La oscuridad dentro de la grieta no era oscuridad. Era espesor. Un aire que pesaba, que resistía, que empujaba hacia afuera como una mano invisible sobre el pecho. Lucía avanzó con los hombros rozando la roca, los dedos buscando asideros en la piedra húmeda, el vientre tirando hacia abajo como un ancla. El latido único golpeaba. Fuerte. Rápido. Y el hueco, el molde, la forma vacía, tiraba también. No hacia arriba. Hacia abajo. Hacia el pozo cerrado. Hacia lo que subía.El gruñido llenaba la hendidura. No un sonido. Una presión. Una densidad que le vibraba en los dientes, en las costillas, en el líquido del oído interno. Como estar dentro de un tambor mientras alguien golpea la membrana desde fuera. Cada paso hacia abajo era un paso contra esa presión. Cada respiración, una negociación con un aire que no quería entrar.La cámara apareció. No c
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