Para librarse de Claudio, Serafina no tuvo más remedio que tomar una decisión arriesgada.—Sí —dijo con firmeza—, me enamoré de Selena a primera vista.Claudio se rio, seco. Luego, le agarró bruscamente la nuca.—Entonces… ¿por qué no les concedo el matrimonio?Serafina intentó apartar su mano, pero él la agarró con más fuerza, inclinándose hacia ella.—De todos modos, no puedo tomar a un hombre por consorte. Si te casas con los Corvus, podrás quedarte para siempre en la capital. De día serás esposo de Selena… y de noche, mi consorte.—¡Eso es una locura! —Serafina trató de empujarlo.Él le sujetó la muñeca antes de que pudiera hacerlo. En ese instante, desde afuera, Selena redujo la marcha del carruaje y preguntó con preocupación:—Majestad, Remigio, ¿sucede algo?—Nada —respondió Claudio, con tono autoritario, cortando cualquier intento de curiosidad.Dentro del carruaje, su mano seguía sujetándole la nuca a Serafina, mientras la otra mantenía su muñeca inmovilizada. Ella se apoyó c
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