Marcos le sostuvo la mirada y, de repente, se sintió completamente ridículo. De verdad estaba loco por buscar, en ella y en la hija de otro hombre, pruebas de que alguna vez lo había amado.Si de verdad lo hubiera querido, ¿cómo habría podido dejarlo con tanta decisión para casarse con otro y tener un hijo?—Cuando la niña se recupere, mándala lejos —dijo Marcos, seco—. No acepto tratos de “dos por uno”, y tampoco quiero que, cuando me acueste contigo, haya una niña estorbando.Trato. Acostarse. Estorbando.Con cada palabra, Marcos le recordaba una y otra vez su situación: no era más que un objeto que se había vendido en un negocio.Noelia se tragó la amargura y asintió.—No se preocupe, señor Leiva. Aunque no me lo pidiera, igual la iba a mandar lejos. Al fin y al cabo, soy la menos interesada en que mi hija me vea vendiéndome por obligación.“Vendiéndome”. Qué buena forma de decirlo.Marcos se rio con indiferencia, salió del baño y azotó la puerta, dejándola sola en medio de todo ese
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