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Capìtulo 2

作者: Histoire
last update 公開日: 2026-09-14 14:26:36

Capítulo 2

Lina

El lounge se llama «Noche Persa». Está escondido en el último piso de un palacete, accesible por un ascensor forrado de terciopelo rojo. He pagado la entrada cincuenta euros, ni siquiera lo he calculado. Mi tarjeta de crédito pagará los daños mañana. Esta noche, solo quiero dejar de pensar.

La sala es magnífica. Farolillos de cobre suspendidos del techo difunden una luz ambarina, cálida, irreal. Las paredes están cubiertas de mosaicos azules y oro, motivos geométricos que danzan cuando entrecierro los ojos. La barra, de mármol negro, se extiende a lo largo de toda la sala. Detrás, botellas alineadas brillan como joyas.

Mujeres con vestidos largos, hombres con trajes perfectamente cortados. Risas ahogadas, copas que tintinean, una música lenta con acentos de violonchelo. Todo es lujo, calma y voluptuosidad. Y yo, estoy sentada en un taburete de cuero, los codos en la barra, mirando el fondo de mi vaso.

—¿Más champán, señorita?

El barman tiene una voz suave, una sonrisa profesional.

—Sí. Deje la botella.

Levanta una ceja, pero sirve. La copa se llena de oro burbujeante. Bebo. El primer sorbo es fresco, un poco amargo. El segundo es más dulce. El tercero empieza a adormecer el dolor.

No es suficiente. Nada será suficiente.

Marc. Anaïs. Sus nombres giran en mi cabeza como insectos. Los ahuyento, vuelven. Bebo, retroceden. Bebo más.

No sé cuánto tiempo llevo aquí. Una hora, dos horas. A mi alrededor, los rostros cambian, las conversaciones también. No miro a nadie. Estoy en una burbuja de champán y de cólera contenida.

Mi vestido es el mismo de antes, este azul marino que a Marc le gustaba. No me lo he cambiado. No he tenido el valor de abrir mi maleta. Me lo puse al salir de la ducha, con el pelo aún húmedo, sin maquillaje, sin nada. Una mujer a la deriva en una ciudad que no conoce.

Bebo un nuevo sorbo. Mi tercera copa, o cuarta. La sala gira un poco, pero no lo suficiente. Quiero que todo gire. Quiero olvidar hasta mi nombre.

Es entonces cuando siento una mirada.

No lo he visto llegar. No lo he buscado. Pero de pronto, mi nuca se eriza, mis hombros se tensan. Alguien me mira. No como los otros clientes que me han lanzado un vistazo rápido antes de volver a sus asuntos. No. Este me fija. Insistente. Pesado.

Giro lentamente la cabeza.

En un rincón del lounge, apartado de los grupos, un hombre está sentado solo en un profundo sillón de cuero coñac. Sostiene un vaso de whisky, apenas empezado. Su traje es de un gris oscuro, casi negro, cortado en un tejido que capta la luz de los farolillos. Sin corbata. Una camisa blanca abierta en el cuello, dejando ver una garganta fina, un bronceado invernal.

Su rostro está esculpido, ángulos netos, una mandíbula apretada. El pelo castaño peinado hacia atrás, despejando una frente amplia, unas sienes ligeramente canosas. Tiene treinta y tantos, quizá más. Pero no es su rostro lo que me golpea primero.

Son sus ojos.

Ojos grises. No el gris claro de los días de lluvia, no. Un gris de acero, brillante, casi metálico. Ojos que no parpadean, que no sonríen, que no juzgan siquiera. Observan. Registran. Y no sueltan nada.

El hombre tiene un vaso en la mano, pero no bebe. Lo hace girar entre sus dedos, lentamente, el líquido ámbar ondula contra las paredes. Sus manos son largas, finas, sin alianza.

Me mira.

Podría desviar la cabeza. Podría hacer como si no lo hubiera visto, como si su mirada no pesara toneladas sobre mi nuca. Pero el champán me ha quitado toda prudencia, todo pudor. Yo también lo miro. Fijamente. Un duelo silencioso entre dos desconocidos.

No sonríe. No desvía los ojos. Su rostro permanece perfectamente impasible, como una máscara. Solo una ínfima contracción de su mandíbula delata un pensamiento, una emoción que no sé descifrar.

Levanto una ceja. No responde. Alzo mi copa en su dirección, un gesto irónico de «salud». Baja los párpados una vez, eso es todo. Ni un asentimiento, ni una señal.

Insoportable.

Me fuerzo a mirar a otro lado. Bebo un sorbo, luego otro. Pero mi mirada vuelve siempre a él, como un imán. Sigue ahí. No me quita los ojos de encima. ¿Por qué? No soy nada. Una mujer sola en un lounge chic, el pelo revuelto, el rímel ligeramente corrido. No soy presa para un hombre como él.

A menos que sea exactamente eso. Me encuentra patética. Se divierte con mi desgracia. La idea me dan ganas de levantarme y arrojarle mi copa a la cara.

No lo hago. Pido otra copa. El champán fluye, burbujea, se me sube a la cabeza. El mundo se vuelve más dulce, más borroso. El hombre gris se convierte en una mancha en mi visión periférica, pero aún siento su mirada. Es física. Caliente. Casi un peso.

¿Por qué no viene a hablarme? ¿Por qué se queda ahí, inmóvil, observándome como un depredador?

Quizá porque espera que yo vaya hacia él.

No iré. No soy ese tipo de mujer. Soy una mujer rota, ciertamente, pero no una mujer fácil.

Bebo. Bebo más.

La música cambia, algo más lánguido. Una voz de mujer canta en italiano, palabras que no entiendo pero que suenan a lamento. Cierro los ojos. Las lágrimas suben, las trago.

Cuando vuelvo a abrir los párpados, el hombre gris ha desaparecido.

Escudriño el lounge. Ya no está en su sillón. Se ha ido. Sin un ruido, sin una mirada. Como una sombra.

Debería sentirme aliviada. Al contrario, un vacío extraño se abre en mí. Esa mirada pesada casi me había despertado. Me había recordado que existía. Ahora no soy más que una mujer ebria en un bar de lujo, completamente sola, ahogando su rabia en champán.

Pido otra botella.

El barman duda, luego sirve.

Bebo.

Y esta noche, ya no pienso en Marc. Pienso en dos ojos grises que me miraron como si yo fuera algo.

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