Cecilia era una niña muy sensible. Después de esos cinco días que pasaron encerrados, ya sentía a Marcos como parte de su propia familia. Esa separación tan de golpe la dejó muy insegura. Al pensar que él se marcharía tarde o temprano, no aguantó más y se le soltó el llanto.Elsa se llevó un buen sustazo. Justo en ese momento, Noelia venía llegando de la bodega y, al oír los gritos de Cecilia, entró corriendo al patio, toda angustiada.—¿Qué pasó? ¿Qué traes, mi hija?Elsa levantó las manos de inmediato, como pidiendo tregua.—Noelia, yo no le hice nada, te lo juro. Es que no encontró al señor Leiva y, en cuanto pensó que ya se había ido, se puso así.Al ver a su hija tan desconsolada, a Noelia se le apretó el corazón. Se acercó a la pequeña, la rodeó con sus brazos y le acarició la espalda con mucha ternura.—Tranquila, mi amor. Marcos solo se fue a trabajar, no se fue para siempre. Es que tiene unos pendientes que atender allá lejos, pero en cuanto termine, va a venir a verte, ya ve
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