Adrián no quería reconocer lo bien que se complementaban esos dos, lo mucho que combinaban, la armonía con la que bailaban juntos. Lo que más le dolía era descubrir que ella podía seguir bailando, pero quien la ayudó a cumplir ese sueño no fue él.Él era quien más deseaba que volviera al escenario, quien se esforzaba al máximo para levantarla en lo alto.Cinco años, más de mil ochocientos días, lo dijo no menos de mil veces: “Olivia, yo más que nadie quiero que estés bien”.Ya fuera diciéndoselo a ella o repitiéndoselo en silencio a sí mismo, al final eligió la peor manera de demostrarlo.Creyó que darle buena comida, buena ropa y una vida cómoda, asegurarle que nunca le faltara nada, era hacerla feliz. Nunca se le ocurrió que ella no era una mascota, nunca pensó que también quería tener su cielo donde volar alto.Ahora, por fin alguien la sostenía en lo alto.Brillaba tanto, resplandecía con tanta fuerza, igual que a los dieciséis años, cuando llegó dando volteretas hacia atrás hasta
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