Serafina no era buena para beber. Temía perder el control y cometer errores después.Mientras miraba a Claudio vaciar copa tras copa, solo lo acompañó con dos.—De joven —dijo en voz baja y distante—, también soñaba con recorrer el mundo con una espada al cinto, libre y sin ataduras.Cuando mi madre murió, el difunto emperador me envió fuera del palacio a aprender artes marciales. Fue entonces cuando entendí qué tan vasto era el cielo y qué tan grande la tierra. Dentro del palacio, por más alto que fuera mi rango, vivía encerrado, como el hombre en la caverna de Platón.Sé que tú, Remigio, creciste en la Alianza Marcial y piensas que no somos iguales. Crees que solo me complacías por mi posición.Serafina habló con serenidad:—Majestad, no debería seguir bebiendo.—Estoy muy lúcido.La miró con intensidad, con una claridad que dolía.—Desde que subí al trono, no he tenido amigos. Tú eres el primero, Remigio. En la batalla de Almoria, admiré tu temple. El mundo necesita más hombres just
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