La herida en el brazo de Claudio no era profunda, un rasguño nada más.Sin embargo, su cara se tensaba por el dolor, como si estuviera aguantando un tormento por dentro.Serafina lo notó al instante. Esa vez no fingía.De inmediato mandó llamar al médico militar.Claudio, terco, todavía insistió:—Estoy bien…El médico le tomó el pulso, revisó la herida una y otra vez, pero no encontró nada raro.Serafina lo agarró bruscamente.—¿Y la flecha? ¿La revisaste?El médico dudó.—La flecha… tampoco tenía nada extraño, su majestad…Ella aflojó la mano y miró a Claudio.Él tenía la cabeza baja, con las manos apretadas sobre las rodillas. Las venas del cuello sobresalían, respiraba con tensión y, pese al dolor, intentaba mantenerse firme para no perder su dignidad imperial.El médico no podía hacer más. Serafina lo despidió con un gesto.En cuanto salió de la tienda, Claudio levantó la vista; en sus ojos, rojos, se notaba un rastro de furia y desconcierto.—¿Qué me está pasando?En ese momento,
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