El río era más ancho de lo que Lucía esperaba.No un arroyo. No un hilo de agua entre piedras. Un cuerpo de agua de veinte metros, con una corriente visible que arrastraba espuma y hojas y un sonido constante, grave, que llenaba el aire como una nota sostenida. La nota dentro del vientre respondió. No con miedo. Con reconocimiento. Como si el río cantara en la misma frecuencia. Como si fueran parientes.—La Confluencia existe —dijo Nadia, de pie en la orilla, mirando el agua—. Este es el primero. Los textos dicen que cinco ríos se juntan en un punto. Si este corre hacia el sur, los otros cuatro deben converger.—¿Cuánto falta?—No lo sé. Días. Quizá menos si seguimos la orilla. El río nos guía.Lucía miró el agua. La nota cantó. El bebé pateó. Y en el canto de la nota, una dirección. No este. No su
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