Las palabras de Noelia quedaron flotando en el aire, pesadas y cortantes, como un golpe de realidad que lo dejó mudo.Marcos no insistió más. No hizo el menor ademán de frenarla ni abrió la boca. De pronto, la tensión se evaporó y solo quedó un silencio sepulcral.Él retrocedió apenas medio paso, despacio, y Noelia aprovechó ese hueco para salir de la habitación sin mirar atrás.Apenas puso un pie en el pasillo, se le escaparon las lágrimas otra vez. Había pensado que poner las cosas en su lugar le traería algo de paz, pero se equivocó. Sentía un nudo en el pecho que la apretaba cada vez más fuerte, como si le faltara el aire.—¡Noelia!Abajo, Diego seguía al pie del cañón, esperando. Estaba en el patio y, en cuanto la vio salir del cuarto de Marcos, la saludó con la mano. Noelia se limpió las lágrimas de volada y trató de hacerse la fuerte antes de bajar.—Noelia, ¿todo bien con el señor Leiva? —preguntó Diego, sin poder ocultar su preocupación.—Sí, todo bien —respondió ella con ca
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