El pasillo parecía más estrecho de lo que realmente era. Gabriela caminaba apresurada, sujetando contra el pecho una pila de papeles que apenas tenían sentido —era solo un disfraz para mantener las manos ocupadas, para que nadie notara el temblor que insistía en recorrer sus dedos. Desde el casi accidente que casi los delatara, su corazón no había vuelto al ritmo normal. Intentaba mantener la compostura, pero dentro de ella crecía un torbellino. Culpa, miedo, y algo aún más peligroso: la adicción a la presencia de Adrián. Cada mirada intercambiada, cada roce disimulado, era como una droga. Gabriela sabía que si alguien los descubriera, no habría excusa posible. Lucas confiaba en ella ciegamente, la trataba como parte de su vida, de su casa, casi como familia. Y, sin embargo, ella se estaba perdiendo en los brazos del hombre que menos debería desear. El destino, sin embargo, parecía divertirse con ellos. Adrián surgió al final del pasillo, apoyado de forma relajada contra la pared,
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