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Capítulo 3

Author: Histoire
last update publish date: 2026-09-14 14:28:07

Capítulo 3

Lina

La botella está casi vacía. Mis labios están secos, mi cabeza da vueltas, y todavía no he conseguido olvidar. La imagen de los ojos grises se ha quedado pegada en el fondo de mí, como una quemadura.

Me levanto. Mis piernas son inestables, mis tacones demasiado altos. Tambaleándome hasta el fondo del lounge, hacia el sillón vacío donde el hombre estaba sentado antes. Ya no está, pero aún siento su presencia. El aire está impregnado de su perfume: cuero, cedro, algo quemado.

—¿Busca a alguien?

La voz cae detrás de mí. Grave. Calmada. ¿Divertida, quizá?

Me doy la vuelta. Está ahí, de pie a unos pasos, las manos en los bolsillos del pantalón. El cuello de su camisa sigue abierto. La luz de los farolillos dibuja sombras bajo sus pómulos, acentúa la dureza de su rostro. Me mira desde arriba. Es alto. Muy alto.

—A usted —digo, con la voz pastosa—. Me miraba como a un animal en el zoo.

—Miraba a una mujer sola bebiendo su peso en champán. Era fascinante.

—¿Fascinante o patético?

Una comisura de su boca se levanta. No es una sonrisa, es una grieta en el hielo. La primera.

—Ambas cosas —dice.

La insolencia. La calma con la que pronuncia esa palabra me hierve la sangre. Doy un paso hacia él, quizá demasiado cerca. Su perfume me envuelve. Mi tacón vacila, apoyo una mano en su brazo para estabilizarme. El tejido de su chaqueta es suave, muy caro. No retrocede.

—Es usted arrogante —digo.

—Estoy acostumbrado a que me lo digan.

—¿No le molesta?

—¿Por qué me molestaría? Es verdad.

Lo miro fijamente, incrédula. Su rostro es perfectamente neutro, ni una pizca de provocación. Dice la verdad, simplemente. Como si la arrogancia fuera un rasgo de carácter, ni bueno ni malo, solo un hecho.

—¿Sabe quién soy? —pregunta él.

—No. Y me da igual.

—Mejor. Prefiero que me amen o me odien por lo que soy, no por mi nombre.

—No le amo, apenas le odio. No le conozco.

—Entonces, ¿por qué ha venido a hablarme?

La pregunta me pilla por sorpresa. Me doy cuenta de que no tengo respuesta. El champán, seguramente. O esa sensación extraña que sus ojos grises encendieron en mí, un calor en el bajo vientre, un desafío silencioso.

—Porque usted me miró —digo—. Nadie me ha mirado esta noche. Todo el mundo me veía, pero usted, usted me miró. Es diferente.

Permanece en silencio un instante. Sus ojos recorren mi rostro, lentamente, como si leyera cada línea, cada cicatriz invisible.

—Está herida —dice.

—Estoy borracha.

—Las dos cosas.

—¿Es psicólogo ahora?

—Leo a la gente. Es mi oficio.

—¿Qué oficio?

No responde. Saca una mano del bolsillo, atrapa mi muñeca, aparta suavemente mis dedos que aún estaban apoyados en su brazo. Su contacto es seco, cálido, firme. No retiene, guía. Coloca mi mano a lo largo de mi muslo, luego retrocede un paso.

—Debería volver a casa —dice.

—¿Por qué se preocupa por mí?

—No me preocupo. Prefiero las conversaciones a las mujeres que se derrumban.

—No me derrumbo.

—Sí. Lo está haciendo. Y quiere que yo sea testigo.

Aprieto las mandíbulas. Tiene razón. Es insoportable. Este desconocido me ve mejor de lo que Marc me ha visto nunca.

—Es odioso —digo.

—Lo sé.

—Y es frío. Parece un bloque de hielo.

—Ya me lo han dicho.

—¿No le hace daño?

—No.

Me mira sin parpadear. Sus ojos grises son tan expresivos como una hoja de acero. Sin embargo, bajo la frialdad, algo vibra. Una tensión. Una energía contenida. Como un felino enjaulado.

—¿Por qué está solo? —pregunto—. ¿Tiene mujer? ¿Hijos?

—Eso es una conversación de noche regada.

—Responda.

—No.

—¿No qué?

—No, no tengo mujer. No, no tengo hijos. No, no tengo a nadie esperándome en casa.

La frase cae, plana, definitiva. No busca lástima. Constata.

—Yo tampoco —digo—. Ya no.

—¿Su marido?

—Prometido. Me dejó. Por mi prima.

No levanta las cejas. No se compadece. Solo asiente con la cabeza, una vez.

—La gente es una decepción —dice.

—¿Usted también?

—Sobre todo yo.

Hay en su voz un matiz, algo que no consigo nombrar. Autodesprecio, quizá. O arrepentimiento. Solo una inflexión, y luego la máscara se cierra.

—Baile conmigo —digo, empujada por un impulso estúpido.

—No bailo.

—¿Por qué?

—Porque no hago lo que me piden.

—Yo tampoco.

Me mira largamente. La música ha cambiado, algo más lento, más sensual. Una guitarra española, una voz ronca. Los otros clientes bailan por parejas, se rozan, se abrazan.

—Ni siquiera sabe mi nombre —dice él.

—Me da igual. No quiero saber quién es. Solo quiero bailar.

—Está borracha.

—Sobria como una jueza.

—Se tambalea.

—Valso.

Hay un silencio. Luego, sin que comprenda cómo, da un paso hacia mí. Su mano atrapa la mía. No suavemente. Con firmeza. Me atrae contra él, solo un segundo, el tiempo de sentir el calor de su torso a través del tejido de su camisa, el ritmo de su corazón. Luego me suelta, retrocede, suelta mi mano.

—No —dice.

—¿No?

—Esta noche no. Así no.

Su voz ha bajado un tono. Es grave, casi ronca. Sus ojos grises brillan con un fulgor que no le conocía. ¿Deseo, quizá? ¿O cólera? Ya no lo sé.

—Tiene miedo —digo.

—Tengo contención.

—Es lo mismo.

No responde. Retrocede aún más, pone distancia entre nosotros. Su mandíbula está apretada, sus puños hundidos en los bolsillos. Parece un hombre que lucha contra sí mismo.

—Vuelva a casa, Lina.

Me quedo helada. No le he dado mi nombre. Estoy segura de no habérselo dicho.

—¿Cómo sabe…?

—El barman la llama por su nombre desde que llegó. Dijo «Lina, ¿otra copa?» hace diez minutos. No soy sordo.

Me siento idiota. El champán, otra vez el champán.

—Entonces, Adrián —digo inventando un nombre al azar.

No me corrige. No confirma. Sostiene mi mirada, impasible.

—Buenas noches, Lina.

Se da la vuelta. Cruza el lounge sin volver la cabeza, desaparece en el ascensor de terciopelo rojo. Me quedo ahí, plantada en medio de los bailarines, los brazos caídos, la boca seca.

Mi corazón late demasiado rápido.

Acabo de provocarle. Ha aguantado. Se ha ido.

Pero en sus ojos, antes de darse la vuelta, he visto algo. Una promesa. O una amenaza.

Volveré a verle. No sé cómo, ni cuándo. Pero le volveré a ver.

Y la próxima vez, no se irá.

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