Claudio parecía recién levantado después de un largo sueño.La ropa le caía desordenada, el cabello suelto le enmarcaba la cara pálida y sus labios, sin color, mostraban la fragilidad de alguien que acababa de sobrevivir a una fiebre.Su presencia, siempre majestuosa, ahora se veía enferma, casi irreal.A su lado, Décimo temblaba de miedo sin atreverse a decir una palabra.Solo Arturo, sereno, se adelantó para entregarle otra flecha.Claudio la tomó sin mostrar nada y apuntó otra vez hacia la distancia, hacia ella...—¡Majestad, no lo haga! —gritaron las concubinas y de inmediato se formaron en una muralla humana frente al pasillo imperial.Dos doncellas alzaron en vilo a Tiberia, dominada por el miedo, antes de que alcanzara a huir.Ella estaba furiosa... y más con el emperador.—¡Su majestad, no puede hacerle daño a Beatriz! —gritó con la voz temblorosa por el pánico.Aurelia, lejos de su habitual dulzura, alzó la voz con firmeza.—¡Un emperador de palabra vale más que mil juramentos
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