería de fotos, y deslizo las imágenes hasta encontrar la que busco. La foto que tomé la semana pasada, en el parque junto a nuestro
Capítulo 54LinaEl beso de Adrian aún me quema en los labios, ese beso salvaje y desesperado que me ha dejado temblando, los labios ensangrentados, el corazón hecho trizas, el alma al descubierto. Hemos permanecido mucho tiempo en los jardines, abrazados el uno al otro, sin hablar, sin movernos, solo mecidos por el canto lejano de la fuente y el perfume de las rosas que flotaba en el aire nocturno. Luego me ha tomado de la mano, me ha llevado de vuelta al interior del hotel, y hemos atravesado el salón de baile sin mirar a nadie, ignorando las miradas curiosas, los murmullos, las preguntas mudas. Victoria, la mujer que estaba a su brazo, ha desaparecido sin que yo sepa dónde ni cómo, y no he hecho preguntas. No tenía fuerzas, no tenía ganas. Todo lo que quería era hablarle, decirle por fin la verdad, confesarle que nunca lo traicioné, que siempre lo amé, que tenemos un hijo.Ahora esta
Capítulo 53AdrianEstá ahí, frente a mí, con los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos sobre una confesión que no llega, las manos temblorosas que se retuercen la una contra la otra como si buscara arrancarse las palabras que no se atreve a pronunciar. La luz de la luna acaricia su rostro, esculpe sus pómulos, hace brillar sus iris avellana con un destello que me vuelve loco, que me embriaga, que me vuelve violento. Dos años. Dos años que desapareció, dos años que me dejó solo con esa carta que me desgarró el corazón, dos años que me consumo en el silencio y la soledad, y he aquí que vuelve, que se planta delante de mí, que murmura promesas de explicaciones sin darlas nunca.—Adrian —dice con una voz temblorosa, una voz que se quiebra en mi nombre—, sé que estás furioso, sé que no comprendes, p
Capítulo 52AdrianLa copa se rompe en mi mano antes incluso de que comprenda lo que está pasando, antes de que mi cerebro registre la presión de mis dedos, antes de que el dolor suba por mi brazo. Un instante sostengo mi copa de champán, finjo escuchar las banalidades de ese ministro que me habla de fiscalidad, de tipos impositivos, de reformas futuras, y al instante siguiente, el cristal estalla bajo la presión de mis dedos, esquirlas afiladas se hunden en mi palma, y la sangre empieza a correr, caliente, roja, pegajosa, manchando el mantel blanco, chorreando sobre el puño de mi camisa. A mi alrededor, gritos ahogados, exclamaciones de sorpresa, manos que se tienden para ayudarme, camareros que acuden con servilletas, pero no veo nada, no oigo nada, no siento nada. Nada más que esa mirada. Esa mirada avellana que acaba de atravesar la sala y golpearme en pleno corazón, como una flecha, como una bala, como una pu
Capítulo 51LinaValésia no ha cambiado. Sus avenidas bordeadas de palmeras que se balancean suavemente con la brisa de junio, sus fuentes cantarinas que murmuran melodías olvidadas, sus cúpulas doradas que centellean bajo el sol como promesas de riqueza y de poder, todo está exactamente como en mi recuerdo, como si el tiempo se hubiera detenido el día en que huí de esta ciudad llorando bajo una lluvia torrencial. Pero yo he cambiado. Ya no soy la joven mujer rota que subía a un avión con una maleta y el corazón hecho trizas, que miraba por la ventanilla la torre Kessler desaparecer entre las nubes murmurando un adiós definitivo. Soy Lina Varel, madre de un niño de dos años, una mujer que ha sobrevivido al exilio, a la soledad, a las amenazas de un hombre sin escrúpulos. Y he vuelto para luchar.Es una reunión de antiguos alumnos la que me sirve de pretexto, una velada organizada en los salones del hotel de los Embajadores, el mismo hotel donde todo comenzó, donde había tomado una hab







