La respiración de Zoey era lenta y constante. Sus ojos seguían cerrados, tal como Victor le había pedido, pero todos los demás sentidos estaban despiertos, intensificados, alerta, vulnerables.Sentía el olor del vino, del cuero de los muebles, de la cera derretida de las velas. Y el aroma de él, cálido, seco, masculino, flotando en el aire entre los dos.Las manos de Victor aún estaban en su cintura y en su barbilla. La boca de él flotaba a milímetros de la suya. No tocaba con prisa. No la devoraba. Esperaba. Como si el deseo solo tuviera valor cuando generaba tensión.—Abre los ojos —murmuró él.Zoey obedeció.La luz tenue de la sala roja hacía que el mundo pareciera filtrado por lujuria y sombras. Alrededor de la cama con dosel había muebles de madera oscura, telas pesadas y objetos que, a primera vista, parecían decorativos. Pero al mirar de cerca, Zoey veía los significados ocultos: esposas camufladas en marcos, tiras de seda dobladas con precisión sobre una mesa, una caja de made
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