LOGINMe acerco a saludarla, un poco nerviosa.
—¡Yeimi, qué alegría verte! —exclamo, abrazándola con fuerza—. Estás más hermosa que nunca.
Ella sonríe, y como siempre, su presencia ilumina el lugar. Yeimi tiene ese tipo de belleza que hace que la gente se gire a mirarla: su cabello negro larguísimo, sus ojos verdes y esa figura que siempre llamó la atención.
—Hace mucho que quería venir a saludarte —dice con una sonrisa cálida—. Tú también estás hermosa.
—No puedo creer que estés aquí —respondo, sintiendo una emoción inesperada.
—Cuando Danae me invitó, no pude negarme. Tenía muchas ganas de verte —suspira con un toque de nostalgia—. Mira, te presento a mi esposo, César.
—Es un gusto —le digo, estrechando su mano.
—Igualmente —responde él—. He escuchado mucho sobre ti. Tenía ganas de conocerte.
—Espero que hayan sido cosas buenas —bromeo.
—Créeme que sí —sonríe.
Yeimi y César hacen una pareja preciosa. Él es alto, delgado, con el cabello negro y los ojos oscuros. Su piel almendrada contrasta con la de ella, y juntos parecen sacados de una fotografía perfecta.
—Hola, Leah —saluda Cristian, apareciendo detrás de César—. No sé si aún me recuerdes.
—Hola, Cristian, claro que te recuerdo.
Estoy por darle la mano, pero él se adelanta y me da un beso enorme en la mejilla. El gesto me toma por sorpresa y, por un instante, vuelvo a ser la chica nerviosa de hace años, cuando él me invitó a salir y yo no sabía ni dónde poner las manos.
No puedo negar que está guapísimo. Sigue teniendo esa mirada coqueta, esos ojos verdes que parecen encenderse apenas me ve, y el cabello negro corto que siempre lo hizo destacar. Su cuerpo tonificado delata que nunca abandonó los deportes; se mueve con esa seguridad tranquila que siempre lo caracterizó. Lleva un traje negro impecable y una camisa blanca que resalta aún más su porte. Y, como siempre, mis ojos terminan en sus zapatos relucientes. Mi padre decía que un hombre que cuida sus zapatos es ordenado en su vida.
—Pasen, por favor. Tomen asiento —les indico, señalando una mesa vacía—. Enseguida regreso.
Me alejo para pedir a los meseros que los atiendan.
—No recordaba a Cristian tan guapo —murmura Danae, suspirando.
—Ni yo… —admito, sin poder apartar la mirada de él—. Parece que los años le han sentado muy bien.
—La última vez que lo vi fue en un juego de basketball en el gimnasio del colegio, él era el entrenador del equipo —comenta Danae.
—Tal vez no lo recuerdes, pero él fue al funeral de nuestros padres —explico.
—No lo recuerdo —responde con nostalgia.
Me acerco y le doy un beso en la frente, un gesto pequeño que parece calmarla.
—Bueno, voy a revisar que todo esté bien con los invitados.
Empiezo a caminar entre las mesas, asegurándome de que todos estén cómodos. Los meseros retiran platos, sirven bebidas, y la música de fondo mantiene un ambiente cálido. Estoy por regresar con Danae cuando veo que César y Cristian se levantan y se dirigen hacia la salida.
—¿Todo bien? —le pregunto a Yeimi, acercándome a su mesa.
—Sí, César va a fumar y Cristian lo acompañó, no se vaya a perder solo —bromea—. Leah, yo quiero pedirte una disculpa.
—¿Por qué? —pregunto, genuinamente confundida.
—Cuando tus padres fallecieron… no estuve contigo, me necesitabas y yo me alejé.
Sus palabras me toman por sorpresa, no esperaba que trajera eso al presente.
—Yeimi, era difícil que no te alejaras, mi actitud no fue la mejor, estaba tan preocupada pensando en las responsabilidades que tenía que no permití que nadie se acercara a mí.
—Pero yo debí entenderte —insiste con la voz un poco quebrada—. Te quedaste con una responsabilidad muy grande y renunciaste a tu trabajo para hacerte cargo de la librería y de tus hermanas.
—No tenía otra opción —contesto con tristeza, siempre siento nostalgia cuando recuerdo todos los planes que tenía para mi futuro.
—Lo sé y es lo qué más me duele, que no supe comprender cómo te sentías en ese momento —se recrimina—. ¿Terminaste tus estudios? —me pregunta.
—Sí, aunque no con las mejores calificaciones.
—De verdad, no sabes cuanto lo siento.
—No te preocupes Yeimi, ya pasó mucho tiempo y de verdad, me alegra verte de nuevo.
—A mí también me alegra mucho verte, además te ves muy bien.
Sonrío, si ella supiera que mi vida no es tan fácil como parece.
—Y tú también te ves muy feliz ¿cuánto hace qué te casaste? —interrogo. Yeimi es tres años mayor que yo, ahora tiene la edad de Hayleen, treinta y uno. Aunque no estábamos en el mismo curso de la universidad, aún así fuimos muy buenas amigas.
—Tenemos tres años de casados, César es cinco años menor que yo, acaba de cumplir veintiséis.
—¿De verdad? Ni siquiera se nota.
—Yo sí lo noto, sobre todo ahora que estoy por cumplir los treinta y dos.
—No, de verdad no se nota la diferencia, son una pareja muy bonita.
—Gracias —suspira y sonríe, pero siento que esa sonrisa no le llega a los ojos—. Por cierto, Cristian está de paso, vino a saludarme.
Cristian es el hermano mayor de Yeimi, tiene treinta y cinco años, mientras ella y yo estudiabamos, él ya trabajaba con su padre, mi madre decía que era muy buen muchacho y un gran partido, siempre insistía en que saliera con él, aunque también recuerdo que nunca tomaba a ninguna chica en serio; era tan popular que parecía inalcanzable.
—¿No vive aquí? — pregunto.
—No, vive en Virginia, allá tiene su despacho de abogados.
—Recuerdo que trabajaba con tu padre.
—Sí, de hecho pusieron otra oficina en Virginia, salió una oportunidad muy buena para representar a una cadena de hoteles y por esa razón Cristian se fue para allá.
—Que bien, me alegra que les este yendo bien.
—Aún no se casa —mueve las cejas sugerente.
—¿Y eso? —cuestiono.
Realmente me extraña que no se haya casado, y aunque intente negarlo, en el fondo me alegra un poco saberlo.
—Parece que no ha encontrado el verdadero amor —comenta con una media sonrisa.
—Ojalá lo encuentre, porque yo cada día confirmo que el amor verdadero solo existe en las películas y en los libros.
—Lo mismo dice él— bromea Yeimi—. Ha tenido algunas experiencias realmente malas.
En ese momento, Cristian y César regresan y se sientan. La música baja de volumen y escucho a alguien anunciar que el primer baile de los novios está por comenzar. Hayleen me hace señas desde la pista para que me acerque.
—Ahora regreso —me disculpo y camino hacia Hayleen, que se ve un poco molesta.
—Leah, te pedí que contrataras una banda de música clásica —me reclama en voz baja, aunque su ceño lo dice todo.
—Lo siento, Hayleen, pero fue muy poco tiempo para encontrar una disponible.
—Está bien, no es lo que quería, pero si no hay más… entonces pídele a los músicos que toquen nuestra primera canción.
Asiento y me acerco a los músicos, les entrego la lista de canciones que Hayleen quiere y confirmo que la primera esté lista. Estoy por volver con mis amigos cuando la madre de Eric se acerca a mí con expresión de alarma.
—¡Leah, tenemos un problema!
—¿Qué pasa?
—Cancelaron los boletos del vuelo de los chicos para la luna de miel.
—¿Por qué? —inquiero, desconcertada.
—No lo sé. La aerolínea no nos dio detalles.
—Bueno, lo siento mucho, pero yo no puedo hacer nada. Ellos deben solucionar el problema.
—Pero Leah, ¡los chicos no podrán viajar!
—Señora, Eric quedó en pagar la luna de miel. Dígale a él que solucione ese detalle.
Me doy media vuelta antes de que pueda seguir insistiendo y camino hacia la barra. Tomo un vaso con agua y respiro hondo.
—¿Problemas? —pregunta Natty, acercándose.
—A veces siento que nunca hago suficiente.
Natty me toma la mano con ternura.
—Por ti no, hija. Por los demás, siempre.
Tiene razón. No sé cómo, pero siempre termino cargando con todo.
Sigo moviéndome entre mesas, resolviendo contratiempos que no dejan de aparecer. La familia de Eric es exigente, y cada comentario suyo me provoca un nuevo dolor de cabeza. Aun así, sigo sonriendo, sigo resolviendo, sigo sosteniendo todo como puedo.
—Leah —Yeimi se acerca a mí—, gracias por la invitación. Ya nos vamos —dice mientras me abraza.
Miro el reloj. Ya pasó de la medianoche.
—Gracias por venir, Yeimi. Me dio mucho gusto verte y disculpa que no pude atenderlos como era debido.
—Ni lo digas, entendemos que estás muy ocupada —le resta importancia—. Espero que nos volvamos a ver. Necesito recuperar a mi amiga.
—Así será, sabes dónde encontrarme.
César también se despide y se van. Me doy cuenta de que Cristian se ha quedado solo en la mesa, así que me acerco.
—Hola —saludo con una sonrisa.
—Hola. ¿Te puedes sentar un momento? —pregunta—. Sé que estás bastante ocupada.
—Claro, necesito un respiro —respondo, dejándome caer frente a él.
—¿Qué ha pasado con tu vida? —me pregunta con interés genuino.
—Nada interesante, se me pasa el tiempo trabajando e intentando sobrevivir.
—En eso nos parecemos —se ríe—. Yo también paso la mayor parte del tiempo en la oficina —suspira—. Estaba recordando que… nunca me aceptaste aquella invitación.
—Lo sé —admito avergonzda—. Y créeme que sí pensaba hacerlo, pero… bueno, ya sabes lo que pasó.
Me toma de la mano, el contacto es cálido, inesperado, y me provoca un poco de nervios.
—¿Será que ahora sí me aceptarás esa invitación? —cuestiona esperanzado—. Me quedaré solo unos días aquí en Nashville y de verdad me gustaría que aceptaras salir conmigo.
Aunque Cristian me atrae, no creo que sea un buen momento para una relación. No ahora, no con la boda de Hayleen, no con todo lo que tengo encima ahora que estará de viaje y el trabajo en la cafetería se duplicará, levanto la mirada para negarme, pero él me está mirando esperanzado y…
—¿Entonces? —insiste.
—Es que…
—Me lo debes —interrumpe con una sonrisa traviesa—. Te invité demasiadas veces.
—Está bien, acepto —cedo finalmente.
—¿Mañana te parece bien?
Pensaba tomarme el día para organizar algunas cosas en la librería, pero un día no va a destruir el mundo o eso quiero creer.
—Sí, me parece bien.
—Bien. ¿A qué hora paso por ti?
Pienso en Danae, por la tarde puedo pedirle a Natty que se quede con ella.
—A las cinco de la tarde estaría perfecto.
—¿Y dónde te recojo?
—Aquí mismo.
—Perfecto, entonces te veo mañana a las cinco —sonríe enormemente—. Ahora tengo que irme, Yeimi y César me están esperando en el coche.
Me da un beso en la mejilla y se va.
Me quedo ahí, inmóvil unos segundos. Hace tanto tiempo que no tengo una cita que no sé si estoy emocionada… o asustada.
—Jamás voy a olvidar aquel día. Rubén y yo llevábamos horas trabajando y el cansancio ya nos pesaba en los hombros. Justo entonces entró una llamada: una emergencia en una librería. Al llegar, encontramos a una chica con dificultad para respirar. La estabilizamos rápido, guiados por la rutina y la adrenalina. Estábamos por salir cuando apareció su hermana.Y ahí… ahí todo cambió —tomo una gran bocanada de aire—. Era la chica más linda que había visto en mi vida. Estaba preciosa, aunque lucía pálida, asustada, temblando, pero aun así, había algo en ella que me atrapó al instante. Nos acompañó durante el trayecto al hospital, sentada a mi lado, intentando mantener la calma. Recuerdo perfectamente el momento en que tomé su mano para tranquilizarla. Fue un gesto instintivo, profesional, eso me dije. Pero en cuanto su piel rozó la mía, sentí un cosquilleo leve, inesperado… extraño, sí, pero también increíblemente agradable. Como si algo dentro de mí hubiera despertado sin previo aviso —suspi
𓏲ּ𝄢⋆༺Natty༻⋆𓏲ּ𝄢La vida suele darnos oportunidades inesperadas. Hoy, a mis cuarenta y ocho años, estoy en un lugar que jamás imaginé habitar.Mi padre murió cuando yo tenía dieciocho. Se quitó la vida, ahogado por las deudas del juego, nos dejó a mi madre y a mí enfrentando un mundo que se volvió demasiado grande de un día para otro. Abandoné mi carrera, trabajamos dos turnos, hicimos lo que estaba en nuestras manos para sostener la situación, las amenazas de perder lo único que teníamos, nuestro hogar, eran demasiado latentes. Era hija única; no podía dejarla sola cuando más me necesitaba.Con el tiempo conseguí empleo en un periódico, como asistente del director: un hombre de treinta y ocho, atractivo, educado, seguro de sí mismo. Al principio, sus atenciones me deslumbraron. Me llevaba a viajes, reuniones, eventos… siempre tan atento, tan presente. Pero era un hombre casado, con tres hijos. Su esposa vivía más pendiente de su apariencia que de él; de la vida social, viajes const
La celebración continúa. Leah lanza el ramo y Natty lo atrapa casi por reflejo. Ella niega con la cabeza, avergonzada, pero las miradas que intercambia con Artur dicen otra cosa: todos sabemos que podría ser la siguiente.Compartimos con nuestros amigos, con nuestra familia. Adriel no deja de repetir que somos la pareja más bonita que ha visto; Danae y Hayleen se turnan para robarle bailes a Leah; y Natty llora cada vez que nos mira. Artur se ríe con cariño de ella, aunque también se limpia los ojos cuando cree que nadie lo está observando, en el tiempo que lleva trabajando con ellas, les ha tomado mucho cariño.Ya entrada la noche, nos despedimos de todos, agradeciendo a cada persona por acompañarnos, por ser parte de este día tan feliz para nosotros.En el trayecto a casa, entre el silencio cómodo y el cansancio dulce de la celebración, tomo la mano de Leah.—¿Estás contenta? —le pregunto.—Contenta no es una palabra que pueda describir lo que siento en este momento —responde, con la
La iglesia está tan silenciosa que puedo escuchar mi propia respiración. Estoy de pie frente al altar, con las manos entrelazadas detrás de la espalda para que no noten que me tiemblan, llevo un traje negro con un camisa beige y un corbatín que siento demasiado ajustado. Nunca pensé que este lugar pudiera intimidarme… hasta hoy. Porque hoy la espero a ella, hoy será el gran día en el que unamos nuestras vidas para siempre. Han pasado algunos meses y, poco a poco, todo ha vuelto a su curso. Leah trabaja ahora en una escuela, da clases a segundo grado y se le nota la felicidad. Verla llegar a casa con historias de sus pequeños alumnos es una de mis partes favoritas del día.Danae ha mejorado mucho con su nuevo tratamiento; aun así, sé que Adriel tiene gran parte del mérito. No la deja caer. La anima, la distrae, la hace reír. Es imposible no agradecerle en silencio cada vez que los veo juntos. Hayleen, en cambio, está más reservada. Se nota que libra su propia batalla interna, pero est
La estadía en Atlanta fue maravillosa, incluso más de lo que imaginábamos. Leah no alcanzó a conocer muchos lugares, ya que pasamos casi todo el tiempo en el hotel, pero aun así cada minuto valió la pena. Fue un viaje distinto, íntimo, de esos que no necesitan grandes recorridos para sentirse especiales. Hubo momentos en los que simplemente nos quedábamos mirando la ciudad desde la ventana, con su luz dorada filtrándose por las cortinas, y Leah apoyaba su cabeza en mi hombro como si ese lugar, ese instante, fuera suficiente. Y lo era. La cercanía, la calma, la forma en que sus dedos buscaban los míos sin pensarlo… todo tenía una intensidad tranquila, una pasión que no necesitaba prisa.Hablamos de la boda, de fechas posibles y coincidimos en que lo mejor sería hacerlo pronto, antes de que la rutina nos absorbiera y sobre todo ahora que Leah está por comenzar su nuevo empleo. Había una emoción tranquila en su voz, una ilusión que se mezclaba con nervios, pero también con esa certeza qu
Nos registramos, me entregan la tarjeta de la habitación y subimos al elevador.—Este lugar está increíble, pero no debiste gastar tanto, podríamos habernos quedado en uno más sencillo —menciona.—Quiero que estos días sean inolvidables.—A tu lado, ya lo son —asegura—. No necesito nada más que estar contigo. El elevador se detiene en el último piso. Bajamos, entramos a la habitación y una luz tenue nos recibe, junto con un suave olor a rosas que llena el aire. Un enorme ventanal deja ver la ciudad extendiéndose bajo nosotros, imponente y brillante.—Te excediste —sonríe, maravillada.Dejamos el equipaje y avanzamos hacia la habitación principal. Al abrir la puerta, un camino de luces cálidas en el piso nos da la bienvenida. Leah me mira, cruza el umbral y sigue el sendero cubierto de pétalos de rosas blancas y rojas. Al llegar a la cama, encuentra más pétalos formando un corazón. En el centro, hay chocolates y la tarjeta que pedí que colocaran.“Donde sea que estemos… mientras sea







