Julián se apresuró a sostenerla.—Siéntate, siéntate. Yo me encargo.La guio hasta el sofá y la sentó, pero ella seguía agitando la mano.—Estoy bien, no me pasa nada, en serio.—Ya, ya, ya, estás bien. Voy a recoger —dijo Julián, siguiéndole la corriente.Solo que, apenas terminó de meter los platos en el lavavajillas y salió, ella ya se había quedado dormida en el sofá. Temiendo que fuera incómodo dormir ahí, la llamó con suavidad:—Olivia, Olivia, ¿vamos a la cama?Pero ella tenía los ojos cerrados y no había forma de despertarla.Julián suspiró, la levantó en brazos y la llevó a la habitación. Estaba muy borracha: las mejillas encendidas, como pintadas de carmín.Al inclinarse para depositarla en la cama, la respiración tibia de Olivia le rozó la oreja y contuvo el aliento. Contempló sus mejillas sonrojadas y esos labios que parecían teñidos con jugo de rosa, no quería apartarse de su lado. Quiso inclinarse un poco más, solo un poco más, y alcanzaría sus labios. Aunque fuera apenas
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