Serafina nunca tuvo tiempo para flores ni jardines. Su vida se llenó de espadas y entrenamiento.Por eso, Casa Libre casi siempre se veía sin vida.Pero ese día, cuando cruzó la entrada, estaba verde, repleto de flores.En las ramas, una fila de pajaritos cantaba con alegría.En el patio, Prisca barría y ordenaba, y fue la primera en verla llegar.Aunque Serafina llevaba una máscara y vestía como un hombre, Prisca la reconoció enseguida.—¡Volvió! —exclamó con los ojos brillantes, dejó la escoba y corrió a recibirla.Serafina no vio a nadie más y preguntó:—¿Dónde está Beatriz?Mientras le servía té, Prisca respondió:—Publio se la llevó a la colina de atrás a recoger flores.Serafina le preguntó:—¿A recoger flores?No le parecía bien que un hombre y una mujer solteros estuvieran a solas, aunque confiaba en Publio.En cuanto terminó de hablar, se oyeron risas a lo lejos.Cuando miró, vio a Publio y Beatriz caminar hombro con hombro. Ella llevaba una corona de flores en el cabello; se
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